I

Las sociedades contemporáneas funcionan con base en saberes técnicos. Este tipo de conocimiento está presente en todas las actividades. De partida en las profesiones, cuyos especialistas se forman durante un largo periodo de entrenamiento en un saber altamente codificado y desarrollan unas prácticas fundadas en ese saber. Es el caso de las y los abogados, arquitectos, ingenieros, profesionales de la salud, psicólogos, sociólogos, trabajadores sociales y decenas de otras profesiones. Pero aquí no hablamos sólo de las profesiones en sentido convencional. También incluyen otras actividades y tipos de funciones que tienen lugar en la parte superior de las burocracias, el management de las empresas, el alto clero, los oficiales militares, el vértice de la tecnocracia, la academia profesionalizada, etc. 

Un famoso historiador inglés, Harold Perkin, anunció en 1969 el surgimiento de una sociedad profesional, según tituló su libro.  Y, como podía anticiparse, vinculó a ésta con una serie de fenómenos que en esos mismos años, y luego en las décadas siguientes, pasaron a ser tópicos habituales del análisis social y el discurso mediático: sociedad posindustrial, tecnoburocracias, sociedad del conocimiento, intelectualización y desencantamiento weberianos, revolución científica, ingenieros del alma humana, analistas simbólicos (la capa superior de las profesiones más creativas a nivel global, según Robert Reich), intelligentsia, literati, élites expertas, modernidad y posmodernidad, poder soft, espacio público deliberativo y tantos otros que abundan hoy en la prensa, la academia y los laberintos del poder. 

El mismo Perkin celebró el auge y entrevió la caída de esta forma de sociedad. Por un lado, la retrató como el sistema más creativo nunca visto que ha traído al mundo beneficios materiales, culturales, intelectuales y morales en una escala no soñada por las generaciones precedentes. Por otro lado, entendió que ella creaba una nueva modalidad de dominación que necesariamente traería consigo la tentación de explotar el conocimiento a su cargo, abusando este poder hasta el punto de dejar exhausta a la sociedad y provocar su colapso.

Ambas caras de la sociedad profesional están presentes también, progresivamente, en Chile. Cada año se gradúa un cuarto de millón de nuevos profesionales y técnicos y un número similar de jóvenes ingresa -como ocurre precisamente en estos días- a la educación superior para estudiar alguna carrera y prepararse para esta sociedad donde predominan los saberes técnicos. Hay pues los ingredientes para beneficios crecientes y para una expansión del control por parte de las élites del saber técnico.

La economía basada en el conocimiento proporciona la base para esta gran transformación en curso, donde lo humano, dicen algunos, pasa a ser un adjetivo del capital; «capital humano», que sería la principal fuente de riqueza de la sociedad profesional. El discurso sobre competencias, destrezas, habilidades, innovación schumpeteriana y, en general, la economización de la vida, representa sin duda ambas caras. Por un lado, la racionalización instrumental de todas las actividades con la meta de incrementar la producción y la productividad y mantener en permanente ascenso los indicadores de bienestar. Por el otro, la inevitable sobreexplotación de todo tipo de recursos tangibles e intangibles hasta la extenuación de las fuerzas materiales y espirituales y el riesgo del agotamiento final de la sociedad.

Todo esto, lo sabemos bien, es parte de la historia del capitalismo moderno, de las sucesivas revoluciones industriales, la expansión profesional y de los saberes técnicos. El grado de crispación de las sociedades y de generalización de los «riesgos manufacturados» (o sea, fabricados y echados a andar por la acción humana bajo el patrón del saber técnico), tiene allí también su causa más profunda. 

En efecto, el control transformador, creativo y destructivo del entorno y de nosotros mismos, por nuestros propios medios de conocimiento, aplicados profesionalmente, acelera la historia al límite del vértigo. Marshall Berman, connotado sociólogo y un lúcido intérprete del Fausto de Goethe, citando a Marx habla en un famoso pasaje de que “ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos (…) Ser modernos es formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, todo lo sólido se desvanece en el aire”. 

II

¿A qué vienen, se preguntarán ustedes, estas vistas de la sociedad moderna, de su organización crecientemente profesional, y del despliegue de los saberes técnicos y sus ambiguos efectos?

Pensaba sobre estos asuntos en días recientes a la luz de hechos tan dispares y aparentemente inconexos como los bombardeos de ciudades ucranianas, las manifestaciones contrarias a las ciencias de diversos tipos de oscurantismos contemporáneos, los fenómenos de irracionalidad política de tipo trumpista y bolsonarista, los malogrados indultos concedidos por el Presidente Boric, la próxima elección de expertos para el proceso constituyente y los fallidos intentos políticos por resolver problemas técnicos. 

