En los albores de la humanidad el lenguaje era descriptivo. Intentaba solo describir la realidad usando conceptos que eran comunes a todos los hombres -me refiero a la especie, para que no me acusen de machista- y que hablaban de las cosas que eran verdaderas o no lo eran, es decir, un lenguaje de afirmaciones. A medida que el hombre evolucionó, también lo hizo el lenguaje y este se enriqueció, convirtiéndose en un lenguaje de opiniones y de juicios abstractos. Así, el lenguaje empezó a crear realidades y  pasó a ser un lenguaje de interpretaciones. La complejidad aumentó dramáticamente, porque esas interpretaciones no son únicas e idénticas entre el que habla y el que escucha. Y son precisamente esas diferentes interpretaciones las que han generado y siguen generando los más grandes conflictos políticos y sociales. Es curioso que no nos demos cuenta de lo inmenso que se ha hecho en Chile el abismo entre esas interpretaciones.

Si la ciudadanía habló en los días posteriores al 18 de octubre de 2019 -y digo posteriores porque al amparo de la violencia terrorista no es jamás posible hablar-, entonces lo que dijo no fue lo que escucharon e interpretaron los políticos aludidos en las demandas ciudadanas. Para comenzar, nunca se demandó la creación de una nueva constitución, porque nunca estuvo esa interpretación en el pueblo. Fue un invento, una abstracción de la clase política abrumada por su inoperancia, su debilidad y su sordera. No debiera extrañarnos que esa sordera ahora se enseñoree en la convención constitucional creando los más absurdos y aberrantes artículos que conformarán el texto constitucional a proponer, cuya interpretación generará mayores conflictos y diferencias. La izquierda extrema, que maneja sin contrapeso los temas y el articulado de la propuesta, sabe que debe ahora comenzar una etapa de propaganda para que el pueblo interprete que esta nueva constitución es la respuesta a sus demandas, cosa que por supuesto no es. Solo así podría ser aprobada.

El mismo abismo de interpretaciones separa a las nuevas autoridades de gobierno -que asumen precisamente el día en que se publica esta columna- y la CAM. La ministra Siches habla de dialogar con aquellos que tienen aterrorizados a los chilenos que viven en la Macrozona Sur y no parece darse cuenta que lo que ella interpreta es una realidad distinta a la que la CAM ha creado. Nunca ha habido ni habrá, en este conflicto, una misma realidad.  

Duramente comprobará también la ministra Siches, que tampoco podrá hablar con los heroicos representantes de la primera línea, los estudiantes secundarios en rebeldía, revolucionarios y combativos, ni con los “kabros” que destruyeron todo a su paso cuando se adueñaron de las “kalles” y fueron homenajeados en el mismo recinto donde ahora se escribe la propuesta de nueva constitución. No habrá tampoco con ellos conversaciones que ambos lados interpreten de igual manera. 

Igual cosa sucederá con el tema de los migrantes, porque el propio Gabriel Boric habló de darles casa, derechos sociales y trabajo a todos los que llegaran por vía legal o clandestina, y la interpretación de sus palabras no dejó lugar a dudas, por mucho que se retractara después. Toda la campaña del flamante Presidente se basó en hacer que sus palabras se interpretaran de tal modo que se tradujeran en votos y en su triunfo. Ahora, toca a él y su equipo desfacer entuertos, lo que no les será nada de fácil, porque un quiebre de promesas se traduce en una rápida reacción en las calles, las mismas calles que los cobijaron cuando hicieron lo indecible por hacer caer al Presidente democráticamente electo, pero que no era intérprete de sus sensibilidades y propósitos. 

No debería extrañarnos si somos pronto testigos de la más breve luna de miel de un presidente y sus gobernados en lo que va de la historia de la República de Chile. Sobre todo, cuando el Primer Mandatario y la criatura en gestación que es la nueva constitución tienen sus destinos irremediablemente enlazados. 

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