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Publicado el 9 diciembre, 2020

José Joaquín Brunner: Frente Amplio: Un pronóstico reservado

Académico UDP, ex ministro José Joaquín Brunner

El FA muestra  aquí su estilo, nada diferente al de nuestras viejas izquierdas entre cuyos polos socialdemócrata y comunista se siente hoy tironeada de lado y lado. Nada más siglo 20 que esa oscilación, solo que ahora ella no se vive como tragedia sino como tragicomedia.

José Joaquín Brunner Académico UDP, ex ministro
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El debate al interior del Frente Amplio (FA) lleva a preguntarse si efectivamente estamos frente a una nueva izquierda. ¿Existe en el fondo o la forma de la discusión frenteamplista alguna novedad; algo distintivo que indique que estamos ante un nuevo paradigma o, al menos, frente a un intento serio de renovación? ¿Hay nuevos tópicos, lenguajes, perspectivas conceptuales o ideológicas, tipos de organización o liderazgos portadoras de cambio disruptivo por la originalidad de las propuestas? ¿Pueden vislumbrarse allí nuevos estilos, maneras de hacer las cosas, formas de relacionarse entre sí de los partidos y sus líderes, o de relacionarse con el sistema político y la sociedad civil?

Diré, en general, que la respuesta a cada una de estas preguntas es: no. En efecto, no hay allí novedades significativas, ni paradigmas emergentes, ni nuevas expresiones orgánicas, ni estructuras organizacionales diferentes, ni nada que indique o haga presagiar una auténtica transformación de prácticas políticas.

El eje de los conflictos recientes —incluidos la renuncia de diputados a RD, el cercenamiento del ala liberal del FA, las polémicas mediáticas entre líderes, los vituperios transmitidos a través de las redes sociales y hechos similares que vienen repitiéndose desde hace más de un año— gira en torno al  antiguo clivaje de las izquierdas entre reformistas y revolucionarios que, a lo largo de la historia y según las situaciones se ha manifiestado por el contraste entre mencheviques y bolcheviques, socialdemócratas y comunistas, institucionalistas y rupturistas, transaccionales y dogmáticos, realistas y utopistas, moderados y radicales.

Solo que al interior del FA esta tensión no es tanto una escisión ideológica, un choque de visiones relativamente articuladas y propuestas distintas sino, ante todo, una diferencia táctica, de afinidades entre partidos, de temperamentos personales, de posicionamientos en el campo político y mediático, de consideraciones respecto de ventajas o desventajas. Incluso, está más presente el pasado (los ‘treinta años’) que el futuro. De hecho, el siglo 21 no se cuela por ningún lado. Hasta la retórica es cansada, plúmbea, reiterativa, déjà vu. Uno percibe ahí, en los debates frenteamplistas, la misma despreocupación intelectual que en la izquierda tradicional ante la crisis de la democracia liberal-representativa, la disputa global por un nuevo orden internacional del poder y los mercados, la transformación del trabajo por el avance creativo-destructivo de la revolución industrial contemporánea, y el aparente agotamiento de los valores occidentales y del proyecto de la modernidad.

Por el contrario, aquellos debates son a ras de la tierra, pero no en el sentido el realismo político o la inteligencia práctica, sino de lo plano y las minucias, de las motivaciones y la expresión de deseos, de lo parroquial y leve.

Por ninguna parte, salvo a ratos en la retórica y los discursos pronunciados ante las cámaras, hay siquiera una pizca del dramatismo que acompañó al clásico debate de las izquierdas, que lo hacían pensar a uno en encrucijadas existenciales—del mundo, el país, el partido y el propio futuro de uno—mientras que ahora uno se ve expuesto, en el mejor de los casos, ante asuntos ‘de islas’ como don Quijote acusa a Sancho de estar por la mezquindad y el pragmatismo de aspiraciones.

La propia retórica política del Frente es bastante floja; se mueve entre la identificación sentimental con la pobreza y vagos enunciados respecto de una sociedad buena. Aquella sería el resultado de la destrucción comunitaria de la sociedad por obra de políticas neoliberales; esta otra, la ‘buena sociedad’, se asocia con los consabidos calificativos de solidaria, no-egoísta, fraternal, amigable con la naturaleza, no-extractiva, de hegemonía pública, no-de-mercado, de opciones diversas, sin abusos, colaborativa y de socorros mutuos.

