La mayoría de los ministros ha pedido disculpas en forma reiterada por sus dichos. Esta semana marcó un hito al respecto. Una y otra vez dan muestras de no empatizar con “el otro” y emiten comentarios o toman decisiones que después califican de “errores administrativos” o palabras “poco afortunadas”.

Un psiquiatra comentaba que tanta reiteración de errores responde a que los dirigentes del Frente Amplio tienen rasgos muy claros del trastorno de personalidad narcisista. ¿Cuáles son algunos de esos rasgos? En términos generales, se trata de personas que tienen una alta valoración de sí mismos, que los lleva a creerse superiores, a actuar con prepotencia, a exagerar sus logros y mirar con desdén a personas que perciben como inferiores. Les cuesta empatizar con el mundo emocional de los demás y por eso no trepidan en burlarse o pasarlos a llevar, aunque cuando pueden, se sirven de ellos.

No soy psiquiatra, pero no deja de hacerme sentido que hay algo de esto en “nuestra escala de valores y principios” superiores que creen tener como generación, como indicó el ministro de la Segpres, Giorgo Jackson, en una emisión en vivo en la plataforma Twitch esta semana. Han despreciado no sólo las políticas públicas anteriores (el neoliberalismo de “los 30 años” que convirtió en modelo a Chile), sino que también a sus antecesores de izquierda que vinieron a desplazar de la política. Recuerdo cuando Gabriel Boric decía aburrirse con Michelle Bachelet, o la soberbia con que enfrentaba al ex Presidente Lagos (“no estoy de acuerdo para ningún acuerdo con Lagos”), acusándolo de ser la peor cara de la Nueva Mayoría.

Al desprecio por sus pares de izquierda que vinieron a sustituir, se sumó un franco odio hacia sus adversarios de derecha. No les dieron tregua en el poder a punta de intentos por destituirlos, negarles los votos en cualquier proyecto, apoyando la violencia y el desgobierno que luego criticaban.  

Pareciera haberse dado una autoselección de los líderes con más rasgos narcisistas que surgieron al alero de la protesta estudiantil en 2006. Esos son los poderosos de hoy, porque los que tenían otro tipo de liderazgos -alguien como Javiera Parada, por ejemplo- fueron quedando en el camino. Había que tener las ínfulas para avanzar como Atila sobre la Galia para alcanzar el poder. Y ahora en él, no trepidan en usar a los que desacreditan y en renegar de mucho de lo que postularon antes. Tampoco se amilanan en hacer acusaciones falsas (el avión con migrantes expulsados) o en descalificar a los diputados (“se pegaron en la cabeza”), como ha ocurrido con la ministra del Interior, Izkia Siches.

Les gusta exagerar sus logros. Todo lo califican de “histórico”, propugnando erradamente que son los primeros en cualquier cosa, aunque exhiban un atemorizante déficit de gestión de gobierno. Tampoco escatiman en las risas irónicas y burlas, porque no empatizan con el otro, como con el periodista que se limita a cumplir con su rol de preguntar. La incapacidad de ponerse en el lugar de esa persona dañada, cuyo predio está tomado  y en conflicto, es lo que lleva a afirmar al ministro Jackson que es una oportunidad “win-win” para que el afectado venda y se le compre el terreno que el usurpador reclama. O para que el ministro de Economía Nicolás Grau afirme, también esta semana, que la inflación “beneficia a las pymes”. ¿Se habrán puesto un minuto en el lugar de los afectados?

Mucha invocación a la humildad se escucha de parte del Presidente, que no dudó en iniciar su mandato criticando a su invitado, el rey de España, por una tardanza que era además de su responsabilidad. O que le permitió llevar a su pareja a La Moneda y convertir su cargo de Primera Dama, que desprecia, en su nombre propio: Irina Karamanos. La principal crítica que le formula el denominado socialismo democrático a su grupo del Frente Amplio y el Partido Comunista es creerse moralmente superiores. 

Irrumpieron en política para salvar a Chile de acuerdos execrables en el Parlamento. Ahora los buscan, pero con minoría en ambas Cámaras, buscan imponer su fuerza “transformadora”, acusando a los que no se les someten de querer “mantener sus privilegios”. Más que diferencias ideológicas, lo que los retrata es el modo desdeñoso en que miran a los demás, de los que solo esperan aplausos. Y cuando ello no ocurre, y reciben críticas, piden disculpas, pero solo para salvar la situación. Porque ellos no se equivocan.  

*Pilar Molina es periodista.

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