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Publicado el 19 de enero, 2020

Juan Enrique Serrano: Capitalismo 2.0: Un humanismo del trabajo

Director de USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos Juan Enrique Serrano

Nuestro trabajo debe ser parte del plan que nos permita este desarrollo pleno de las virtudes en cada persona. Y los que tenemos la responsabilidad de ofrecer trabajo a otros, debemos diseñar puestos de trabajo que permitan tal desarrollo.

Juan Enrique Serrano Director de USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos

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La crisis social que vive nuestro país nos ofrece una oportunidad. El desafío que enfrentamos no es cambiar el modelo, sino enriquecerlo a través de una segunda transformación que potencie la modernización que vivió nuestro país: un capitalismo 2.0, que permita relegitimar el modelo económico. Y para lograrlo, esta transformación debe ser, ante todo, un nuevo humanismo del trabajo, al que hacíamos referencia como USEC en nuestra última columna. En esta ocasión me quiero referir a qué comprendemos por humanismo del trabajo.

En primer lugar, es necesaria la transformación personal de los hombres y mujeres de empresa, sentirse desafiados por un sentido más amplio de la vida que los motive a ver la dimensión trascendente del trabajo, del suyo y el de otros. Pero podemos ir más allá, debemos establecer otras iniciativas para conseguir que nuestros colaboradores logren su desarrollo pleno. Postulamos que el trabajo tiene un valor en sí mismo, un valor trascendente para ser felices. Y postulamos que es un “humanismo” porque la cultura del trabajo tiene en su centro una definición de hombre, de persona humana que tiene implicancias laborales, económicas y productivas, y también culturales, políticas y sociales.

Nuestro trabajo debe ser parte del plan que nos permita este desarrollo pleno de las virtudes en cada persona. Y los que tenemos la responsabilidad de ofrecer trabajo a otros, debemos diseñar puestos de trabajo que permitan tal desarrollo. Ofrecer un lugar de trabajo no es igual que comprar un software o una máquina programada para un conjunto cerrado de acciones. Como empresarios, ejecutivos y emprendedores podemos y debemos ir más allá, partiendo por escuchar las inquietudes de nuestros colaboradores y, en conjunto con ellos, fijar objetivos basados en la realidad de cada empresa, definir parámetros y acciones concretas que sean evaluadas de manera periódica, para saber si se cumplen los objetivos y también para evaluar la pertinencia de los parámetros usados. Esto permitirá avanzar en nuestras metas y también generar un proceso de mejora continua de este modelo, incorporando fundamentos teóricos enfocados a la realización plena de las virtudes.

En segundo lugar, debemos entender que crear y administrar empresas consiste en encarnar este humanismo del trabajo en una cultura corporativa que ponga en el centro a todas las personas: colaboradores y sus familias, directivos, clientes, accionistas, la comunidad, etc. El contenido de este llamado, entonces, es a considerar qué podemos hacer para ayudar a que nuestros colaboradores logren desarrollarse en forma plena y en concordancia con su plan de realización personal. Mostrarles y hacerles sentir que son parte de un equipo que busca producir buenos bienes y servicios para solucionar las necesidades de las personas; que sepan que cada uno tiene algo que aportar para lograr este objetivo. Es la realización en estos dos planos –el personal y el colectivo– que el trabajo adquiere un sentido trascendente.

En general, quienes tenemos a cargo la conducción de empresas fuimos formados en la optimización basada en la consideración de variables duras, fácilmente comparables. Creo que el desafío hoy es enriquecer este modelo a través de la incorporación formal de variables blandas en nuestras evaluaciones. Esto implica poder parametrizarlas y evaluarlas, en otras palabras para ser claro, poder fijarles metas (KPI); estándares (SLA); y hacer un seguimiento permanente de los parámetros y acciones definidas (PMO).

Finalmente, debemos orientar la empresa al bien común. La rentabilidad es necesaria, entre otras cosas para ofrecer buenos puestos de trabajo y retribuir a los accionistas; sin embargo, no es suficiente. Es necesario que la empresa cumpla con su rol social, no por buenismo, sino porque es una más de sus obligaciones. Este humanismo del trabajo ofrece una mirada trascendente de la actividad empresarial, y un desafío para los empresarios cristianos para que vivan su trabajo como una noble vocación. De paso ofrece una fuente de legitimidad al sistema de libre mercado, al ser elevado por principios trascendentes, poniendo a las personas en el centro de nuestras decisiones y al bien común como primer KPI.

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