Al medio de ambos polos se sitúa la práctica política del FA, cuyo ‘drama’ no va más allá de la acuciante pregunta: ¿con quienes pactar?, ¿con el PC y su coalición reunida en Chile Digno, Verde y Soberano, integrada por la Federación Regionalista Verde Social (FRVS), los movimientos político-sociales Acción Humanista (AH), Izquierda Libertaria (IL), Movimiento Socialista Allendista (MSA), Movimiento Victoria Popular (MVP), Izquierda Cristiana (IC), Somos y Renace? ¿O bien con Unidad Constituyente, plataforma electoral levantada en septiembre pasado por la ex Nueva Mayoría (PPD, PS, PR  y PDC), más Progresistas (PRO) liderados por MEO y Ciudadanos, grupo reclutado entre quienes, en su día, apoyaron a Andrés Velasco?

En el simplificado lenguaje del esquematismo político, el PC y el variopinto círculo que lo acompaña representarían, ¡oh paradoja!, el polo revolucionario, bolchevique, rupturista, dogmático, utopista, de donde debería surgir una nueva alternativa radical de izquierda. Al otro lado, la ex Nueva Mayoría y su cortejo simbolizan el polo reformista, menchevique, socialdemócrata, institucionalista, realista donde subsistiría una centro izquierda moderada. Y el FA, la más reciente promesa de la política chilena estaría llamada ahora, tras apenas cuatro años de existencia, a optar entre uno de esos polos del campo político de las izquierdas.

II

Resulta paradojal, en cualquier caso, que el PC represente el polo supestamente innovador y discontinuo de la narrativa de izquierdas, cuando en realidad expresa el fracaso de esa utopía que, convertida en el ‘socialismo real’ de la URSS, proyecta hasta hoy una larga y pesada sombra sobre el imaginario de las revoluciones. Pasó a la historia como el emblema de un sistema dictatorialmente centralizado, híper burocratizado, de control total(itario) articulado por una elite que concentra los privilegios, la fuerza, el mando de la economía y la administración cultural e ideológica de la sociedad.

El PC chileno no ha comenzado aún siquiera a dar cuenta de su identificación ideológica con ese sistema ni ha propuesto públicamente un discurso reflexivo que explique cómo, cuándo, dónde y de qué manera habría roto con esa tradición y renovado su ideología y concepción de la política en términos del debate contemporáneo. ¿Cual es su idea de democracia, de pluralismo, de economía capitalista (modelo artesanal cubano, capitalismo de partido único chino o vietnamita, capitalismo socialista  siglo 21tipo Chávez/Maduro, o tipo ‘piñata’ nicaragüense, o alguna versión de capitalismo  socialdemócrata de mercados coordinados) y del orden global post-neoliberal? ¿En qué se basa su defensa del régimen político chavista, su silencio frente a la dictadura caudillista de Ortega, su mirada benevolente hacia Cora del Norte, su admiración al PC cubano y a los más diversos autoritarismos que se declaran populares?

La trayectoria del PC en Chile, con la cual ahora quisiera identificarse una parte del FA, ha sido errática. De partido moderado y de orden durante el gobierno de la UP —partidario de una transición pactada hacia una forma ilusoria de socialismo—luego del golpe militar se  convierte progresivamente en un colectivo insurreccional. En vez de hacerse parte de la salida pacífica que acabó con el régimen de Pinochet, se declara en rebeldía y se aísla por años, sin saber que hacer. Mira desde lejos las transformaciones que experimenta la sociedad chilena y la transición de la ex URSS y su órbita de países en Europa Central y del Este, mudo frente a la complejidades que adquiría el capitalismo global.

Recién en 2014 abraza el programa reformista socialdemócrata del gobierno  de la Nueva Mayoría, al cual se une sin embargo a traspiés o, más precisamente,  ‘con un pie en la calle y otro en el gobierno’, donde “fue absorbido por la fuerza de gravedad cotidiana que genera el ejercicio del pode”, según señala un reciente análisis académico.