Pensaba, asimismo, sobre los arrebatos «populistas», cada vez más frecuentes, que oponen diversos tipos de saberes -espontáneos, comunitarios, ancestrales, artesanales, místicos, interculturales- a cualquiera modalidad de experticia basada en saberes técnicos, sean éstos de naturaleza jurídica, estadística, médica, policial, académica, pedagógica u otras que han alcanzado un grado similar de profesionalización.

En tiempos de una sociedad más tradicional, en nuestro medio solía imputarse a la mentalidad conservadora una fuerte resistencia frente a la evolución del conocimiento científico-técnico y sus aplicaciones profesionales. Desconfiaba de los especialistas y las especializaciones, se decía, salvo las más antiguas y consagradas, como la abogacía, la medicina y la religión. Por el contrario, las nuevas disciplinas del saber, sobre todo aquellas pertenecientes a las ciencias sociales, eran percibidas como una amenaza para las jerarquías sociales, las creencias y valores transmitidos por la religión, las tradiciones nacionales y de clase y, sobre todo, para el invisible monopolio que aquella mentalidad creía detentar sobre la alta cultura con su saber y lenguajes distintivos. 

Ahora último, en cambio, una cierta mentalidad de izquierdas de nueva generación-típicamente posmoderna, posindustrial, posrevolucionaria- a pesar de sus credenciales educacionales de alto valor académico y de mercado, se ha plegado también a esta tendencia anti intelectualista, contraria a los expertos y desconfiada de los saberes técnicos

Es un giro contundente (¡y sorprendente!) que abarca distintos desplazamientos: del universalismo de la razón crítica hacia los particularismos de las identidades; de las vanguardias políticamente conscientes a las masas espontáneamente movilizadas; del intelectual aguafiestas al sentido común de las masas; del «compañero experto» al experto como capitalista cognitivo; del marxismo enciclopédico al activismo social; de la pasión por discutir ideas al wokeismo que prefiere cancelarlas.

El traspié del indulto es una demostración más -entre varias otras- de esa propensión generacional de neoizquierdas a saltarse y eludir el consejo de los peritos jurídicos, el orden de los procedimientos burocráticos, las consideraciones sistemáticas del político profesional y el conocimiento acumulado en los colectivos tecnocráticos. Es desconocer que, así como hay una inteligencia distribuida que opera en red, existe también un conocimiento tácito, no codificado pero altamente eficaz, depositado en la experiencia de los practicantes de esos saberes técnicos que concurren a formar la alta gestión política del Estado. 

El Frente Amplio, y en especial el Presidente Boric y su equipo, parecen inmunes a esos saberes que se hallan asociados a ciertos oficios, cargos, reglas, operaciones, memoria, destrezas y conocimientos tácitos. Más bien, en su momento de auge ellos despreciaron estos saberes por ser ajenos a la calle y a la lucha social-así pensaban-pero que ahora les hacen falta de manera dramática para gobernar

La reacción casi inmediata de recurrir a un abogado, profesor de derecho administrativo, versado en asuntos de la cartera, un experto, en suma, para ocupar el cargo de ministro de Justicia muestra que el problema no es uno de disponibilidad de estos saberes sino de prejuicios y omisiones en la designación del personal profesional necesario para gestionar las políticas del gobierno. 

No es esta por tanto, como suele decirse, una cuestión de juventud, ni siquiera de falta de experiencia propia en el caso del Presidente y su equipo. Más bien, es un error de método, una falta de rigor en el procedimiento; una debilidad en el reclutamiento del personal, si se quiere.

A su vez, esta debilidad proviene de una disonancia cognitiva en el Presidente y su equipo entre una ideología que rechaza los saberes técnicos como un instrumento de dominación de la élite, por un lado y, por el otro, el hecho de ser parte ahora ellos mismos de esa élite y hallarse a cargo del aparato gubernamental. 

La lección de este episodio es clara: no hay «buena», ni «nueva» política que sea eficaz y eficiente si no están presentes los saberes técnicos y los profesionales especialistas -tecnoburocracia y tecnopols incluidos- que los dominan. Maquiavelo lo sabía, Boeninger lo practicaba y el gobierno Boric necesita con urgencia llenar este vacío

Lo demás, como el respaldo popular y un cuadro político menos exasperado, vendrán por añadidura. 

*José Joaquín Brunner es académico UDP y ex ministro.

José Joaquín Brunner

Académico UDP y exministro

Deja un comentario

Cancelar la respuesta