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Publicado el 22 de junio, 2020

Alejandro San Francisco: La capitulación de Francia (22 de junio de 1940)

Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS). Alejandro San Francisco

Un día como hoy, el mariscal francés Phillipe Pétain decidió llegar a un armisticio con el régimen de Hitler. Entregó París, y el país quedó dividido en dos: una zona ocupada por los alemanes y la otra zona “libre”, conocida como la Francia de Vichy, liderada por el propio Pétain. Sin embargo, días antes,un casi desconocido Charles de Gaulle pronunció un discurso radial en Inglaterra, desde donde lideraría la posición alternativa, que enfrentaría al nazismo hasta la victoria. «Cualquier cosa que suceda, la llama de la resistencia francesa no debe extinguirse y no se extinguirá».

Alejandro San Francisco Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de "Historia de Chile 1960-2010" (USS).

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Francia en 1940: una derrota rápida e ¿inesperada?

Durante la primera etapa de la Segunda Guerra Mundial, Alemania obtuvo una seguidilla de éxitos aplastantes. Sus fuerzas militares parecían destinadas al éxito, mientras Adolf Hitler disfrutaba de una fama de imbatibilidad que consolidaba sus decisiones de los años anteriores, que le habían permitido anexar Checoslovaquia y Austria sin encontrar oposición real entre las potencias europeas. La invasión a Polonia fue diferente, por cuanto implicó la reacción de Inglaterra y Francia –y con ello, el estallido de la Segunda Guerra Mundial–, pero no cambió el curso victorioso del régimen nazi, que pronto alcanzó la victoria sobre esa sufrida nación.

El 10 de mayo de 1940 se inició la batalla de Francia, que implicaba avances por Bélgica y luego una rápida incursión al país que antes había enfrentado a Alemania en tiempos de Napoleón, en la guerra Franco-Prusiana y en la Primera Guerra Mundial. Veintidós años después del Tratado de Versalles, franceses y alemanes volvían a enfrentarse, pero en circunstancias muy distintas y con resultados también diferentes.

La decisión de Hitler de avanzar sobre Francia fue resuelta, sin ambigüedades y con la certeza de que obtendría la victoria. Por el contrario, la actitud de los galos se caracterizó por su falta de preparación y de convicción, con errores políticos y militares que fueron conduciendo rápidamente a la derrota a un pueblo otrora orgulloso de su capacidad militar y patriotismo. La famosa línea Maginot se suponía impenetrable, pero resultó ser una quimera; por otra parte, los Panzer avanzaron con decisión por el norte y el este, donde se suponía no habría ataques. En apenas un mes la victoria germana estaba consolidada y en muchos lugares los franceses no mostraron en su derrota ni heroísmo ni deseos de luchar por la defensa de su país. Winston Churchill, convencido de la importancia de enfrentar con decisión a Alemania en todos los aspectos, temía que Francia no diera una lucha con todas sus fuerzas y cruzó en diversas oportunidades el Canal de la Mancha para reunirse con sus autoridades, especialmente con Paul Reynaud –Primer Ministro galo entre el 21 de marzo y el 16 de junio de 1940–, a quienes conminó a oponer un duro combate a los invasores nazis. En un comunicado de mediados de mayo, el recién nombrado líder británico expresó que Francia y Gran Bretaña vivían uno de los momentos más preocupantes y sublimes de toda su historia, agregando que ambos pueblos estaban luchando “para rescatar no solo a Europa, sino a la humanidad entera, de la más vil y plúmbea tiranía que jamás haya ensombrecido y manchado las páginas de la historia”. Sin embargo, a los pocos días el propio Churchill reconocería que no había visto una defensa tan mala como la francesa, manifestando su preocupación porque no veía la convicción de luchar contra Hitler.

En esas circunstancias, apenas aparecían un par de noticias positivas a la vista: la primera fue la decisión de Inglaterra de luchar hasta las últimas consecuencias, aunque fuera en soledad, contra la Alemania de Hitlter; la segunda se produjo cuando señaló que Francia debía seguir peleando, y “librar una guerra de guerrillas a gran escala”, que apenas encontró el respaldo de una persona, Charles de Gaulle. “L’homme du destin”, profetizó Churchill en esas horas oscuras, cuando terminaba la segunda semana de junio (en Andrew Roberts, Churchill. La biografía, Barcelona, Crítica, 2019).