Sorprendido por el estallido de violencia y la protesta de octubre de 2019,  vuelve a sumirse en la ambigüedad. No repudia la violencia ni es acogido por la protesta. Y en el momento de máxima tensión vuelve a restarse y no concurre a suscribir  el pacto del 15-N ni se suma al camino institucional hacia una nueva Constitución. Al contrario, lo desecha inicialmente como una maniobra de falso consenso.

Transcurridos unos meses durante los cuales levanta sin éxito la consigna de la renuncia de Piñera debe plegarse a las demás fuerzas políticas y acepta el camino constituyente, al cual sin embargo se suma de una manera puramente táctica. En efecto, según señala su reciente Informe Político al XXVI Congreso Nacional del Partido Comunista de Chile: “Los sectores neoliberales que administraron y profundizaron este sistema buscan que la nueva constitución sea la expresión de un nuevo ‘acuerdo nacional’, privilegiando los entendimientos con la derecha, para mantener el capitalismo salvaje y sus correlatos con el poder transnacional. Por eso rechazan los cambios que hemos propuesto, y que van en la dirección de hacer plenamente soberano el proceso constitucional y la convención”.

En este mismo lenguaje, de suyo anacrónico, declara enseguida que “la táctica de los defensores de la Constitución del 80, será atrincherarse en el tercio que graciosamente se les concedió. Ese es el mismo mecanismo de veto existente en la constitución de la dictadura. De allí la necesidad de rodear con la movilización de masas el desarrollo de la Convención Constitucional, impidiendo que las cocinas y el tecnicismo legal oscurezcan el sentido final de dicho organismo”. Esta es la tésis  del desborde del camino institucional constituyente para retomar, una vez más, las consignas de la ruptura democrática, la rebelión popular, todas las formas de lucha y el asalto del poder su vanguardia.

III

En breve, esa zigzagueante historia aparece ahora como un faro de atracción para un sector del FA que aspira a renovar la política poniendo el nuevo vino en odres viejos, incluso al precio de su propio desmembramiento, como ya ha empezado a ocurrir.

Según acaba de declarar el diputado Boric, “El proyecto del FA sigue siendo necesario. Hay gente que le tiene temor a una alianza con el PC, yo no. El PC ha demostrado a lo largo de su historia que es tremendamente democrático y que es posible construir posturas conjuntas, sin subordinarnos unos a otros”. De una exquisita ingenuidad estratégica en lo relativo a la subordinación, esta declaración pone de manifiesto que la vieja política mantiene su capacidad de atraer a la nueva generación.

Por su lado, Jorge Ramírez, presidente de Comunes, otro de los componentes del polo  radical del FA, declara que “para nosotros siempre estuvo en disputa la tesis política que se iba a imponer en el FA. Lo que nos convoca no es quién se queda con la hegemonía de un sector, sino la tesis política que se va a respaldar y seguir. Estamos convencidos de que el FA debe recuperar su sentido de origen, establecer una frontera muy clara entre aquellos que quieren sostener la política de los últimos 30 años y aquellos que se sintieron excluidos en esos 30 años de poder definir democráticamente las acciones políticas y, por lo tanto, se rebelaron el 18 de octubre. Esa diferencia entre ellos, los de arriba y los de abajo, entre la casta y el pueblo, está muy marcada”, remata Ramírez. De este modo descarta cualquier acercamiento o alianza con Unidad Constituyente (ex Nueva Mayoría), agrupación a la que descalifica de una plumada como parte de los ‘de arriba’ que habrían administrado los 30 años que espera poder sepultar.

Desde el lado opuesto del FA, el recién renunciado diputado Vidal constata con pesar que su propio partido—RD, hasta ayer eje convocante del FA—“ha preferido un camino donde se consolida un polo de izquierda clásico, en un camino donde creo que se privilegia una identidad de impugnación y testimonio, bailando con los compases de una música ajena a las que nos inspiró en el comienzo”. Y agrega con indisimulada nostalgia: “Hoy, pareciera ser que Revolución Democrática renunció a la osadía y convicción de liderar. Quisiera creer que las cosas pueden ser diferentes. Me gustaría que RD estuviera decidido a encabezar un proceso transformador de centroizquierda, junto a visiones socialdemócratas, socialistas, progresistas, liberales, verdes y feministas, pero son variadas y consistentes las señales de que RD ha preferido [el otro camino]”.

