Confieso que me divierte nuestro afán de excepcionalidad. Vivimos dando ejemplos al mundo de los cuales el mundo nunca se entera. Sin embargo, a veces sucede. Para no ir lejos, fue el caso del reciente rechazo plebiscitario a una Propuesta Constitucional estrambótica.

Con eje en la “plurinacionalidad”, su hiperadjetivado texto terminaba con nuestro Estado unitario, convertía en naciones a 11 pueblos originarios (algunos casi extintos) y daba formato jurídico a una revuelta que casi tumbó al gobierno de Sebastián Piñera. En un libraco express, dije que era una vía constitucional novedosa, para una revolución disfrazada de “refundación” .

Como suele suceder, en los países del mundo desarrollado la Propuesta entusiasmó a los intelectuales que disfrutan con los experimentos en laboratorio ajeno. Esos que, como el joven francés Regis Debray de los años 60, invitaban a sus colegas  a “pensarle la revolución” a los latinoamericanos.

En nuestra región la aplaudieron los políticos que nos quieren poco y los gobernantes que conocen el viejo dicho romano divide et impera. Quizás para disimular, todos elogiaron el gran catálogo de derechos que consignaban sus 388 artículos, redactados en farragoso lenguaje inclusivo. También se entusiasmaron los jóvenes vanguardistas, por los textos que privilegiaban el indigenismo, normalizaban el paritarismo, reconocían el sexogenerismo, otorgaban derechos a la naturaleza, respetaban el sentimiento de los animales, consagraban el derecho humano al placer y el que, en onda decolonizadora, prohibía la esclavitud.

Sólo en círculos herméticos se sabía de la inspiración en el “socialismo del siglo XXI”, de Hugo Chaves y en la Constitución boliviana de Evo Morales.  De hecho, en Chile no se sospechó que el eje estratégico de la propuesta -la “plurinacionalidad”- tenía como correlato la “diplomacia de los pueblos”, base retórica del internacionalismo neorrevolucionario.

Advertencias ignoradas

Absortos en el reino de los temas locales, los convencionales chilenos -entre los cuales 64 abogados- ignoraron o soslayaron que, casi por definición, la plurinacionalidad afectaba el delicado tejido de las Relaciones Internacionales, en particular con los países vecinos.

Sin embargo, advertencias no faltaron. En Argentina, parlamentarios y diplomáticos alertaron que los territorios eventualmente autónomos del “Wallmapu” (tierra mapuche) llegaban hasta su costa atlántica y que eso traería problemas bilaterales. Como contrapunto, la portavoz del gobierno, Gabriela Cerruti, apareció firmando una adhesión a la propuesta, junto con diversas personalidades extranjeras (El Mercurio, 25.8.2022)

El 28 de enero de 2022 el expresidente boliviano Evo Morales saludó, “con gran alegría en el corazón”, a los convencionales chilenos que aprobaron la plurinacionalidad.  Sus palabras fueron compartidas por el presidente Luis Arce, para quien fue una muestra de “sabiduría y claridad revolucionaria (…) que abre más el camino para la integración real”. Como contrapunto, el jurista y expresidente boliviano Eduardo Rodríguez Veltzé advirtió que el concepto de democracia “se torna complejo cuando, por la propia Constitución, ‘el pueblo’  consiste en una pluralidad de pueblos, naciones precoloniales y pueblos indígenas con diferentes derechos dentro de un mismo Estado constituido” (revista electrónica Realidad y Perspectivas N° 104, abril de 2022).

En el Perú, 10 excancilleres y exvicecancilleres declararon que la América Latina plurinacional, que promovía Morales, se orientaba a desmembrar su país para dar acceso al mar a una avanzada aymara (La República, 11.12.2021). Semanas después, el presidente peruano Pedro Castillo declaró en CNN Internacional que Chile debía ceder mar a Bolivia. Desde ambas posiciones, quedaba implícito que la propuesta amenazaba el tratado de 1929 y su Protocolo Complementario, que garantiza la contigüidad territorial chileno-peruana.

Entre la ignorancia y la resignación

Sin información oficial y siempre marginales a los temas de la política exterior, la mayoría de los chilenos ignoraba la inspiración y las implicancias externas de la propuesta.

Esto llamó la atención de los analistas extranjeros y, en especial, de los venezolanos. Consultado por la Universidad Finis Terrae, el exgobernador y exdiplomático Diego Arria dijo lo siguiente: “Hay una especie de sobrecuidado por parte de muchos chilenos de opinar (…) tienen una especie como de vergüenza de defender a su propio país”. A su juicio, la propuesta estaba inspirada en aspectos fundamentales del chavismo y podría crear problemas muy difíciles de enmendar, pues “estos instrumentos institucionales se hacen casi pétreos en manos de quienes los manejan, que es lo que estamos viviendo en Venezuela”. (El Libero,  20.6.2022)

Arria no estaba desencaminado. Sumidos en un enjambre de crisis (gobernabilidad escasa, vandalismo en las ciudades, terrorismo en la Araucanía, delincuencia incrementada y pandemia vigente) los chilenos de a pie lucían asustados o “estaban en otra”. Las derechas tradicionales parecían resignadas, a sabiendas de la impopularidad de los políticos. Los debilitados socialcristianos y socialdemócratas  se dividían y subdividían. Los activistas de octubre de 2019 ya no lamentaban la interrupción de la revuelta, pues entendían que era bueno constitucionalizarla. Los comunistas y los partidos de izquierda estudiantil apoyaban lo que fraguaba la mayoría constituyente. En ese contexto de resignaciones, miedos y complacencias, el gobierno de Gabriel Boric apostó fuerte a la aprobación de la propuesta y, por ende, a la refundación de la República de Chile.