Finalmente, el 22 de junio llegó el día decisivo para Francia, cuando el mariscal Phillipe Pétain –quien había asumido el poder apenas cinco días antes– decidió llegar a un armisticio con el régimen de Hitler. El país quedó dividido en dos: una zona ocupada por los alemanes y la otra zona “libre”, conocida como la Francia de Vichy, liderada por el propio Pétain. El octogenario militar pensaba que esa era una buena decisión, que tendría menos costos humanos para Francia que un enfrentamiento directo con los alemanes, y una parte importante de la población apoyaba esa postura. Raymond Aron muchos años más tarde explicaría con sinceridad el ambiente social existente a mediados de 1940, que no era “ni de indignación ni de furia” tras el armisticio, por cuanto “Pétain representaba los sentimientos predominantes entre la mayoría de los franceses” (en El observador comprometido. Conversaciones con Jean-Louis Missika y Dominique Wolton, Barcelona, Página Indómita, 2019). El régimen de Vichy, autoritario y que se presentaba como antítesis de la anterior república corrupta y decadente, logró un apoyo importante en un comienzo de parte de la población. Sin embargo, al definir su situación en relación con el régimen de Hitler, quedaba en una posición subordinada como no tardaría en reflejarse. Así lo resume Ian Kershaw: “Se crearon decenas de campos de internamiento para extranjeros, presos políticos, ‘indeseables’ sociales, romaníes y judíos. Las autoridades de Vichy no dudaron en extender el programa de ‘arianización’ de la zona ocupada para expropiar a miles de empresas judías, compradas a precios de saldo por compañías francesas” (en Descenso a los infiernos. Europa 1914-1949, Barcelona, Crítica, 2016). Pronto, miles de judíos serían deportados desde Francia a los campos de concentración y de exterminio en Polonia. La capitulación de junio de 1940 no solo había sido militar, sino también moral.

No todos estuvieron contentos con la decisión de Pétain. El 18 de junio, un día después que el mariscal anunciara sus deseos de firmar el armisticio, un casi desconocido Charles de Gaulle pronunció un discurso radial en Inglaterra, desde donde lideraría la posición alternativa, que enfrentaría al nazismo hasta la victoria. “Fue una voz antes de ser una cara”, como resume la excelente biografía de Julian Jackson, A certain idea of France. The life of Charles de Gaulle (Allen Lane, 2018). ¿Qué dijo en esa ocasión de Gaulle? El discurso, reproducido por Jackson, señalaba lo siguiente: “Este gobierno, alegando que nuestros ejércitos están derrotados, ha hecho contactos con el enemigo para parar de luchar… ¿Pero está dicha la última palabra? ¿Debe desaparecer la esperanza? ¿Es definitiva la derrota? ¡No! …Nada está perdido para Francia… Ella puede hacer causa común con el Imperio Británico… Esta guerra no está decidida por la batalla de Francia. Esta guerra es una guerra mundial… El destino del mundo está en juego… Cualquier cosa que suceda, la llama de la resistencia francesa no debe extinguirse y no se extinguirá”.

Con todo, la victoria de Alemania sobre Francia generó rápidamente una serie de efectos, como resume Tony Judt: en primer lugar, decidió a Benito Mussolini a entrar a la guerra (aunque por esos mismos días aparecía como eventual gestor de la paz entre Hitler y los ingleses); provocó el derrumbe de la III República Francesa y la consolidación del régimen de Vichy, del mariscal Pétain; finalmente confirmó el genio estratégico del Führer, quien parecía estar destinado al éxito (“La catástrofe: la caída de Francia, 1940”, en Sobre el olvidado siglo XX, Madrid, Taurus, 2008). A todo esto debemos agregar el nacimiento de un nuevo líder para Francia, el general Charles de Gaulle, que marcaría su historia y su vida política por casi tres décadas.

Una extraña derrota: las reflexiones comprometidas de Marc Bloch

Marc Bloch fue, sin duda, uno de los historiadores más destacados e influyentes del siglo XX. Junto a Lucien Febvre fundaron la famosa Escuela de los Anales, que encabezó la renovación de la historiografía en el siglo XX. Bloch escribió algunas obras clásicas, como Los reyes taumaturgos y La sociedad feudal; también reflexionó sobre su propio trabajo y vocación profesional, en un libro que ha sido publicado como Apología para la historia o el oficio del historiador (México, Fondo de Cultura Económica, 2018).

