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Publicado el 01 de enero, 2019

Patricio Navia: Las lecciones de Bachelet que Piñera puede aprender

Sociólogo y cientista político Patricio Navia

En campaña, el actual Mandatario dio a entender que creía que el país avanzaba por la dirección equivocada y se comprometió a corregir rumbo. Una vez en el poder, ha mostrado menos sentido de urgencia en enmendar lo que considera son los principales errores en las reformas implementadas por su predecesora. Eso es difícil de entender.

Patricio Navia Sociólogo y cientista político
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El gobierno del Presidente Piñera debiera aprender una lección del segundo gobierno de Bachelet: la convicción con la que la ex Presidenta avanzó su agenda de reformas y el sentido de urgencia que dio a los cambios que quería implementar en Chile. Si Chile Vamos tuviera la misma urgencia por dejar plasmado su sello en la hoja de ruta del país, este gobierno habría logrado más avances en sus emblemáticas reformas, que siguen sin ver la luz a casi un año de haber asumido el poder.

Es cierto que la convicción y determinación para avanzar una agenda puede ser profundamente dañina cuando ésta lleva al país a un mal destino. Muchas de las reformas que impulsó el gobierno de Bachelet hicieron más mal que bien. Desde la gratuidad en la educación —que ha golpeado duramente la capacidad de las universidades privadas de seguir mejorando su calidad y ha hecho a las universidades tradicionales del CRUCh todavía más dependientes de los recursos estatales— hasta la reforma tributaria, que la ex Mandataria impulsó aceleradamente en su primer año, el país ha sufrido las consecuencias de una administración a la que le sobró determinación, pero le faltó visión sobre los efectos de sus propuestas.

El Presidente necesita aprovechar al máximo el poder que tendrá durante sus cuatro años de mandato. La oposición, en cambio, intentará alargar las negociaciones y retrasar los acuerdos.

De ahí que sea un error confundir la obstinación e intransigencia con la consecuencia. Un gobierno que no está dispuesto a corregir o mejorar sus propuestas dejará un legado controversial y vulnerable a ser desmantelado por sus sucesores. A su vez, cuando un gobierno tiene minoría en el Congreso, el único camino para avanzar su agenda es negociando. Además, independientemente de cuántos escaños tenga en el Congreso, al negociar con aquellos que piensan distinto, el gobierno puede construir mayorías más amplias y perdurables, lo que a su vez hace que las reformas sean más estables y duraderas.

Pero aprender que es malo pretender avanzar sin transar no es lo mismo que olvidarse de las convicciones. Solo aquellos gobiernos que tienen claro cuál es su norte podrán ser exitosos en las negociaciones. Además, en la medida que los gobiernos doten a esas convicciones de un sentido de urgencia, evitarán que las negociaciones se queden estancadas o que la oposición use tácticas dilatorias. Después de todo, el tiempo siempre corre a favor de la oposición. El Presidente necesita aprovechar al máximo el poder que tendrá durante sus cuatro años de mandato. La oposición, en cambio, intentará alargar las negociaciones y retrasar los acuerdos con la esperanza de que al gobierno se le acabe el tiempo y la llegada de la nueva temporada electoral debilite la posición negociadora del gobierno saliente.

Si bien Bachelet se obsesionó con impulsar reformas, es admirable el sentido de urgencia que les dio y la convicción con las que las defendió. Al final de su primer año de gobierno, había logrado cerrar su reforma tributaria, había avanzado significativamente en la reforma que terminó —al menos en el papel— con el lucro, la selección y el copago en la educación particular subvencionada y también en la reforma al sistema electoral. Porque su ambiciosa agenda incluía un paquete importante de reformas —incluida una nueva constitución—, Bachelet no perdió tiempo en su primer año y se abocó a sacar adelante tantas reformas como pudo.

Este gobierno ha estado más abierto al diálogo que su predecesor.

El gobierno de Piñera no ha tenido el mismo sentido de urgencia en su agenda. Es verdad que Piñera ha evitado cometer el error que cometió Bachelet de pensar que era dueña de toda la verdad y que la oposición no tenía nada constructivo que sumar a las reformas que Bachelet quería impulsar. Este gobierno ha estado más abierto al diálogo que su predecesor. También es cierto que, dado que no tiene mayoría en el Congreso, Piñera está obligado a negociar con la oposición, con lo que La Moneda no enfrenta la tentación de ignorar a los que piensan distinto. Pero en lo que se refiere a la urgencia que le da a su agenda de reformas, este gobierno debería aprender una lección importante del gobierno anterior.

En campaña, Piñera dio a entender que creía que el país avanzaba por la dirección equivocada y se comprometió a corregir rumbo. Una vez en el poder, ha mostrado menos sentido de urgencia en enmendar lo que considera son los principales errores en las reformas implementadas por Bachelet. Eso es difícil de entender. Si el gobierno no dota de sentido de urgencia a sus reformas, difícilmente logrará que la opinión pública se interese en su agenda y que la oposición se siente a negociar. Si La Moneda no logra instalar la idea de que sus reformas son necesarias y apremiantes, la oposición se encargará de demorar el mayor tiempo posible la promulgación de la reforma tributaria y de la reforma de pensiones.

 

FOTO:RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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