Una perspectiva similar expresa el diputado Alejando Bernales del Partido Liberal al momento de abandonar el FA. En vez de dirigirse a ese amplio arco de fuerzas y sensibilidades, dice, dentro del FA “muchas veces lo que pasa es justamente lo contrario; más bien le habla a un sector de nicho, de una izquierda dura”. Aclara, además, que “no salimos del Frente Amplio para llegar a Unidad Constituyente: lo que estamos haciendo hoy día es levantar y fortalecer al Partido Liberal”.

En fin, la diputada Catalina Pérez, presidenta de RD, el partido más afectado por los sismos internos del FA, resume bien la situación: “aquí—ha dicho en días recientes a la prensa—hay tres tesis en tensión sobre cómo enfrentar el momento político: una, que tiene que ver con reeditar las fórmulas de gobernanza de los últimos 30 años; otra que es de acumulación de malestar, sin incidencia; y otra, que es nuestra, que es la construcción de mayorías para generar las transformaciones y conseguir los 2/3 de la convención constitucional”.

En este cuadro de un FA tironeado entre dos alianzas, a propósito de islas y no de encrucijadas, ¿qué se juega? “Es evidente, tras los resultados del domingo pasado [elecciones primarias], que la hegemonía dentro del FA está en disputa”, responde a La Tercera Alondra Arellano, presidenta de Convergencia Social, otro de los grupos que dentro del FA mira hacia el PC.

IV

Y estas disputas no son pacíficas ni manifiestan algo semejante a un nuevo estilo (¿fraternal?) de convivencia política en la diferencia. Un nuevo líder emergente, representativo del mundo social pero que acaba de obtener la mayoría de votos dentro de la primaria del FA para la gobernación de Valparaíso, se desmarca de inmediato respecto a los ‘de arriba’ de ese conglomerado: “No somos parte del consenso elitario del FA” declara. “De hecho, somos una candidatura que ha molestado, ha provocado tensión y tácticas bastante impropias de algunos conspicuos del FA, que han intentando mañosamente bajar nuestra candidatura”, apuntando según la prensa a una supuesta intención supresora de los diputados de Convergencia Social Gabriel Boric, Diego Ibáñez y Gonzalo Winter.

Más directa aún es la líder emergente del FA, quien en su cuenta Twitter señala: “La debacle del Frente Amplio tiene solo razones de electividad individual. No se transformaron en FA 2.0, son repudiados por la calle en todo Chile, no tienen candidata presidencial, marcaron poco en primarias, saben que así no serán reelectos. Así que soldado que arranca…”; tal es el constructivo mensaje de la diputada Pamela Jiles.

Al menos en un sentido electoral, la debacle es evidente: en las primarias del FA—que definían los candidatos del bloque para las elecciones de cuatro gobernadores y algunos alcaldes—votaron a nivel nacional 67.990 personas. RD, el partido (hasta ayer) eje del Frente obtuvo obtuvo 12.116 sufragios (un 17%), por debajo de Comunes, el Partido Liberal y los independientes dentro del pacto. Una parte de estos votos militantes es probable que haya migrado fuera del FA siguiendo a los dirigentes liberales.

En suma, el FA muestra  aquí su estilo, nada diferente al de nuestras viejas izquierdas entre cuyos polos socialdemócrata y comunista se siente hoy tironeada de lado y lado.  Nada más siglo 20 que esa oscilación, solo que ahora ella no se vive como tragedia sino como tragicomedia. Hemos pasado, si se tolera una metáfora de mal gusto, de Lenin enfrentando a los mencheviques a Jiles acusando a sus ex camaradas  de oportunismo y cobardía.

