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Publicado el 26 marzo, 2021

Patricio Navia: El Chile de la esperanza y de la frustración

Sociólogo, cientista político, académico UDP Patricio Navia

Debemos aprender a aceptar que, más que una crisis, esta avalancha de buenas y malas noticias es la cotidianeidad en las que nos ha tocado vivir.

Patricio Navia Sociólogo, cientista político, académico UDP
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Como evidenciando una cierta bipolaridad, la sociedad chilena ha transitado rápidamente entre la esperanza y la frustración en los últimos 3 años. Aunque el mundo efectivamente ha dado razones para caer a veces en la depresión y otras en la euforia, parece más sensato aprender a ser menos entusiastas cuando hay viento de cola y menos pesimistas cuando el viento nos golpea de frente. El proceso constituyente, que tendrá su segundo gran momento el 10 y 11 de abril con la elección de las personas que conformarán la convención constitucional, comprensiblemente genera fundados temores en muchos y un esperanzador entusiasmo en otros. Pero, así como hemos aprendido que las buenas noticias siempre tienen letra chica y que las malas noticias a veces producen también oportunidades, debiéramos aprender a evitar creer equivocadamente que el proceso constituyente será la píldora mágica que ponga al país en un mejor sendero de desarrollo o que terminará poniéndole la lápida a nuestro sueño de ser el primer país industrializado de América Latina.

La lógica de encontrar todo malo o todo bueno lleva a drásticos cambios de ánimo. Cuando Sebastián Piñera asumió el poder en marzo de 2018, su gobierno intentó materializar su promesa de tiempos mejores con actos simbólicos importantes, como el retiro del proyecto de nueva constitución que había presentado Bachelet pocos días antes de dejar el poder y con un proyecto de reforma al sistema de pensiones que se alejaba de lo que había propuesto Bachelet. Un año y medio después, los entusiastas del estallido social hablaban con emoción de la aparición de un nuevo Chile y argüían que el país había despertado después de 30 años (tácitamente desconociendo los enormes progresos que había experimentado el país desde el fin de la dictadura).

La decisión de iniciar un proceso constituyente —sobre una hoja en blanco— también subraya esa inclinación de muchos a querer reinventar la rueda o a pensar que todo lo que se hizo antes está contaminado por el hecho de haber sido generado en un país cuya Constitución fue heredada de una dictadura. Igual que alguien que decide echar a bajo la casa construida por el padre violador, muchos chilenos han sido incapaces de entender que la constitución de 1980 debe ser evaluada no solo por su origen ilegítimo, sino también por los resultados que ha producido en el país en crecimiento económico, reducción de la pobreza, inclusión social e incluso reducción de la desigualdad. Pero como la sociedad parece atrapada en solo mirar los extremos, el proceso constituyente se convirtió en una píldora mágica que vendrá a terminar con todos los males que o ya sea afligen a Chile desde mucho antes de la dictadura o los males que afligen a muchas sociedades modernas y que, por cierto, no tienen mucho que ver con la constitución.

La pandemia también tuvo el efecto de polarizar las lecturas sobre el país. Incluso en semanas recientes, cuando la campaña de vacunación en el país avanza a pasos agigantados, hay muchos que son solo capaces de mirar el aumento en el número de casos de covid y no reconocer el exitoso plan de vacunación. A su vez, hay otros que son incapaces de reconocer que el gobierno ha cometido errores no forzados en su intento por lograr avanzar de forma más rápida a una nueva normalidad.

La elección del 10 y 11 de abril probablemente también producirá lecturas polarizadas. Si la tasa de participación se mantiene en torno al 50%, muchos dirán que el proceso es ilegítimo. Otros preferirán destacar que, pese a la pandemia, uno de cada dos chilenos habrá ido a votar. Los resultados de la elección —inciertos por la cantidad de candidatos independientes y por el cambio en el número de escaños que se escogen en muchos distritos— llevarán a muchos a cuestionar la legitimidad de un cuerpo colegiado que posiblemente no refleje en su composición la distribución de preferencias del electorado.

El camino por el que empezará a transitar Chile bajo la nueva Constitución estará repleto de amenazas y riesgos. Pero no hay caminos garantizados al desarrollo. La hoja de ruta por la que avanzaba Chile hasta antes del estallido social también tenía sus propios problemas. De ahí que resulte tan equivocado soñar con que los problemas del país se van a solucionar después de que se promulgue la nueva Constitución como temer que el único destino posible de Chile con este proceso constituyente es terminar como Venezuela. Más bien debiéramos aprender que, como país que es mucho más latinoamericano de lo que quieren reconocer simpatizantes y antagonistas del modelo de libre mercado que hasta ahora nos ha regido, lo más probable es que el futuro que nos espera seguirá siendo uno que combina momentos de euforia (como el aumento en el precio del cobre) y ocasiones de desilusión (como la nueva cuarentena total en la que ha entrado buena parte del país). Debemos aprender a aceptar que, más que una crisis, esta avalancha de buenas y malas noticias es la cotidianeidad en las que nos ha tocado vivir.

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