El próximo domingo Chile enfrenta una coyuntura crítica para su futuro. Espero que el plebiscito sea la última vez que la clase política nos obligue a enfrentarnos tan duramente,  chilenos contra chilenos. La última vez que debamos tomar posiciones dicotómicas,  polarizadas, que no hacen más que dañar el alma de Chile. Su responsabilidad en los últimos 10 años es gigante. Su incapacidad de convocar al país a proyectos nacionales de amplio consenso no hizo más que dar el espacio para que los extremos se tomaran la hegemonía del debate público.  

Responsabilizo por igual a la centroizquierda y a la centroderecha. La primera, de la cual fui parte y abandoné el año 2007 –milité en el PPD hasta esa fecha–, por involucionar hacia posiciones muy estatistas y abandonar la representación de los ciudadanos que le dieron su confianza, dedicándose a rencillas, desmembrando ese gran proyecto nacional que fue la Concertación y entregándose sin más a los radicales de izquierda. La segunda, por resistirse con uñas y dientes a los cambios que el país necesitaba para ampliar la red social de apoyo de los sectores que rezagaban. Ambas son responsables de la cada vez menor adhesión ciudadana a la democracia y a la libertad como fuente de progreso e inclusión social. Ambas son responsables de que una nueva generación de políticos inexpertos y radicales encendieran la pradera y renovaran la ilusión de muchos chilenos postergados y desilusionados. Abrigo la esperanza de que ambos sectores salgan fortalecidos el 5 de septiembre y puedan generar los consensos y estimular el encuentro que añoramos el 70% del país. Que ambos decidan aislar a sus propios extremos: los unos, que sin ambigüedad, repudien la violencia y defiendan la democracia y el estado de derecho con la fuerza legítima del Estado contra quienes no aceptan las reglas democráticas; los otros, abandonando el coqueteo con posiciones extremas que son excluyentes de la diversidad de Chile, pues no se dan cuenta esos extremos que su Chile exclusivo ya no existe.

El domingo se enfrentan a dos opciones, pero hay un riesgo tremendo. En mi opinión son dos opciones muy diferentes y radicales. La primera nos permite seguir el camino iniciado por la Revolución Gloriosa de fines del siglo XVII, cuando el parlamento de Inglaterra, en un acto sin una gota de sangre, abolió la monarquía absolutista y desencadenó un creciente proceso en occidente llamado democracia liberal representativa. En el contexto de la propiedad privada, el capitalismo y la libertad, cada vez fue incluyendo y ampliándose a todos: desde una democracia de salón de privilegiados, a una democracia amplia que incluyó el siglo pasado a los campesinos, a las mujeres y a todas las razas. Sí, hasta el siglo pasado se excluía de la democracia por patrimonio, por género y por el color de la piel. 

¿Y por qué todo este recuerdo para explicar mi voto del próximo domingo? Porque esa misma democracia está amenazada. En su último número, la prestigiosa revista internacional The Economist explica y resume con peras y manzanas lo que yo mismo pienso de la propuesta de constitución, y me baso en el artículo para explicarla. Para introducir su opinión sobre el caso chileno, la revista ubica la propuesta del plebiscito en la tendencia antiliberal internacional, también llamada “democracia” iliberal, que busca utilizar el sistema democrático liberal representativo para instaurar una autocracia. El artículo, también traducido en El Mercurio el lunes pasado, explica los casos de Túnez, Egipto, Turquía y Rusia, y decenas de países africanos, que cayeron en la autocracia al modificar sus constituciones y reescribir una nueva constitución con insuficientes contrapesos. A continuación, explica el artículo, se procede al “abuso constitucional”. Así Putin, con el parlamento a su favor, pasó enmiendas el año 2020 para asegurarse en el cargo hasta 2036. Erdogan de Turquía y Fattah el-Sisi en Egipto hicieron lo mismo para gobernar hasta el año 2034 y 2030 respectivamente. Venezuela, Nicaragua y Bolivia son casos de nuestra región. The Economist sitúa la constitución propuesta en Chile en esta tradición, y es evidente que es así. 

Un autócrata que llega al poder en Chile con mayoría del Congreso puede cambiar casi todo por mayoría simple, y si alcanza los 4/7 y tiene el 50% de la población, cambia el límite a la reelección y se eterniza en el poder. Para llegar a esa popularidad, el artículo también plantea que los autócratas llenan la constitución de derechos sociales, que es el método que tienen los iliberales para acceder a la mayoría del país. “Existe una correlación: mientras más derechos hay en el papel, menos se protegen en la práctica”. Asimismo, “[Los] autócratas también pueden utilizar los derechos prometidos como sobornos”, donde se explica el uso de los derechos indígenas en Ecuador para obtener el favor de los pueblos originarios. El amplio uso de este aspecto, así como de otros derechos que apela a minorías identitarias, es la forma en que la propuesta constitucional manipula la democracia para reemplazarla. 

Mi voto Rechazo se debe a que creo que la actual propuesta iliberal de constitución nos lleva a una política nefasta de autócratas de lado y lado tratando de obtener una mayoría. El 70% de quienes estamos siendo el foco de manipulación de estos extremos, nos dividimos en enemigos por las causas identitarias extremas de lado y lado. Se consolida la polarización y el desencuentro, se estanca la economía y los derechos sociales nunca llegan. Cuando la gente se da cuenta, es demasiado tarde. 

Es altamente probable que el domingo gane el Rechazo. Las encuestas nos dicen que hay una mayoría, no muy amplia, pero significativa, que quiere dar su opinión el domingo próximo. No a la constitución revanchista y no a la actual. Si la clase política moderada y demócrata aprendió la lección, debiera volver a mirarse a los ojos y volver a entusiasmar al 70% del país. Acordar rápidamente un mecanismo para tener una constitución heredera de la Revolución Gloriosa. Muchos deben jubilarse y muchos otros, jóvenes, demócratas, tomar su lugar. La generación actualmente gobernando se encuentra en un curso intensivo de civilidad, pues han debido hacer exactamente lo contrario de lo que dijeron para llegar al poder. Les espera un doloroso quiebre: algunos optarán y evolucionarán de vuelta a la democracia que funciona, otros involucionarán para esperar la próxima oportunidad de introducir la “democracia” iliberal autócrata que tanto añoran. En medio, para impedirlo, estaremos el 70% de los chilenos que queremos paz, estado de derecho, amplia red de protección social para los rezagados, derechos sociales que se cumplan, derechos civiles sin exclusiones ni discriminaciones, en un Chile diverso, con derecho de propiedad, libertad de emprender y libertad para elegir con regularidad y frecuencia a nuestros representantes políticos que hagan bien la pega. 

*Patricio Arrau es economista.

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