I

El asunto de las dos listas del oficialismo –si unidas o separadas– se ha convertido en una disputa que poco tiene que ver con la próxima elección de consejeros constitucionales. De hecho, nadie menciona siquiera motivos constitucionales para justificar una u otra opción electoral. 

Es de suyo evidente que esta vez no están en juego los contenidos de nuestra futura carta fundamental. De eso se hicieron cargo los famosos ‘bordes’ acordados por los partidos oficialistas y de oposición, cuyo resguardo fue entregado a mecanismos que aseguran un efectivo equilibrio de poderes. 

De hecho, el riesgo no es, como fue la vez anterior, que se imponga una utopía constitucional completamente ajena a la realidad socioeconómica y cultural del país. Al contrario, se corre el peligro de mantener el orden constitucional existente, solo con retoques menores. Sin atender a los anhelos de cambio de la población y a la necesidad de llevar nuestra Constitución al siglo XXI. Un fatídico gatopardismo acompaña las vacaciones de las familias burguesas.

Si las materias constitucionales no son objeto de disputa entre las listas oficialistas, y tampoco entre éstas y las fuerzas de oposición, ¿qué, entonces, provoca la querella dentro del campo de las alianzas de centro e izquierdas?

Ante todo, el temor de nuestro novel gobierno de que la elección del 7 de mayo próximo se convierta en una suerte de plebiscito sobre su gestión. Y que vuelva a ocurrir lo del 4-S pasado, cuando el rechazo del texto propuesto por la Convención Constitucional, significó una derrota del Presidente Boric, su equipo y de Apruebo Dignidad (AD), la alianza más próxima al Mandatario. 

Paradojalmente, ha sido el propio Presidente quien en varias intervenciones ha llamado al oficialismo a unirse en una sola lista, elevando el asunto a un rango de importancia superior, en vez de situarse al margen y por encima de la refriega. Esto es, vuelve a cometer el mismo error anterior. Y se pone a sí mismo en situación de ser plebiscitado.

Luego, en vez de asumir la posición de jefe de Estado, como ha intentado en otras ocasiones, remarcando las hebras positivas de la conducción del país en medio de circunstancias adversas, se deja llevar por esa propensión al error que termina por castigarlo a él y a su Gobierno.

Contribuye además al argumento en favor de una sola lista, el vano deseo de restituir la escena del 25-O de 2020 cuando, todavía bajo la irradiación del estallido social y las protestas de 2019, un 78% de quienes concurrieron a votar en el plebiscito lo hicieron a favor del apruebo, dando inicio así al proceso de elaboración de una nueva Constitución. 

Pero esa escena, evidentemente, no retornará desde las cenizas del 4-S, cuando una masa todavía mayor de votantes decidió rechazar el excéntrico texto redactado por la Convención Constitucional.

Las fuerzas de derecha no quedaron definitivamente sepultadas como algunos ingenuamente soñaron. La sensibilidad política de la calle giró en 180 grados en virtud de la pandemia, el deterioro de la economía y la desintegración de la sociedad. Hobbes vino a ocupar el lugar de Rousseau; Leviatán se impuso a Anarquía. La opinión pública encuestada se movió hacia un estado de ánimo donde prima la demanda por seguridad, control, protección y asistencia. El umbral de tolerancia frente a la desmesura, las macro y microutopías y los desbordes de la imaginación política se redujo a un mínimo. 

II

Con ello, la cuestión de la gobernabilidad regresó al centro de las preocupaciones de la sociedad, percibida de mil formas distintas por individuos, grupos y la colectividad en su conjunto. Significa asimismo el retorno de la demanda por una sociedad en condiciones de asegurar orden, crecimiento material y de oportunidades, servicios públicos eficaces, derechos sociales efectivos (menos, pero de verdad), y un horizonte dinámico de movilidad, participación y reconocimiento.

Es frente a este verdadero cambio de marea producido en tan corto tiempo –de octubre de 2019 a octubre de 2022– y a su proyección futura (digamos, mirando al final de esta década al menos), que las fuerzas políticas de centro e izquierdas deberían abordar la cuestión de las dos listas. Implica, por lo mismo, restarle dramatismo coyuntural y darle su real alcance de mediano plazo.

Entonces, ¿qué es mejor para la recomposición de la gobernabilidad de la sociedad chilena, la cual, como he argumentado en ocasión anterior, comenzó a deteriorarse en 2014 y no ha logrado recuperarse desde entonces, durante los sucesivos gobiernos de Bachelet II, Piñera II y Boric? ¿Conviene una lista o dos? 

