A una semana de la segunda vuelta de la elección presidencial, el discurso y las plataformas de Gabriel Boric y José Antonio Kast se moderan cada día más y se acercan al discurso de cambios graduales que tuvieron los gobiernos de la centroizquierdista Concertación. Si bien es bienvenido ese viraje hacia posiciones más centristas —un resultado inevitable de la segunda vuelta—, es altamente irónico que los dos candidatos que construyeron sus plataformas a partir de la crítica a cómo se gobernó Chile en los últimos 32 años ahora aparezcan revindicando el modelo. Resta ahora ver si, una vez que asuma el poder, el próximo presidente va a ser capaz de contagiar a sus bases el discurso de moderación y de convencer a la Convención Constitucional que el único camino al éxito es el de las reformas en la medida de lo posible.

Hace varios años —y ciertamente con más intensidad desde el estallido social y la radical decisión de iniciar un proceso constituyente— se instaló la idea de que la hoja de ruta que había seguido el país desde el retorno de la democracia en 1990 era equivocada. La gran crítica hacia lo que ocurrió en estos treinta años fue que la lógica de la democracia en la medida de lo posible había sido un error y que era momento de construir un nuevo modelo. La repetida —y ciertamente equivocada— frase de no fueron treinta pesos, fueron treinta años subrayaba que la sensación dominante era de refundación. La lógica de la hoja en blanco daba a entender que el país había hecho más cosas malas que buenas y que era momento de comenzar a hacerlas de nuevo. Por eso, la dinámica de lograr reformas graduales a la constitución fue rápidamente remplazada por la peregrina idea de que se podían cambiar todas las cosas malas de una sola vez y que se podía botar la vieja institucionalidad para empezar a construir una nueva. Esa lógica nos llevó a encaminarnos por un sendero de proceso constituyente cuyo desenlace se ve cada día menos esperanzador.

La campaña presidencial de 2021 también se inició con ese discurso refundacional. El éxito que tuvieron Boric y Kast se debió, al menos en parte, a su insistencia en subrayar las limitaciones y errores cometidos por las dos coaliciones que gobernaron desde el retorno de la democracia en 1990. Es verdad que también hubo errores en las propias coaliciones, incapaces de demostrar renovación. Mientras la derecha tradicional fue incapaz de presentar opciones alternativas —el candidato presidencial de la UDI llevaba más de 20 años en carrera para llegar a La Moneda y el ganador de las primarias nunca había ganado antes una elección ni tenía militancia partidista en su coalición—, la centroizquierda no pudo ponerse de acuerdo para participar en las primarias presidenciales oficiales que ahora existen en el país. Además, como hubo varias opciones de centroderecha y centroizquierda, los candidatos de los extremos lograron pasar a segunda vuelta pese a haber sumado poco más del 50% de los votos. Pero no se puede negar que parte del éxito de Boric y Kast radicó precisamente en la equivocada creencia de que Chile había hecho las cosas mal por las últimas tres décadas y que era hora de hacer cambios más radicales.

Afortunadamente, los incentivos de la segunda vuelta han vuelto a traer algo de sanidad a la política chilena. Boric y Kast se han apurado en adoptar posiciones más moderadas. Aunque persisten dudas de si están convencidos de sus nuevas posturas, es buena noticia que la segunda vuelta los obligue a moverse hacia el centro. También ayudará que el próximo presidente deba gobernar desde la moderación para así tener mayor aprobación y lograr ser efectivo en avanzar sus iniciativas en el Congreso.

Lamentablemente, el próximo presidente deberá enfrentar a una Convención Constituyente que tiene pocos incentivos para buscar consensos que reflejen el sentimiento mayoritario del país. Con una composición bastante más a la izquierda que la sociedad, buscará crear una camisa de fuerza que obligue a futuros gobiernos a hacer crecer el estado más allá de lo razonable. Para superar la valla del plebiscito de salida, intentará llenar la nueva constitución de derechos sociales que induzcan a la gente a votar por el Apruebo. Así, a cambio de la promesa de mejores pensiones, la Convención intentará empotrar un sistema político y un modelo económico que se alejarán de la moderación y el pragmatismo del centro. El desafío para el próximo presidente de lograr encausar a la convención por el camino correcto será cuesta arriba.

Con todo, la creciente concertacionización de la carrera por la segunda vuelta de la elección presidencial es una noticia refrescante para un país que ha tenido demasiados discursos e ímpetus refundacionales en estos dos años y que, peligrosamente, ha entregado su destino a una convención constitucional cuyo ethos está precisamente en rechazar el pragmatismo y la moderación.

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