Estamos en la recta final del plazo para que la Convención Constitucional presente el texto de nueva Constitución que será sometido a plebiscito el próximo 4 de septiembre, y las voces por el Apruebo y por el Rechazo comienzan a sonar cada vez más fuerte. 

Por una parte, tenemos a las coaliciones de Gobierno, intentando ser imparciales frente al debate, pero declarando a los cuatro vientos que no son neutrales y que cualquier cosa que resulte de este proceso será mejor que una Constitución hecha entre cuatro paredes. En el otro extremo, grupos se oponen a dichas voces, señalando que lo que está resultando de las discusiones en la Convención no es más que un engendro que no logrará sino dividirnos aún más. 

Al mismo tiempo, en las redes sociales y en las protestas de los viernes vemos rabia, furia, ideas disruptivas. Son la minoría, pero gritan bien fuerte. Por otro lado, en las encuestas vemos sensatez, cordura, seres humanos que quieren vivir en comunidad y en un mundo mejor. Son la mayoría, pero no están acostumbrados a destruirlo todo para conseguir lo que quieren. Es la clásica mayoría silenciosa, siempre acostumbrada a trabajar y a cuidar lo que producen, porque piensan que solo así podrán proteger a los suyos. 

Así las cosas, es claro que la mayoría del país sabe que para conseguir lo que uno quiere no basta con frotar una lámpara mágica y pedirle al Genio que la habita que cumpla todos nuestros deseos. La mayoría del país superó la etapa de los cuentos infantiles y avanzó hacia un mundo en donde ser responsables es un valor que se aprecia, al cual llegamos porque somos capaces de pensar y de distinguir entre lo que es bueno o malo para cada uno, y lo que hace daño o hace bien al otro.

Pero esto no es lo que, pareciera estar quedando en el texto final de la nueva Constitución. Por el contrario, hasta ahora vemos como se está construyendo un catálogo interminable de derechos -los deseos-, y, por otra parte, se pretende entregar un poder tal al Estado -el Genio- que, con la excusa de que debe alcanzar sus objetivos que no son más que todos nuestros deseos, tendría facultades para fiscalizar, planificar, conducir, fomentar y desarrollar actividades económicas. Así, dicen, avanzaremos por fin hacia un Estado social de derechos.

Ya puedo ver a algunos frotando la nueva Constitución con mucho entusiasmo, esperando que aparezca el Genio para que todos sus deseos se cumplan. ¿Se llevarán una decepción cuando el Genio les recuerde que solo tiene capacidad para cumplir tres de sus deseos? Quizás ese día aprendan de una vez por todas a priorizar, y recuerden que la economía es simplemente asignar recursos escasos a necesidades múltiples. 

Pero dejemos la fantasía y volvamos a la realidad. Porque una cosa interesante de las voces que han ido apareciendo en esta última etapa (Apruebo y Rechazo) es que parecen antagonistas cuando en el Chile de hoy tienen un punto de partida común. Ambos entienden que la Constitución actualmente vigente se encuentra superada, y que no es posible volver atrás. 

Por esta razón, ninguna de las dos alternativas significa el fracaso del proceso constituyente. La diferencia entre una y otra es que de ganar el Apruebo damos por terminado el camino, y aceptamos que la nueva Constitución será la que la Convención nos presente. En cambio, si gana el Rechazo, seguiremos viviendo el constituyente que se ha puesto en movimiento, hablaremos de las cosas que no han tenido cabida dentro de la Convención, tales como economía, crecimiento sostenible y competencia, y haremos los cambios que Chile necesita para alcanzar un país más justo e igualitario. No puede ser de otra manera. Volver atrás es una fantasía igual de ingenua que la de pensar que el Estado puede proveernos de todo lo que necesitamos, así como por arte de magia. 

Porque si hay algo que es claro, es que no cualquier cosa es mejor que una Constitución escrita entre cuatro paredes. Nuestra nueva ley fundamental debe mirar hacia el futuro y permitirnos avanzar hacia una sociedad basada en los principios y valores con los que la mayoría del país sueña. 

*Francisca Labbé – Abogada Centro de Derecho Regulatorio y Empresa. Universidad del Desarrollo

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