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Publicado el 13 de febrero, 2020

Maximiliano Jara: Las derechas y la dimensión simbólica de la política

Investigador asociado del Centro de Estudios Bicentenario Maximiliano Jara

Traer de vuelta tanto un patriotismo exacerbado en un mundo globalizado como un conservadurismo con vocación universal en un mundo secularizado podría ser rentable electoralmente, pero en el mediano y largo plazo podrían acentuar la crisis política del país.

Maximiliano Jara Investigador asociado del Centro de Estudios Bicentenario

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Entre los elementos que es necesario tomar en cuenta para comprender la reacción de las derechas ante la crisis política que estalló en octubre de 2019, se encuentra el análisis de sus culturas políticas. En forma sintética, aquellas están compuestas por lenguajes, ideas, acciones, experiencias y símbolos que permiten aglutinar y darles sentido a las diferentes colectividades. En el caso de este sector político, es importante destacar que la alianza Chicago-gremialista desarrollada en las décadas de 1970 y 1980 influyó no solo a la Unión Demócrata Independiente, sino que también permitió que sus presupuestos se volvieran hegemónicos en aquellos grupos, dando forma a un sustrato político común que ha convivido con otras tradiciones con menor presencia, como pueden ser la corriente socialcristiana o nacionalista.

Así, los elementos que a grandes rasgos dominaron al sector consistieron en un lenguaje de la política mayoritariamente tecnocrático con ideas vinculadas al libre mercado y una democracia limitada; el recuerdo de la lucha contra la Unidad Popular; y el compromiso con el proyecto político del régimen militar. Sin embargo, la dimensión simbólica de la política, aquella encargada de formar comunidad, fue perdiendo protagonismo en el sector en beneficio de elementos empíricos y normativos, como los provenientes de la disciplina económica y el derecho, lo que hizo que se concentrara en las cifras estadísticas y la institucionalidad en vez de buscar un proyecto de sociedad mayor, pese a que hubo intentos.

En la misma década de 1980 esta nueva derecha intentó integrar dos tradiciones a su proyecto cultural: la liberal y la cristiana. En la primera, instituciones como el Centro de Estudios Públicos intentaron articular las bases filosóficas del liberalismo que apoyaban. Fue así como Friedrich Hayek se transformó en un gran referente intelectual para promover el liberalismo en Chile, aunque también ejercía una fuerte influencia de la escuela  económica de Chicago, representada en las propuestas de Milton Friedman, cuyos seguidores chilenos tenían una presencia relevante en el gobierno. Si bien para ambos académicos la libertad era indivisible, en el caso chileno se enfocó principalmente en su dimensión económica, lo que a fin de cuentas terminó por disolver el tejido social y simbólico que existía en el sector.

Por otro lado, tal vez conscientes del elemento disolvente de aquel liberalismo, Jaime Guzmán y el mismo CEP, entre otros, intentaban “cristianizar el capitalismo”. Es decir, conciliar la teoría económica con la propuesta filosófica cristiana para darle un sustento cultural y moral propias del catolicismo a las modernizaciones que se realizaron en ese entonces.

La dicotomía entre “realidad” e “ideología” les impidió a las derechas elaborar un proyecto cultural convocante.

Si bien ambos calaron en la derecha, con mayor o menor grado, no se transformaron en un elemento que generara comunidad, un vínculo entre los ciudadanos. Estos elementos no lograron generar un entramado de sentidos que convocara y creara un proyecto de cultural atractivo para las personas. Esto último ha sido una característica reciente del sector luego del régimen militar, ya que las agrupaciones previas estaban preocupadas en fomentar un proyecto simbólico al tener presente la necesidad de que existiera un propósito o un espíritu impulsor de la sociedad, algo que si bien pudo no haberse concretado, al menos era el norte de aquel entonces.