Glosando al recordado Chapulín Colorado, pocos contaban con la astucia (léase inteligencia) del ciudadano chileno que no quería ser cambiado de país.

Pueblo Amarillo

Sin embargo, ese ciudadano estaba alerta. Al pueblo realmente existente le bastó observar el menosprecio a los emblemas nacionales y el comportamiento entre indecoroso, soberbio y dictatorial de los convencionales más conspicuos, para concluir que sus objetivos políticos perjudicaban al país.

Como la necesidad suele crear el órgano, en febrero emergió un grupete irónicamente autodefinido como “Amarillos por Chile”, con un poeta a la cabeza, llamando a rechazar lo que se pergeñaba en la Convención. Según su razón sencilla, lo que el país necesitaba no era una Constitución  mala y divisionista, sino “una que nos una”.

Fue un momento de inflexión que los pensadores del columnismo ya tienen registrado. Rápido, ese grupete reunió más de 60 mil adhesiones y el poeta Cristián Warnken llenó el vacío de liderazgo patriótico. El expresidente Eduardo Frei y otras personalidades nacionales, más militantes y simpatizantes del centro sociológico y las izquierdas democráticas se pronunciaron contra la propuesta. En ese nuevo clima las encuestas comenzaron a mostrar que el “Rechazo” podía superar al “Apruebo” en la cartilla electoral, y que la diferencia oscilaba alrededor de los 10 puntos porcentuales.

Así las cosas, el plebiscito del 4 de septiembre culminó con un resultado espectacular: casi 8 millones de ciudadanos, en un padrón electoral de 13 millones, con un 62% de los votos, rechazaron la propuesta constitucional y borraron del horizonte inmediato el peligro de una nación chilena residual. Tan rotunda mayoría se dio en todas las regiones y en el 99% de las comunas del país, siendo comparativamente mayor en las habitadas por los pueblos originarios.

Fue un gran salto a la sensatez. La institucionalidad democrática había preservado la entereza de la República y, ahora sí, Chile daba un ejemplo al mundo.

Mujeres hacia la realidad

Los convencionales más astutos optaron por convertirse en comentaristas televisados de su propio desastre o ensayaron una autocrítica estilosa, en modo Fuenteovejuna: todos fueron responsables. Los con mayor carga ideológica y los fanatizados reaccionaron en modo rasca. En cuestión de segundos, ese pueblo maravilloso que adulaban se convirtió en una panda de ignorantes y “fachos pobres” que había consumido todas las mentiras de las derechas y todos los fakes de los medios.

Para el Gobierno fue una derrota sin excusas. El presidente Boric había encabezado la campaña del Apruebo y la votación del Rechazo casi duplicó la que obtuvo meses antes en la segunda vuelta presidencial. Sin embargo -al menos hasta la fecha-, aquello no se tradujo en un cambio de rumbo ni en la convocatoria a otras fuerzas políticas, sino en lo que sus operadores llamaron “cuadrar la caja”. Una metáfora que significa rebarajar los puestos y roles del personal político instalado, incluido el alejamiento de camaradas del primer anillo presidencial.

Con todo, algo nuevo comenzó a suceder. El rebaraje presidencial puso en los puestos de mayor responsabilidad a mujeres políticas maduras (ojo, no digo viejas). Por su experiencia en los gobiernos (denostados) de la Concertación, lucen mejor dispuestas para enfrentar con realismo los problemas más acuciantes de la sociedad. Léase: la violencia, el terrorismo y la delincuencia rampantes.

Con ese talante, Carolina Tohá, nueva y emblemática ministra del Interior  -hija de José Tohá, asesinado ministro del Interior de Salvador Allende- ya anunció una nueva política para la Macrozona Sur (exWallmapu). En lo sucesivo, el apoyo militar a la policía en los estados de emergencia, que se limitaba al resguardo de las rutas, se ampliará a la protección de la vida de las personas.

Su explicación ante el Congreso fue franca y cruda. Aceptando  que “no nos gusta nada tener que recurrir a ese instrumento” (el estado de emergencia), reconoció que “las policías no se la pueden” y que la tranquilidad y seguridad de los chilenos, chilenas y mapuches residentes “es la tarea número uno del Estado”.

Para observadores externos eso parecerá obvio, pero en el Chile actual suena a catarsis. Diciendo lo que dijo, Carolina estaría inaugurando una transición desde el utopismo puro y duro a la prosaica realidad. De ser así, el rechazo del 4 de septiembre se consolidaría como una de las fechas más históricas de nuestro querido y aporreado país.

*José Rodríguez Elizondo, periodista, escritor y Premio Nacional de Humanidades 2021.

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