Ya estamos en los últimos metros planos del proceso constituyente: con un texto prácticamente terminado y ad portas del proceso de armonización, estamos en el momento preciso para, si aún no lo hemos hecho, deliberar cuál será nuestra decisión el 4 de septiembre. 

En esta columna no quiero convencerlos de una u otra postura, sino invitarlos a decidir en conciencia. Ese fue el lema que USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos, escogió hace algunos años para definir su trabajo, y creo que aplica perfectamente al desafío que se viene por delante. 

En USEC, será ese decidir en conciencia el que marcará nuestras actividades del año, donde invitaremos a nuestros socios a informarse, discernir, tomar una opinión personal, compartirla entre sus cercanos y votar en conciencia.

La conciencia no es una “vocecita” o una intuición, sino un juicio moral personal con el que discernimos lo correcto y lo incorrecto, lo bueno y lo malo, en nuestra propia situación, inspirados en valores, nuestra formación ética o religiosa. Todas nuestras decisiones deben ir en conformidad con lo juzgado por la conciencia como bueno o justo.

En la doctrina social de la Iglesia (DSI), que USEC tiene el propósito de estudiar, difundir y aplicar, se encuentra la base para la formación de la conciencia. La DSI no ofrece una respuesta concreta, sino principios y directrices de acción para que cada hombre y mujer, creyente o de buena voluntad, decida en conciencia a la hora de participar en la vida pública. 

Es necesario Ver, Discernir y Actuar en consecuencia. “Ver” lo que ocurre a nuestro alrededor, en nuestra sociedad, tal cual es. En este caso, conocer qué propone la Convención Constitucional. Cada uno debe estudiar, en la medida de sus posibilidades, el texto que se está presentando y conocer las diferentes opiniones técnicas o filosóficas.

A continuación, es necesario “Discernir”. Como San Alberto Hurtado, preguntarse “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”. Él resumía muy bien qué hacer: “Comparar” la visión cristiana “del orden social” –la primacía de la persona, el bien común, la subsidiariedad y la solidaridad– “con la situación contemporánea” o, en nuestro caso, con el texto de nueva Constitución. Es en esta etapa en donde debemos tomar una postura desde nuestro rol en la sociedad y nuestra situación particular.

Para el buen desempeño de la empresa no dan lo mismo las reglas del juego, si incentivan o dificultan el despliegue de la sociedad civil en la promoción del desarrollo integral, particularmente en el trabajo como instancia de florecimiento humano. Siguiendo a Stephan Schmidheny, “no hay empresas exitosas en sociedades fracasadas”, es decir, la empresa y el empresario no son actores aislados: por un lado, requieren de sociedades pacíficas y fraternas para desarrollarse y, por otro, de ellos depende la elevación material, cultural y espiritual de la sociedad.

Se pasa entonces al “Actuar”: cada uno de nosotros, formándose una opinión personal en conciencia, debe compartirla con sus más cercanos en el mundo del trabajo, en especial de la propia empresa, motivando a que cada uno vea, discierna y actúe, y fomentar así la participación. Invito a que junto a sus colaboradores se fomente el diálogo y la formación necesaria para que todos tomen una decisión formada e informada.

El resultado del proceso constitucional –ya sea que termine en septiembre o continúe con una nueva reforma– marcará un antes y después en el devenir de la patria. Es muy importante que, como empresarios, ejecutivos y emprendedores, estudiemos esta propuesta de Constitución, sopesando las oportunidades y las amenazas, tanto para la propia industria como para la sociedad en general, discerniendo cómo se puede respetar a la persona y fortalecer el bien común. Y, luego de decidir en conciencia, votar en consecuencia.

*Francisco Jiménez Ureta es Presidente de USEC, Unión Social de Empresarios Cristianos.

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