Hace pocos meses, Joseph Stiglitz se refirió con entusiasmo al Chile de Boric como el laboratorio social, económico y político del mundo. Para las élites políticas e intelectuales extranjeras puede ser interesante observar a distancia un experimento en un pequeño y remoto rincón del planeta, pero es obvio que la cosa cambia si se adopta el punto de vista de los sujetos de experimentación. 

Muchas personas de centroizquierda se encuentran hoy en la disyuntiva entre aprobar o rechazar un proyecto de Constitución que consideran francamente problemático, pero que tiende a ser visto por el progresismo mundial como una ocasión única que no hay que desaprovechar. La presión por leer el texto con esos ojos ajenos es fuerte: ¿acaso no es la oportunidad de demostrar al mundo que dejamos definitivamente atrás el neoliberalismo, que Chile puede estar en la vanguardia de los discursos identitarios, que ahora sí que somos artífices de nuestro propio destino?

Cuando en lugar de analizarnos con las categorías de las élites globales se adopta la mirada local, la de Curanilahue o de La Ligua, las cosas son menos simples. Por ejemplo, muchos reconocen que el proyecto de Constitución tiene problemas serios en lo que se refiere al régimen político, que favorece la concentración del poder y puede abrir la puerta a autoritarismos de izquierda o de derecha. Si se reconoce el riesgo de no cumplir con los estándares democráticos mínimos, la pregunta honesta es ineludible: ¿quiénes pagarán los costos del experimento? ¿Cuáles serán las consecuencias para los chilenos de intentar solucionar nuestra crisis por esta vía?

Siempre está la tentación de reprimir la pregunta, de hacer vista gorda, de apostar a que los aspectos más controvertidos del texto se quedarán en el papel y no afectarán la vida de las personas reales. Siempre es posible aferrarse a la idea de que lo importante es la cuestión simbólica de apoyar un Constitución escrita por primera vez por outsiders del mundo político, cuyas deficiencias ya habrá oportunidad de arreglar. Siempre está la opción de suavizar las múltiples dificultades del texto de cara a las expectativas de las élites ilustradas… Pero, con la mano en el corazón, ¿no se vuelve más complejo el análisis cuando se piensa en la vida real del chileno o la chilena de la calle, cuando se proyecta cómo impactarán estas reglas del juego en la vida social y política de las próximas décadas?

No por nada gran parte de la ciudadanía se resiste a un texto constitucional que podría haber sido un auténtico acuerdo social y político para un nuevo ciclo histórico. Junto a la frustración por la oportunidad desperdiciada, parece haber también una rebeldía frente al experimento que celebra Stiglitz: nadie quiere ser ratón de laboratorio. No hay que ser un experto para saber que las instituciones importan, que la estabilidad de los países es frágil, que los cambios suponen cuidar lo construido. Es natural la indocilidad al experimento, que no es inmovilismo, sino simple sentido de la realidad: el sentido que suele tener quien finalmente pagará los costos. 

Dada su transversalidad y extensión, ya no se sostiene la tesis de que rechazar el texto propuesto sea pura defensa de privilegios. Tampoco tiene demasiada fuerza el argumento de que aprobar es el único modo de no volver a la Constitución actual, cuando estos días el mismo Presidente y el Congreso han allanado el camino para continuar el proceso constituyente en caso de ganar el rechazo el 4 de septiembre. La disyuntiva para la centroizquierda que duda sobre su voto puede ser planteada entonces en estos términos: plegarse a ciertos discursos progresistas abstractos o atender a las consecuencias reales para las personas de carne y hueso de un texto que se considera problemático. 

No tenemos por qué aceptar ser el laboratorio sociopolítico mundial. Nos merecemos nuestro propio camino, a nuestro propio modo, coherente con nuestra cultura y nuestra historia. El que lo reconozca, aunque no quiera decirlo en público, contará siempre con el secreto de la urna.  

*Francisca Echeverría es investigadora de Signos, Universidad de los Andes.

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