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Publicado el 25 de junio, 2020

Jacqueline Deutsch: ¿Por qué somos tan porfiados?

Urge un cambio en el estilo de entregar la información a la población. Un mensaje que se transmita en positivo, que entregue esperanza, que apele a las emociones y no a la racionalidad. El problema comunicacional surge cuando queremos hablarle a un individuo (o a un grupo) regido por los impulsos y la satisfacción inmediata y que no es capaz de evaluar consecuencias, que es como se encontraba Chile al aparecer la pandemia.

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Una pregunta que circula en distintos ambientes es por qué aún hay personas que no dimensionan la magnitud de la situación en la que nos encontramos y no siguen las instrucciones emanadas desde las autoridades de salud, como el uso de mascarillas, el respeto a la cuarentena, el abuso en pedir permisos individuales, etc. Todo lo que hemos observado que ocurre a pesar de los abultados números de contagios y de fallecimientos y, sin embargo, no se evidencia una completa adherencia a las recomendaciones, que a esta altura ya son imposiciones, dadas por el gobierno.

Una respuesta plausible la podemos encontrar en la psicología social y la neuropsicología. Ambas nos dan luces para poder comprender y transitar el obscuro túnel del Covid en el cual nos encontramos en este período.

La psicología social nos habla acerca de los procesos sociales que modelan la personalidad y las características de los individuos. Observa cómo funciona una sociedad e identifica las interacciones sociales que en ella ocurren. Resulta que nuestra sociedad estaba inmersa en lo que todos conocemos como “estallido social”, un grupo convulsionado de personas que inicia con violencia un movimiento al cual se le suman reclamos legítimos de una sociedad desigual, pero que terminan destruyendo y desgastando la vida diaria de cientos de personas en todo el país, y en especial en nuestra capital. Estábamos temerosos por el inicio de marzo, por lo que podría venir, y nos ataca la pandemia. Por lo tanto, nuestros sistemas de alerta, nuestras alarmas biológicas estaban encendidas antes de que llegara el coronavirus a nuestro país.

Estábamos funcionando, en términos psicobiológicos, con nuestro cerebro en alerta, preparados para huir o atacar de ser necesario. Esto significa que nuestra capacidad de autocontrol se encuentra supeditada a las emociones, que estamos funcionando en un sistema instintivo y emocional, y no un sistema reflexivo donde se ejerce el autocontrol. La negación del peligro, aunque éste sea evidente, el estrés, la competitividad y el resentimiento son parte de los ingredientes que alimentan un sistema regido por las emociones, el cual busca defenderse y provocar y se abastece rápidamente cuando esta conducta ocurre en grupo (dentro de un sistema social).

El problema comunicacional surge cuando queremos hablarle a un individuo (o a un grupo) regido por los impulsos y la satisfacción inmediata y que no es capaz de evaluar consecuencias.  La comunicación a través de números y estadísticas no tienen eco, no hay un receptor que las escuche porque están en un idioma que no entiende en esos momentos. Es un discurso que a ratos confunde, es lejano y con casi la total ausencia de emocionalidad y empatía. No hay ningún solo nombre, hay fallecidos y solo números. Esta es la frecuencia equivocada para que el mensaje cumpla su objetivo.

Es un lenguaje para individuos (o cerebros) que están dentro del sistema reflexivo el que utilizan las autoridades. Un individuo (o grupo) que es capaz de evaluar, de medir y sopesar las consecuencias de sus actos. A ese sujeto le habla el ministro Paris y sus invitados cuando toma la palabra. Lo mismo ocurría con el exministro Mañalich. No tiene que ver tanto con la gestión en salud o la política el éxito de las medidas de prevención, sino con la comunicación. ¿Cómo logro llegar a las personas para que cumplan con las normas de manera que la tasa de contagios y fallecimientos disminuya? ¿Cómo logro mis objetivos, como autoridad, para que este país pueda ir retomando cierta normalidad?

Urge un cambio en el estilo de entregar la información. Un mensaje que se transmita en positivo, que entregue esperanza, que apele a las emociones y no a la racionalidad. El costo de esta equivocación está siendo demasiado alto como para darnos el lujo de ver como se sigue cometiendo el mismo error, pero con otro ministro al mando.

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