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Publicado el 05 de junio, 2019

Cristóbal Aguilera: Menos parlamentarios, ¿dónde están los problemas?

Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae Cristóbal Aguilera

El número no es el problema y los vicios arraigados en el Congreso seguirán existiendo a pesar de este tipo de cambios. Por de pronto, hay que erradicar la costumbre de utilizar la iniciativa legislativa como una herramienta comunicacional. Y tal vez sea tiempo de revisar la pertinencia de tener un parlamento sesionando todo el año, con todos los gastos que ello implica.

Cristóbal Aguilera Abogado, académico Facultad de Derecho U. Finis Terrae
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Es entendible que el aumento de parlamentarios cause indignación ciudadana, dado que el trabajo legislativo no mejoró luego de esta reforma. Sin embargo, tampoco hay razones para pensar que lo hará si se concreta la propuesta de disminuirlos. En simple: el número no es el problema y los vicios arraigados en el Congreso seguirán existiendo a pesar de este tipo de cambios.

Por de pronto, hay que erradicar la costumbre de utilizar la iniciativa legislativa como una herramienta comunicacional. La cantidad de proyectos de ley que se presentan a diario, sin la intención de que sean tramitados, sino buscando obtener algún espacio en la prensa, tergiversa y deteriora gravemente la calidad y la confianza en el proceso de formación de la ley. Aquí no importa si son más o menos los parlamentarios, sino la actitud y seriedad con que asumen su labor.

El problema es que nuestro Congreso parece estar capturado por la contingencia e inmediatez. Así, son varios los diputados y senadores que están dispuestos, no solo a perder el tiempo redactando y discutiendo “el día de…”, sino que a ingresar proyectos para enfrentar todos y cada uno de los problemas que les comentan o que se les puedan ocurrir, aunque sea únicamente para mostrar interés o preocupación. No importa que no aborden materias de ley, ni que otro haya presentado una moción con exactamente la misma idea. Tampoco interesa si son inconstitucionales o inadmisibles. Lo relevante es no quedarse abajo de la noticia.

Lo anterior explica también que las discusiones normalmente no lleguen a ningún puerto. Son pocos los parlamentarios que tienen una genuina intención de deliberar, escuchando las otras posturas y buscando persuadir. La mayoría solo presenta su opinión, ya sea en la sala o en las comisiones, con el fin de marcar sus puntos políticos, hablándole a su público y quedándose en la propia trinchera. Difícilmente los proyectos, bajo este esquema de discusión, tienen alguna oportunidad de convertirse en buena legislación.

Frente a este escenario, se podrían formular preguntas más incómodas que las relativas al número de parlamentarios o al monto de la dieta. En efecto, tal vez sea tiempo de revisar la pertinencia de tener un Congreso sesionando todo el año, con todos los gastos que ello implica. No necesitamos estar discutiendo leyes permanentemente, y los parlamentarios podrían abocarse a las demás atribuciones que detentan. Habría que pensar la manera de evitar los errores que presentó la fórmula que contemplaba la Constitución de 1925, pero un periodo acotado de legislación sin duda ayudaría a filtrar las discusiones, elevar el estándar y poner atención sobre los asuntos que realmente lo requieren.

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