Los polos ya nos son reforma o revolución sino Unidad Constituyente y Chile Digno, Verde y Soberano. A un lado aquellos (ex Nueva Mayoría) que luego de gobernar la transición y modernización de un Estado social en ciernes se desfondaron junto con los 30 años que ellos mismos entregaron en bandeja de plata al FA y, al otro lado, el PC, que actúa ahora como catalizador de la renovación y la novedad política.

Su lenguaje, sin embargo, es el mismo de ayer, solo que la retórica se ha vuelto todavía  más ritual y mayor parece la confusión ideológica de fondo. Según testimonia ampliamente el Informe Político citado más arriba, el discurso comunista sigue siendo el de antaño—lleno de fórmulas y altamente codificado—solo que ahora con leves retoques en las consignas transmitidas. Tómese nota, por ejemplo, de este párrafo: “Como fuerza política revolucionaria, en varios Congresos Nacionales pasados, llegamos a la conclusión de que Chile necesita una auténtica Revolución Democrática y una Ruptura Democrática con el sistema que se instaló en el marco de la transición y de la ‘política de los consensos’, como eje de gobernabilidad para sostener y administrar el neoliberalismo”.  Y más adelante: “La lucha social sostenida, la manifestación cultural contraria a los parámetros neoliberales y la desobediencia expresada en la protesta social ha dado frutos importantes y ha generado condiciones para una ruptura democrática y constitucional que imprime a la disputa política un carácter emancipador por parte del pueblo chileno”.

V

A unirse a esta desgastada visión retórica parece inclinarse el FA. Y será recibido con brazos abiertos según anuncia desde ya el Informe del PC: “impulsaremos la unidad de quienes están por superar el neoliberalismo, sin medias tintas; estaremos en una lista común con esos sectores; buscaremos postulaciones que provengan de las trincheras obreras y de diversas causas sociales; postularemos también a personas que no tengan militancia en partidos, y que expongan luchas y causas anti neoliberales”.

En eso consiste precisamente el Chile Digno, Verde y Soberano que el FA está invitado a integrar o a escoger como su aliado en este momento crucial de nuestra historia; retórica sin fondo. No hay visión ni proyecto. Incluso uno de los ideólogos del FA, el sociólogo Carlos Ruiz, expresaba  hace poco tiempo su preocupación por la deriva del FA. Decía: “Puedo coincidir—lo he hecho en múltiples críticas privadas e incluso públicas—en que el Frente Amplio rehúye reiteradamente definiciones mayores. Que ni el refugio en el discurso de la empatía ni las medidas simbólicas, sustituyen el silencio sobre el dilema del modelo de desarrollo. Agrego que eso se extiende a la vieja izquierda donde la solución para todo no puede ser el Estado, ante un individuo que reclama derechos sociales universales a la vez que mayor autonomía individual” (The Clinic, 21 agosto 2020). Y semanas después volvía a insistir, realzando el mito del origen del FA y su promesa: “el Frente Amplio aparece como una fuerza para oxigenar este proceso político tan opaco, tan cerrado, pero yo creo que tiene el taxímetro corriendo…tiene una deuda, una promesa incumplida, y no creo que haya otra fuerza que tenga esa oportunidad que ha tenido el FA” (CNN, 18 noviembre 2020).

Es cierto, el FA representó en su momento una posibilidad de cambio de las izquierdas, tal como antes lo fue el movimiento de la renovación socialista. En vez de eso aparece como una promesa incumplida, desgarrado entre dos alianzas. Lo más probable es que se incline hacia el lado tradicional y conservador de las izquierdas, el PC, enterrando con ello la oportunidad de sembrar algo nuevo en el terreno políticocultural. La posibilidad de una segunda renovación se habrá esfumado, quizá hasta hasta la próxima generación.

La generación del FA, en efecto, no parece tener la estatura requerida. Se lo ha pasado entre proclamas discursivas, sentimentales y retóricas, con poca capacidad de incidir en los procesos reales de la sociedad. Ha confundido juventud con novedad y rebeldía juvenil con nueva cultura.  Ahora cosecha los frutos: un débil implante social, escasa organización territorial, abundancia de caudillos, liderazgos contra-culturales, facciones en pugna, viejas prácticas parlamentarias, más voz que lealtad.

En breve: un pronóstico reservado.

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