El lema de la Fuerza de Misiles Estratégicos de Rusia (RVSN) es “Después de nosotros, el silencio”. Ciertamente, una motivación suficiente para que la previsión de un holocausto nuclear sea central en la política internacional, dadas las consecuencias devastadoras sobre la humanidad. Por esto es que la Teoría de la Disuasión sostuvo que un ataque nuclear no generaría vencedores, sino conseguiría la destrucción mutua asegurada (en inglés, MAD), que también es el acrónimo de loco, estudiada por Bernard Brodie (1959), Herman Kahn (1965), y Thomas Schelling (1966).

De hecho, en enero de 2022 las cinco potencias formalmente nucleares -esto es Rusia, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y China Popular- declararon que el uso de armas nucleares sería el último recurso y no una instancia intermedia en una confrontación convencional y menos entre potencias de la misma jerarquía. Putin firmó esta declaración, en cuya parte principal dice: “Declaramos que no puede haber ganadores en una guerra nuclear y que nunca debe desatarse. Dado que el uso de armas nucleares tendría consecuencias de largo alcance, también reafirmamos que las armas nucleares, mientras sigan existiendo, deben servir a fines defensivos, disuadir la agresión y prevenir la guerra”. Desde luego, las afirmaciones antedichas se cruzan con hipocresías mutuas, pues se escribió también por las potencias antedichas que se inclinaban por la No Proliferación (!): “Reiteramos la pertinencia de nuestras declaraciones anteriores de no atacar y reafirmamos que nuestras armas nucleares no están dirigidas entre sí ni a ningún otro Estado”.

Pero, el carácter retórico se verificó apenas unos días después para un cambio de actitud sobre su admisibilidad. Empezó cuando Putin, en el discurso de Estado de la Nación el 1 de marzo de 2018, publicitó la existencia de 6 nuevas armas que cambiarían el balance de la fuerza militar: para entonces, los medios militares y comunicacionales de Occidente fueron más bien escépticos, sobre todo a la posibilidad de misiles hipersónicos Avangard, que al final han sido la gran novedad en este conflicto. Más recientemente, la crisis migratoria desde Bielorrusia, que amenazó la estabilidad de Polonia, abrió el uso de la amenaza nuclear, cuando, para apoyar a Ucrania, Moscú envió dos bombarderos estratégicos a la frontera polaco-bielorrusa. Las insistencias en las capacidades inoperativas se acrecentaron con la convocatoria al GROM Ejercicio de Guerra Nuclear de febrero de 2022, donde también se ajustaron las características de los nuevos misiles hipersónicos que pueden superar cualquier escudo antimisiles no solo por su alta velocidad, 20 veces el sonido, sino porque pueden planear y luego reajustar su trayectoria haciéndola imposible de prever. Este ejercicio ahora se puede ver como complementario a la movilización militar contra Ucrania, y redunda en la “cobertura” nuclear a la invasión.

Y frente a la condena a la misma, Putin declararía frente a gestos inamistosos que “en cuanto a la esfera militar, la Rusia moderna, incluso después del colapso de la Unión Soviética, es hoy una de las potencias nucleares más poderosas (…) En este sentido, no debe haber ninguna duda de que un ataque directo a Rusia conduciría a la derrota y a consecuencias nefastas para el agresor potencial”. Refiriéndose oblicuamente a Reino Unido, agregó: “Quien intente interferir con nosotros y, más aún, crear amenazas para nuestro país, para nuestro pueblo, debe saber que la respuesta de Rusia será inmediata y le llevará a consecuencias que nunca ha afrontado en su historia”. Complementando estas frases, Putin el 28 de marzo, cuatro días después de la guerra, ordenó poner en estado de alerta las fuerzas estratégicas en régimen de misión de combate en una reunión televisada con el ministro de Defensa, Sergei Shoigu, estableciendo turnos de servicio en las Fuerza Estratégicas de Misiles, las Flotas de Norte y del Pacífico, y el Comando de Aviación de largo alcance.

Días después el 3 de abril el canciller Lavrov describió el uso de armas nucleares como una forma de guerra devastadora, pero inventada por Occidente, lo que ciertamente evade la amenaza nuclear de su líder y minimiza las consecuencias reales de una tercera guerra nuclear produciría la destrucción mutua, sin continuidad con la vida como la conocemos.

Rusia, en cambio, ha perfilado el uso “limitado” de bombas nucleares tácticas; de por sí es un contrasentido, porque un uso de cualquier nivel será respondido de forma integral, como están diseñados todos los sistemas de disuasión nuclear. Pero las raíces de esto están en las consideraciones intermedias que establece la doctrina nuclear rusa al sustentar que el uso de armas nucleares al aplicarse para la extensión geopolítica de su área de influencia, denominada “extranjero cercano”, y que es un espacio intermedio que comprende países soberanos, algunos cercanos a Moscú y la mayoría no.

El uso de la amenaza nuclear más allá de la irresponsabilidad que implica, supone un quiebre del sistema de Naciones Unidas de impedir la amenaza y uso de la fuerza en las relaciones internacionales. Por cierto, todos sabemos que esto se ha violado muchas veces, pero hay un problema de escala de consecuencias entre un ataque convencional y uno de destrucción masiva, sea este nuclear, biológico o químico. Las denuncias de Moscú de un presunto arsenal biológico y químico, proporcionado según su propaganda por Estados Unidos, pueden inducir a usos de armas de este tipo bajo ataques de falsa bandera, tan propias de la desinformación y la guerra de comunicaciones.

Hoy en día, la tesis de un ataque nuclear limitado es una amenaza concreta a toda la comunidad de naciones y a la vida. No hay posibilidad de una suerte de protección, fuera de la de bunker súper seguros para la élite política de las potencias, ante una devastación de este tipo. Por eso, este ataque militar, en su arista nuclear, supone un trabajo paralelo a las condenas; multilateral también, para mantener alejada en la paleta de instrumentos de la política exterior rusa y de cualquier otra potencia similar, de este tipo de armas.

*Cristián Garay es historiador.

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