Pocas posibilidades de éxito se le ven a la Cumbre de las Américas planificada para inicios de junio en Los Angeles, California. Unos quieren que asistan todos, sin vetos ni excepciones. Otros, exigen que los mandatarios más “impresentables” no concurran. Los posibles boicots están a la orden del día y una cita que parecía destinada a recobrar el liderazgo estadounidense en la región, corre serio riesgo de transformarse en una debacle de proporciones. La afectada principal será, sin lugar a dudas, la administración Biden. Su secretario de Estado, Anthony Blinken cargaría con una humillación nunca antes vista. Países latinoamericanos dándole un plantón histórico a EE.UU. 

Lo más complicado parece ser tanto la advertencia de Andrés Manuel López Obrador de no asistir si se excluye a Cuba, Nicaragua y Venezuela, como la de Jair Bolsonaro en el sentido exactamente contrario. No viajará a Los Angeles, si sus contertulios son los “impresentables” Díaz-Canel, Ortega y Maduro. Argentina ha ido aún más lejos. Pidió evitar exclusiones no sólo en esta cumbre, sino también en la del G-20, y llamó a Washington a no dejar fuera a Rusia. Es evidente que estamos en presencia de las inevitables filias y fobias tan inherentes a los asuntos internacionales, agudizadas ahora por el fragmentado panorama latinoamericano.

Un nuevo ciclo

Stephen Waltz, el clásico y reconocido exponente del realismo en los temas internacionales, diría que se trata de un tira y afloja de interés, donde se refleja algo que a estas alturas parece obvio, todo el sistema interestatal latinoamericano está siendo cuestionado y los centros de poder tienden a difuminarse. No se necesita ser demasiado pesimista para advertir que las discrepancias entre Brasil, México y Argentina van in crescendo

Tan fuerte es la fragmentación regional que no resulta aventurado, a pocas semanas de tan magno evento, que este tug-of-war provoque el fracaso total de la reunión continental o bien que, imposibilitado de reunir un cierto consenso, EEUU opte por postergarla. Y, dado el panorama descrito, sería hasta las calendas griegas. 

Mirado en frío, este quiebre muestra la fuerte erosión observable en las espesas capas rocosas de las relaciones interamericanas. Tras casi doscientos años de frecuentes incomodidades entre EEUU y los países latinoamericanos, así como al interior de la propia región, hay un movimiento tectónico hacia un ciclo enteramente nuevo. 

Se trata de una etapa histórica distinta, quizás más telúrica que nunca y, por lo mismo, posible generadora de más y nuevos quiebres. No es sólo por el efecto de de las fracturas indicadas, sino también por la creciente presencia de actores extra-hemisféricos. Se ha generado así un cuadro impensado antes de la pandemia, cuando tuvo lugar la última cumbre de las Américas.

Se trata de un ciclo más laberíntico y diverso que antes, en cuya orientación serán indispensables datos procesados e información de naturaleza anticipatoria, capaz de descifrar los códigos florentinos implícitos en las conductas, los apoyos, los silencios y las omisiones. Todo deberá ser rastreado y monitoreado con lógica provista básicamente por dispositivos de Inteligencia externa.

Fuentes de fractura

Perfiles de este nuevo ciclo se observan justamente en las conductas mexicana, brasileña y argentina que tienen en ascuas la cumbre de Los Angeles. Y que reflejan, además la hegemonía atenuada de Washington a lo largo y ancho de este hemisferio. Es altamente probable que estos países, grandes en el contexto latinoamericano e irradiadores de poder a escala regional, crezcan en influencia si fracasa la Cumbre. El cuadro generado demandará esa información procesada.

Por de pronto, y de manera sucinta, se puede afirmar que tal cuadro post-cumbre estará marcado por fracturas provenientes de tres fuentes. Por un lado, por la irregularidad y falta de intensidad en las preocupaciones de Washington por el destino estratégico de esta región; tendencia archi-observada en los últimos años. Por otro lado, por la nueva energía que emana de varios países latinoamericanos, especialmente los tres mencionados. Finalmente, por el tipo de liderazgo más bien crepuscular de la administración Biden y cuya consecuencia principal es el reverdecimiento de las históricas disputas entre el Departamento de Estado y el Consejo de Seguridad Nacional. 

Con Biden se observa un choque de opiniones entre los segundos a bordo de cada uno de esos órganos, Juan González y Brian Nichols respectivamente. El primero es un colombiano nacionalizado, asesor personal de Biden desde hace muchos años y promotor, entre otros, del entendimiento pragmático con el régimen venezolano. En tanto Nichols es funcionario de carrera y desea excluir a Venezuela de la cita en Los Angeles, así como evitar el reestablecimiento de vínculos con Maduro, propiciado por Biden, a raíz de la dependencia del petróleo ruso. Las exigencias de Maduro provocan escozor en el Departamento de Estado. El mandatario venezolano pide considerarlo presidente legítimo de su país. Una exigencia más o menos obvia yq que demanda muchas acrobacias. Dicho sea de paso, la cumbre la organiza el Departamento de Estado y no el Consejo.

Por otra parte, está el tema de Brasil. A Bolsonaro le calza perfecto la excusa de no querer toparse con el trío de “impresentables”, pues en el fondo su afinidad con Biden es cercana a cero. Algún suspicaz podría sospechar un distanciamiento producto de mesianismos religiosos. Uno evangélico y el otro católico. O bien político. O que Bolsonaro estaría a la derecha de Biden en lenguaje politológico tradicional. Pero no. Es una cuestión de prioridades políticas y antipatías. Bolsonaro y Trump dejaron casi armado un tratado de libre comercio, el cual para Biden no es prioritario. La postergación del acuerdo podría interpretarse como una respuesta algo aviesa al hecho que el mandatario brasileño fue el último en reconocer su triunfo electoral. 

Por su parte, esa máquina de poder populista en México, llamado AMLO, tampoco se lleva muy bien con el demócrata Biden, a diferencia de las simpatías mutuas desarrolladas con Trump. Es tal su distanciamiento que rompió la regla de oro de su mandato, en orden a no salir del país (salvo a visitar a Trump) y dejar los asuntos externos en manos de su delfín, el canciller Marcelo Ebrard. AMLO se subió a un avión y partió de gira a Nicaragua y Cuba, enviando un mensaje inequívoco: si no se invita a todos a Los Angeles, él no asiste.

Por último, debe añadirse otro asunto relevante, la presencia activa de actores extra-hemisféricos, como China continental, Rusia, Irán y la India. Por eso, más allá de las “brisas bolivarianas”, el malestar de Washington pasa por la refacción y reparación de las refinerías venezolanas a manos de empresas estatales iraníes, por las palabras de Alberto Fernández a Putin con el micrófono abierto, y por la intensidad de la penetración china en la región. 

Sintetizando, la gloriosa época de cumbres ancladas en despliegues formales y alineamiento hemisférico llega a su fin. La cumbre de Los Angeles, si llega a realizarse, dejará gusto a poco y negarlo sería miope. La nostalgia unanimista parece estar en retirada.

* Iván Witker es académico de la Universidad Central e investigador ANEPE.

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