Sin embargo, hay otra obra –curiosa en su génesis, pero plenamente coherente con lo que fue Marc Bloch durante su vida–, que vale la pena tener en mente a propósito de los sucesos de 1940 en Europa y específicamente en Francia: se trata de La extraña derrota. Testimonio escrito en 1940 (hay una edición reciente en Barcelona, Crítica, 2019). Uno de sus hijos señaló en una oportunidad que, dentro de la obra de su padre, concedía gran valor y una gran importancia a La extraña derrota, que era un testimonio personal (“Carta de Étienne Bloch sobre su padre, el historiador Marc Bloch”, Bicentenario. Revista de Historia de Chile y América, Vol. 8, N° 2, 2009).

Confluían en Bloch tres características que hacen muy valiosa su reflexión contemporánea sobre la derrota de Francia y su toma personal de posición en ese momento decisivo: en primer lugar, era un historiador especialmente destacado; en segundo lugar, era de origen judío, que fue tema en la Alemania de Hitler y en la Francia de Vichy; y en tercer lugar, era un francés amante de su patria, que luchó en las dos guerras mundiales por su país.

Como historiador, entendía que su trabajo debía ser “comprender el presente por el pasado” y “comprender el pasado por el presente” (en Apología para la historia). A su vez, al igual que Henri Pirenne creía que su primer deber era interesarse “por la vida”, por lo cual no debía dar la espalda al tiempo que le tocaba vivir. A esto agregaba que la historia era, esencialmente, “una ciencia del cambio” (en La extraña derrota). Esto último le llevaba a comprender, por ejemplo, que dos guerras consecutivas –como eran la Primera y la Segunda Guerra Mundial– nunca serán iguales, por cuanto entremedio se han producido cambios relevantes, en las técnicas, en la estructura de la sociedad y en la mentalidad.

Su carácter judío también era relevante, por cuanto las leyes de Vichy comenzaron las discriminaciones y violencia racial, que afectaron progresivamente a miles de personas, como antes había ocurrido en Alemania. En su Testamento del 18 de marzo de 1941, Bloch señaló nuevamente que había nacido judío, que nunca se le había ocurrido negarlo ni sentía la tentación de hacerlo, pero también explicaba que había solicitado que no recitaran sobre su tumba “las plegarias hebraicas, a pesar de que sus cadencias acompañaron hasta su descanso postrero a tantos de mis antepasados y a mi propio padre”. La razón de esa decisión es que se consideraba “simplemente francés”, porque Francia era la patria de su familia, la de su propio legado espiritual y de su historia, a la que había amado y servido. Por eso mismo, solo quería reivindicar un testimonio de fidelidad: “muero como he vivido, como un buen francés”. No quería que se le distinguiera ni atacara por la condición circunstancial de ser judío.

La extraña derrota fue una obra redactada entre julio y septiembre de 1940, al calor del armisticio que Bloch y muchos franceses sentían como una claudicación. El libro es un examen de conciencia sobre Francia en ese momento histórico, sobre las causas de la debacle, que el historiador resumía especialmente en dos razones: existía un problema serio de incompetencia militar en el alto mando (“la incapacidad de los mandos” y la crisis de autoridad eran dos claras manifestaciones) y había también un problema político importante en el país, con una sociedad dividida y que se mostró incapaz de enfrentar los desafíos de su tiempo. Echarle la culpa a todo el mundo no tenía sentido si no existía la capacidad de reconocer las propias responsabilidades: Alemania obtuvo una victoria intelectual en 1940, en parte porque los jefes militares no supieron pensar en la guerra que les correspondió luchar: “los dos adversarios que se enfrentaron en nuestros campos de batalla pertenecían a dos eras diferentes de la humanidad”, como en las batallas coloniales, con la diferencia de que ahora el papel de primitivos lo desempeñaban los propios franceses.

Bloch escuchó a quienes pensaban que existía la posibilidad de una capitulación, antes del 26 de mayo: “Todavía teníamos los medios, si no de salvarnos, al menos sí de combatir mucho tiempo, heroicamente”. Estas deficiencias de carácter tenían su origen en la falta de inteligencia y de formación, en el envejecimiento de los mandos y la falta de renovación de las ideas. Paralelamente, Francia sucumbía antes de la guerra por otros problemas, como las intrigas dentro del régimen político y las discriminaciones dentro del ejército (por el anticlericalismo y el partidismo).