Me parece bastante evidente que, a mediano plazo, lo que se necesita es la conformación de una centro-izquierda socialdemócrata puesta al día; reformista, con un paradigma del cambio-en-orden, abierta a las nuevas condiciones y realidades del capitalismo global, realista en cuanto a las potencialidades democráticas, capaz de reunir los saberes técnicos con la acción colectiva, empeñada continuamente en construir acuerdos y ampliar las bases sociales para una mayor igualdad. 

Ese tipo de bloque político-ideológico-cultural es algo muy distinto al actual bloque frente-amplista-PC que representa el eje del gobierno Boric. Incluso después del 4-S cuando este último bloque, bajo la conducción del Presidente –y con las consabidas oscilaciones, avances y retrocesos– comenzó a mudar (aunque incoherentemente) hacia un perfil más socialdemócrata que de izquierda radical y espíritu octubrista que todavía  predomina en AD.

Desde ese punto de vista, la materialización de las dos listas contribuiría a un decantamiento interno del gobierno, favoreciendo una perspectiva de gobernabilidad en el mediano plazo.

Por el contrario, insistir en una sola lista, como hacen el FA y el PC, significa prolongar la ficción de que continúa vigente la posibilidad de un proyecto de izquierda radical. Es decir, maximalista, refundacional, de ‘quiebre democrático’, de ‘otro modelo’ socioeconómico, anti-sistémico y de intensa confrontación con las demás fuerzas ajenas a ese proyecto. O sea, que mantiene vigente y busca dar continuidad al espíritu del 18-O ahora traducido al idioma menos filudo del convencionalismo democrático.

Es creer que así ese espíritu podría proyectarse hacia el futuro y revivir,  al final de la administración Boric, para volver a la carga y disputar la próxima elección presidencial.  ¿Con quién a la cabeza? Con una figura resueltamente a la izquierda de Boric, más consecuente y menos dubitativa; quizá, el mismo precandidato presidencial del PC de la vuelta anterior. 

Hay que evitar esas ensoñaciones y no recaer otra vez en un cuadro electoral-presidencial como el que polarizó la anterior elección, enfrentando a Boric con Kast, en detrimento de los bloques –a izquierda y derecha– dotados de un mayor potencial de gobernabilidad. 

III

Una manera de empezar a despejar esas ensoñaciones y movernos –como país– hacia alternativas mas razonables de futuro es dar paso a una medición electoral entre Apruebo Dignidad y Socialismo Democrático (más DC y otras agrupaciones de centro), el 7 de mayo próximo.

En vez de debilitar al gobierno de Boric, este saldría fortalecido, si acaso no agrega nuevas desprolijidades. En efecto, ampliaría su base social y también su base de gobernabilidad, facilitando la reestructuración de sus equipos para la segunda mitad de su administración, mediante la inclusión de un personal con mayor experiencia y más sintonizado con el estado de ánimo de la población. 

Adicionalmente, provocaría un efecto interno en AD, al fortalecer la posición de los dirigentes y grupos más centrados y realistas, propensos a alianzas con las fuerzas socialdemócratas. A la vez, aislaría, como ocurrió después del 4-S, a los círculos octubristas más radicalizados de AD, los que no tendrían mas alternativa que replegarse. 

Por su lado, se abriría una etapa de redefiniciones y reacomodos al interior del amplio y variopinto espectro de las fuerzas reformistas de centro e izquierda que, confundidas y desorientadas, abandonaron su liderazgo y hegemonía después de 2010.

Hoy, ya iniciada una lenta, molecular, pero consistente recuperación de la memoria concertacionista, dicha agrupación de fuerzas –y sus herederas en las nuevas generaciones– podrían hacer un balance de su propia historia y dar paso a una renovación de sus ideas y organización.

Sobre todo, una competencia regulada entre las izquierdas serviría para dinamizar el cuadro político y romper con el actual status quo. En el prevalece una suerte de capitis deminutio del Socialismo Democrático, el cual aparece subordinado a la alianza de AD, situación que no refleja el actual potencial de gobernabilidad, claramente favorable al Socialismo Democrático y a las agrupaciones de centro. Es pues un status quo con pies de barro, que no expresa las reales posibilidades del futuro.

Al contrario, polarizar el cuadro reduciendo las opciones a los extremos, podría volverse en contra de la gobernabilidad, tornándola más precaria al dejar libre el espacio para el crecimiento de propuestas populistas, líderes autoritarios y planteamientos de erradicación de la política.

Por cierto, el cuadro es fluido e incierto. Puede imponerse una u otra solución y adoptarse, en consecuencia, la fórmula de lista única o bien de dos listas. Puede prevalecer la visión coyuntural o bien la perspectiva más larga. Hay una lucha por el futuro pero, como ocurre siempre, el pasado hace presente su propio peso. Esta semana se verá de qué lado se inclina la balanza.  

*José Joaquín Brunner es académico UDP y ex ministro.

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