Es mayo de 2020 y decenas de recién nacidos por gestación subrogada se encuentran varados en una habitación de hotel en Ucrania tras el cierre de fronteras por la pandemia. Cuando se difunde la imagen, la conmoción es generalizada. Otro tanto ocurre en marzo de 2023, cuando una actriz española de sesenta y ocho años anuncia que es madre de una niña gestada mediante la misma técnica. El caso despertó críticas entre personas de distintas sensibilidades, incluidas feministas como nuestra ministra de la Mujer.
Fue un buen comienzo para un tema que recién despunta en Chile. Sin embargo, hace pocos días Antonia Orellana relativizó sus dichos e indicó que lo que antes había calificado de “compra de guaguas” y violencia contra la mujer gestante (“no préstamos el cuerpo”), no era objetable si no mediaba un pago. El giro no es pequeño.
Los problemas de la mercantilización del cuerpo femenino son, en efecto, relativamente fáciles de percibir. El negocio de los también llamados “vientres de alquiler” ha permitido que muchas parejas del primer mundo satisfagan sus deseos de paternidad o maternidad utilizando a mujeres pobres de otros países, mediante millonarios contratos con empresas intermediarias. La parte menos glamorosa es la situación de esas mujeres que se arriendan para gestar a los hijos de otros y el hecho de que el objeto transado sea otro ser humano. Se ha hablado de nuevas formas de explotación, incluso de una nueva esclavitud. No faltan quienes, desde la vereda libertaria, abogan por la autonomía de esas mujeres de pactar lo que quieran con quien quieran (sin preguntarse cuán afectado puede estar ese consentimiento), pero tampoco es extraño que voces de mundos conservadores, feministas o neomarxistas levanten la alarma al ver a mujeres y niños tratados como commodities.
Ahora bien, al separar la subrogación de la retribución económica, muchos tienden a desdramatizar lo que hasta aquí parecía alienante, como hace ahora la ministra. ¿Por qué sería problemático el préstamo del propio cuerpo para llevar adelante un embarazo sin fines comerciales? Esta lógica tiene algo de intuitivo para nuestra mente moderna: la noción de autonomía que opera nuevamente y la dimensión «altruista» de este caso tienden a atenuar el carácter instrumental tan evidente en el alquiler de vientres. Pero las cosas quizás son menos simples.
En primer lugar, no es tan sencillo aislar la dimensión comercial. Se puede prohibir el mercado de la subrogación y aceptar sólo su versión altruista, pero nada asegura que no surjan modos informales de compensación, como ocurre en el ámbito de la «donación» de gametos. En otras palabras, cuando un campo de la vida social está permeado por la lógica instrumental, difícilmente puede frenarse su colonización por parte del mercado.
Junto a lo anterior, la perspectiva ecológica puede ayudar a calibrar otros aspectos del problema. La sensibilidad ambiental, que responde frente al poder arbitrario de la técnica sobre la naturaleza, ¿no nos dice nada en este caso? En la subrogación hay cuestiones relevantes que quedan en la penumbra: la separación artificial y provocada de la madre gestante respecto del hijo; la desnaturalización del embarazo, reducido a pura biología y desconectado del significado de ese proceso; la vulneración del derecho del niño a conocer su origen; el trato del cuerpo femenino como algo distinto de la mujer misma, del que se puede simplemente disponer… Pero, ¿es todo esto realmente inocuo? ¿No podría haber ahí una forma de violencia, incluso autorreferida, un daño que no se sana con la mera voluntad altruista? ¿Cómo no detectar aquí una continuidad con la lógica de manipulación y dominio que ha conducido a la crisis ambiental?
Vista en clave ecológica, la gestación subrogada parece volverse más compleja, menos obvia que bajo la lógica de la pura autonomía. Y es que la conciencia ecológica se relaciona precisamente con la capacidad de establecer límites a las posibilidades técnicas para resguardar algo previo, cuyo valor no es el de un mero instrumento.
Al igual que frente al desafío ambiental, en el caso de la gestación no es posible garantizar el respeto y el cuidado de todos los involucrados y, simultáneamente, pretender formas ilimitadas de autonomía. También aquí se requiere una mirada ecológica que haga frente al poder arbitrario de lo técnicamente posible. Sin esa mirada será imposible escapar, en este y otros ámbitos, de la lógica de la manipulación.