Al momento de escribir su obra, la situación era lamentable y el país había caído muy bajo, como resumió Bloch: “Hoy nos encontramos en la horrenda situación de que la suerte de Francia ha dejado de depender de los franceses”. Y luego se preguntaba, con sentida y explicable preocupación: “¿Qué será de nosotros si, por desventura, Gran Bretaña cae también?” El historiador francés terminaba su obra con una reflexión a la vez dura, pero fruto de una reflexión y una convicción: “Lo digo con total franqueza: espero, en cualquier caso, que aún tengamos sangre por derramar, aunque deba tratarse de la de los seres queridos (no hablo de la mía, a la que no atribuyo tanto valor). Pues no hay salvación sin sacrificio, ni libertad nacional plena si no se ha trabajado por conquistarla”.

Después del armisticio, aparte de escribir este libro, Bloch pubilcó algunos artículos, se unió a la resistencia y finalmente fue detenido, torturado y ejecutado el 16 de junio de 1944. Era el fin de una vida por Francia, en una Europa que apenas diez días antes había contemplado el desembarco de Normandía, y comenzaba a ver una luz de esperanza para Francia respecto del nacionalsocialismo. En agosto se produciría la liberación de París y proseguiría el camino hacia la victoria. Sin embargo, antes la ciudad debió enfrentar uno de sus mayores dolores en toda su historia.

La gran humillación: Hitler en París

Hay imágenes históricas que quedan grabadas para siempre: una de ellas es, con todo su impacto político y mediático, la presencia de Adolf Hitler en París.

Sobre Hitler existe una idea formada en las generaciones posteriores a la Segunda Guerra Mundial, tanto por su acción de gobierno (el régimen totalitario y el genocidio, entre los aspectos más relevantes) como por su derrota militar, en la guerra a la que él mismo había conducido a Alemania y a Europa. Sin embargo, la realidad durante sus años en el poder –e incluso en la década de preparación para llegar a gobernar– fue muy diferente, y tuvo tanto éxitos como fracasos, apoyos populares impresionantes y un rechazo mezclado con temor por su creciente influencia y poder. Desde 1933 en adelante el liderazgo de Hitler solo parecía crecer, en tanto en el plano internacional sus potenciales adversarios se caracterizaron por su falta de visión o pusilanimidad. Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939, la posición de la Alemania nazi era de una fortaleza inmensa y sus victorias iniciales no solo confirmaron al Führer en su proyecto, sino que también reafirmaron el temor de sus enemigos.

Como sostiene Ian Kershaw, utilizando sus propias reflexiones y la lectura de informes diplomáticos, la entrada de las tropas alemanas en París el 14 de junio y luego la capitulación oficial de Francia en Compiègne –“que borraba simbólicamente la humillación de la capitulación alemana de 1918 en el mismo lugar”– terminaron “elevando el prestigio de Hitler a niveles no superados” (en El mito de Hitler. Imagen y realidad en el Tercer Reich, Barcelona, Paidós, 2003). El caudillo alemán comenzó a creerse invencible, ánimo que le venía muy bien, ya que pronto debería iniciar la batalla de Inglaterra y nada podría detenerlo en su conquista de Europa.

Con esa posición especial, en su mejor momento, el Führer visitó París a fines de junio de 1940, por unas pocas horas, en compañía de su arquitecto Albert Speer y del escultor Arno Breker. Speer, autor de unas voluminosas memorias, señaló que estuvieron pocas horas en la capital de Francia, donde visitaron en Les Invalides la tumba de Napoleón, que Hitler admiró en silencio: “Poder ver París ha sido el sueño de toda mi vida. No puedo expresar todo lo feliz que soy al ver cumplido hoy este deseo”, le confesó a su amigo arquitecto. La postal más recordada del acontecimiento es aquella foto en la que aparece Hitler con Speer y Breker en un primer plano, mientras en el fondo se ve la Torre Eiffel, verdadero emblema de París, en lo que representaba una nueva humillación contra el país ocupado, que se sumaba al desfile triunfal de los días anteriores, en el momento de la victoria.

Con esta preeminencia hitleriana y la falta de adversarios reales en el continente, el Führer comenzó a preparar lo que se conocería como la batalla de Inglaterra, destinada a liquidar cualquier posibilidad de tener adversarios por el oeste, para acometer la tarea decisiva de enfrentar a la Unión Soviética al año siguiente. Sin embargo, Gran Bretaña demostraría que vivía un momento de dolor y de prueba, pero también una hora llamada a la grandeza y a la victoria, mostrando una vez más las posibilidades de la historia y el no desmentido hecho de que la guerra es un proceso largo en el cual las batallas intermedias y sus triunfos pueden engañar y nublar a los vencedores ocasionales. El caso de Hitler probaría ser uno de ellos.

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