Incluso, las nuevas derechas entendieron “la batalla de las ideas” como una confrontación valórica plasmada en el plano de la discusión técnica, razón por la que el sector concebía su proyecto como “sentido común” o “realismo” en vez de ideología. Para ellos, las primeras hacían referencia al conocimiento práctico de la cotidianeidad y, por otro lado, el desarrollo científico –generalmente del área económica. Mientras, la ideología era vista como una voluntad política, muchas veces sin justificación, que estimaban como “utópica” e irrespetuosa de la realidad. De este modo, esta dicotomía entre “realidad” e “ideología” les impidió a las derechas elaborar un proyecto cultural convocante. A esto también se le sumaba la preocupación por potenciar la maquinaria electoral, antes de una inquietud cultural de largo plazo. Así, aquel sector dejó de competir por la construcción simbólica de la polis, dejando el camino libre a los diferentes grupos de las izquierdas nacionales.

Los proyectos globales normalmente aglutinan, pero también generan rechazo en la sociedad.

Algunos grupos se han dado cuenta de esta derrota cultural, y se han adentrado en esta disputa. Todavía no existe un proyecto simbólico que aglutine el sector y, es más, probablemente tome tiempo en aparecer o ni siquiera logre concretarse. Sin embargo, dos opciones se avizoran. Por un lado, los intelectuales y políticos del sector podrían aprovechar este momento para articular una nueva síntesis simbólica, basada en un concepto más amplio de libertad –no solo económico–, unido a un concepto de justicia o solidaridad. O por otro lado, volver a mirar los modelos que alguna vez utilizó el sector, como lo fue con el nacionalismo, conservadurismo o el socialcristianismo. En la actualidad, existen ejemplos de ambos casos. Hay nuevos centros de estudios que les interesa esa primera dimensión cultural, entre las que podríamos encontrar el IES o Res Publica. Pero también existen indicios de lo segundo, lo que se ve en el Partido Republicano y el creciente protagonismo que algunos grupos evangélicos están teniendo en política. Por lo anterior, es necesario tener presente el peligro que se tendría al aceptar acríticamente los proyectos culturales del pasado. Traer de vuelta tanto un patriotismo exacerbado en un mundo globalizado como un conservadurismo con vocación universal en un mundo secularizado podría ser rentable electoralmente, pero en el mediano y largo plazo podrían acentuar la crisis política del país. Los proyectos globales normalmente aglutinan, pero también generan rechazo en la sociedad. Por ello es importante revisitarlos en forma crítica.

En cualquier caso, los proyectos globales, si bien podrían ser atractivos en coyunturas de crisis, no son el único medio para crear un proyecto simbólico mayor. Esto se podría realizar a través de la formulación de una promesa a futuro que alimente las expectativas del país, un norte hacia el cual las derechas buscan conducirnos. Si bien el progreso material, la superación de la pobreza o el desarrollo económico son cosas deseadas, no constituyen un norte común. Las personas no se movilizan por alcanzar US$30.000 de PIB per cápita, sino que lo hacen por conceptos que sintetizan sus deseos para la comunidad. Por eso el concepto “dignidad”, a partir de la coyuntura de octubre, ha sido tan importante. En este sentido, la tarea mayor en lo que viene para el sector es realizar una introspección y un análisis de lo que quieren como país, e intentar sintetizar aquello a través de un concepto que soporte el entramado simbólico de su propuesta política.

* Algunos trabajos sobre el concepto de cultura política son: Gabriel Almond y Sidney Verba, The Civic Culture, Political Attitudes and Democracy in Five Nations (London: Sage Publication, 1989); Norbert Lechner, Cultura política y democratización (Santiago, CLACSO/FLACSO, 1987); Adriana Rodríguez, “Reflexiones sobre el concepto de cultura política y la investigación histórica de la democracia en América Latina”, Revista Historia y Memoria, n° 14, 2017, pp. 205-247; Ximena Urtubia Odekerken, Hegemonía y cultura política en el Partido Comunista de Chile: la transformación del militante tradicional, 1924-1933 (Santiago: Ariadna ediciones, 2016). Si bien el concepto ha sido debatido, en este ensayo se prefiere resaltar las diferentes dimensiones que abarca.

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