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Publicado el 4 diciembre, 2020

Patricio Navia: La falsa ilusión de los independientes

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

Hay muchos que hoy parecen tener depositadas sus esperanzas en promover la presencia de independientes en la convención constitucional. Pero la evidencia concluyente de las experiencias democráticas del mundo por más de un siglo señala que los sistemas de representación democráticos funcionan mejor cuando hay un sistema de partidos institucionalizado y estable que cuando el electorado entrega su confianza a independientes para que los representen.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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Desde mediados del siglo XX que los expertos en democracia en el mundo han identificado una condición necesaria —no suficiente— para que la democracia funcione bien. En ninguna parte del mundo ha habido una democracia saludable que haya funcionado sin partidos. La razón se debe a que en democracias representativas, la voluntad de muchas personas debe agruparse en unos pocos nombres de legisladores. Inevitablemente, entonces, la gente debe aceptar que sus visiones personales pudieran no estar perfecta y fielmente representadas en el cuerpo colegiado que legisla y en las autoridades que gobiernan.

Igual que cuando vamos a un restaurante y tenemos que escoger un plato entre las limitadas opciones que ofrece el menú, cuando las personas escogen autoridades, deben elegir entre alternativas que pudieran no resultar completamente satisfactorias. Por cierto, aumentar las opciones tampoco ayuda a solucionar el problema. Nadie quiere un menú de 30 páginas. Después de todo, vamos al restaurante a comer y conversar con nuestros comensales, no a confundirnos con un menú extenso y complejo. De la misma forma, cuando nos toca elegir representantes, queremos opciones, pero no demasiadas. El objetivo es poder elegir, no frustrarnos o confundirnos con el exceso de alternativas.

Los países que tienen demasiados partidos políticos terminan confundiendo al electorado. ¿Alguien realmente conoce la diferencia entre RD y Comunes, dos de los partidos del Frente Amplio? ¿Cuáles son las diferencias reales entre el PPD y el PS? ¿Hay diferencias de fondo en posiciones políticas entre la UDI y RN? El exceso de partidos hace que la gente se confunda y pierda interés.

Pero cuando los partidos son remplazados por independientes, la situación es mucho peor. A diferencia de los partidos, los independientes no tienen un historial o una reputación que cuidar. Los independientes vienen y van. Para seguir con la metáfora del restaurante, los independientes son como esos chefs que deciden qué van a cocinar cada día. Si es un chef con una gran reputación, la gente hace fila para probar las delicias. Pero, en la mayoría de los casos, los chefs no tienen una gran reputación y pueden terminar sorprendiéndonos negativamente y haciéndonos enfermar del estómago.

Con todos sus problemas —y vaya que los tienen—, los partidos tienen posiciones políticas claras y representan grupos de políticos que actúan de forma ordenada y disciplinada. Cuando un elector no conoce a los candidatos, votar por partidos sirve como un information short-cut (un atajo de información) que nos permite anticipar la forma en que votará esa persona y el tipo de prioridades que privilegiará. En cambio, cuando votamos por independientes, estamos comprando una caja de sorpresas. Y a diferencia de lo que ocurre con las que reciben los niños en los cumpleaños, los independientes son cajas de sorpresas que a menudo tienen un sabor amargo.

Precisamente porque la democracia consiste en que otros nos representan para tomar decisiones, es indispensable que haya partidos políticos que deban cuidar su reputación y sean capaces de sumar voluntades para reducir el número de actores que negocian en las instancias de toma de decisiones. Desde la primera asamblea nacional post revolución francesa, los delegados se agruparon naturalmente en facciones (a la derecha, los que defendían al rey; a la izquierda, los que le querían cortar la cabeza). Ese fue el inicio de lo que después devendría en un sistema político basado en la existencia de partidos que agrupan a gente que piensa de forma más o menos parecida. Desde entonces, ninguna democracia ha podido funcionar bien sin que las voluntades se agrupen en partidos.

Hoy en Chile, la desconfianza que generan los partidos políticos y los problemas que conlleva nuestro sistema de representación —agravados por la reforma electoral que entró en vigencia en 2017 y que hace que cada vez haya menos gente que conoce el nombre de todos los legisladores que representan a su distrito— hace que muchos se sientan tentados a pensar que, tal vez, la solución es terminar con los partidos políticos. Pero la irrupción de independientes que ofrecen ser la respuesta a los reconocidos males partidistas siempre termina en episodios de populismo, autoritarismo, mayor corrupción y decepción en un electorado que comprensiblemente está desilusionado de los partidos y que, equivocadamente, busca alternativas para lograr que la democracia funcione mejor. Lamentablemente, en la democracia representativa más vale diablo conocido que ángel por conocer. Especialmente porque, en este caso, el ángel resulta ser mucho peor que el diablo.

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