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Publicado el 22 de noviembre, 2019

Patricio Navia: El vocero de la campaña del No

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

Los procesos de cambio siempre tienen consecuencias no anticipadas. Ahora que la mayoría de los líderes de Chile Vamos parece inclinada a apoyar el Sí en el plebiscito de abril de 2020, los líderes que emerjan en la campaña del No a la nueva constitución podrán consolidarse en la medida que la votación por mantener el status constitucional actual logre una votación lo suficientemente alta.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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En estos días se da como un hecho que la votación a favor de una nueva constitución ganará ampliamente en el plebiscito de abril de 2020. El gobierno y la mayoría de los liderazgos en el oficialismo de Chile Vamos han declarado públicamente estar a favor del proceso constituyente. Por el contrario, la oposición a partir de una hoja en blanco para definir el conjunto de reglas de que regirán la convivencia y el contrato social en Chile aparece huérfana de líder. Aquellos que se consoliden como dirigentes de la campaña del No tendrán la oportunidad —en la medida que esa votación sea lo suficientemente alta— de convertirse en los nuevos líderes de la derecha. Si los votantes de este sector mayoritariamente optan por el No —abandonando así a los líderes del sector que llaman a votar que Sí—, el plebiscito de 2020 producirá también un terremoto en los liderazgos.

Desde el retorno a la democracia, la posición permanente de la derecha chilena respecto a los cambios constitucionales era a favor de reformas a la constitución de 1980. Redactada en dictadura, la constitución fue repetidamente modificada, con cambios muy importantes en 1989 —antes del retorno a la democracia— y en 2005 —durante el gobierno de Lagos. Además, a través de estos 30 años, muchas de las otras disposiciones consideradas como ‘enclaves autoritarios’ fueron gradualmente eliminadas —incluido el sistema electoral binominal.

Otras disposiciones que generaban desacuerdos —como los poderes y atribuciones del Tribunal Constitucional, el no reconocimiento a los pueblos indígenas, el concepto de estado subsidiario o la protección a la propiedad privada —no fueron modificadas. Tampoco se modificaron los altos quórums requeridos para modificar la propia constitución. Algunos de los puntos controversiales se basan en diferencias legítimas, y a menudo irreconciliables. Pero otros elementos, como el reconocimiento a los pueblos indígenas (cuestión que se ha impuesto como la norma en el mundo democrático) eran más difíciles de explicar.

Como los altos quórums para modificar la constitución hacían que los defensores del statu quo tuvieran la sartén por el mango, esos sectores conservadores sistemáticamente incluso bloquearon iniciativas de reforma razonables y moderadas. Ahora que estas cinco últimas semanas —de protestas, marchas, paralización y también saqueos, incendios y violencia— han transformado profundamente la cancha política, esos sectores parecen estar quedándose con el mango, pero sin la sartén.

El plebiscito de abril de 2020 permitirá a los chilenos decidir si quieren enterrar la constitución de 1980 o darle legitimidad democrática. Si bien el plebiscito de 1989 y las reformas —de 2005 y otras— dotaron a la constitución de baños de legitimidad, persiste el problema de la ilegitimidad de origen (no por nada, sigue siendo la constitución de Pinochet). Sea cual sea el resultado del plebiscito, ese problema ya no existirá más.

Como una de las demandas más importantes de las marchas —o al menos de los que se atribuyen su vocería política— es la de una nueva constitución, todos parecen dar por sentado que la opción por el Sí a una nueva constitución ganará con facilidad. Ya que las encuestas muestran que hay una mayoría a favor de la nueva constitución, pocos han considerado la posibilidad de que la opción por mantener la constitución actual gane el plebiscito o al menos reciba un apoyo importante.

Pero hay que tener presente que, en las elecciones, el miedo siempre moviliza más que la esperanza. Aquellos chilenos que tengan temor de que el inicio de un proceso constituyente vaya a llevar al país por el despeñadero de la incertidumbre y de la inestabilidad institucional tendrán más razones para salir a votar que los que depositan sus esperanzas en que una nueva constitución ampliará la lista de derechos sociales garantizados o sentará las bases de un país más justo. Aunque siempre haya favoritos, las elecciones solo se deciden cuando la gente salga a votar. Si, como en la fábula de la liebre y la tortuga, los partidarios de una nueva constitución se confían demasiado, el voto por el No pudiera dar una sorpresa.

De ahí que parezca razonable pensar que aquellos que se alcen como voceros de la opción del No pudieran capitalizar políticamente la votación que reciba esa opción. Si una mayoría de los líderes de Chile Vamos sale a cuestionar la idea de una nueva constitución, pero los simpatizantes de derecha en Chile mayoritariamente optan por el Sí, esos líderes quedarán cuestionados. Un líder que es incapaz de convencer a su sector pierde su condición de tal.

Los procesos de cambios siempre tienen consecuencias no anticipadas. Ahora que la mayoría de los líderes de Chile Vamos parece inclinada a apoyar el Sí en el plebiscito de abril de 2020, los líderes que emerjan en la campaña del No a la nueva constitución podrán consolidarse como líderes de derecha en la medida que la votación por mantener el status constitucional actual logre una votación lo suficientemente alta.

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