Hoy termina el gobierno de Gabriel Boric. A cuatro años de su triunfo, en las postrimerías del estallido y del discurso en el que quiso lanzarse al público como una estrella de rock, la banda presidencial continuará con la tradición. El dirigente juvenil que, en poco tiempo, conquistó el Congreso y la Presidencia deja su cargo con una sonrisa ensayada. Lo hará más solo que antes, porque los cercanos que lo acompañaron al inicio salieron por la puerta chica. Giorgio Jackson vive en Barcelona; Izkia Siches desapareció; Matías Meza-Lopehandía postula al Instituto Nacional de Derechos Humanos. Y la lista es larga.
En lo inmediato, Boric no puede sacar cuentas alegres. Sería hipócrita, considerando la derrota en las últimas elecciones. La izquierda se encuentra, quizá, en su peor momento desde el retorno a la democracia. Por ahora, la ciudadanía desconfía de su proyecto político, de su probidad en el Estado y, para colmo, el comodín de la dictadura ya no funciona como antes. Sin embargo, el panorama a mediano plazo podría no ser tan sombrío para dicho sector por dos motivos. Primero, porque las fuerzas progresistas se unirán en la oposición, aunque sea por la fuerza y se presentarán como el sheriff que fiscalizará al gobierno. Serán cazadores de errores para encontrar algo que capitalizar. Segundo, porque lograron instalar en el establishment la idea de su moderación. Sectores que antes desconfiaban de ellos (como la clase empresarial, los diplomáticos y las personas de más edad) constataron que, al menos, terminaron su mandato. Se escuchará el típico “gobernaron los comunistas y no pasó nada”. Las pruebas estarían ahí, disponibles: el gobierno del Presidente Boric fue, supuestamente, equilibrado; un gobierno de santitos progresistas encomendados a sus dioses pachamámicos.
Pero en aquel espacio se esconde lo central del legado de la administración saliente. Se olvida quetuvo dos tiempos: uno octubrista, antes del plebiscito de 2022, y otro “moderado” a la fuerza, tras el triunfo del Rechazo. Los grupos de presión del Frente Amplio y sus voces más conocidas volverán con jornada completa a los medios para instalar esa tesis. Sostendrán, de cara a la opinión pública, que la segunda mitad del gobierno de Boric fue todo el mandato y que les faltó tiempo para aprobar más reformas. Olvidarán, misteriosamente, que sus intentos de llevar a cabo lo que pensaban fracasaron en las urnas. El programa original del Gobierno fue enterrado, junto a la capilla octubrista de Plaza Italia. El proyecto de la Convención Constitucional, por su parte, fue dado de baja. Boric anotará otro gol y lo registrará en los libros de la mala memoria. En ellos aparecerá como un demócrata que se fotografió junto a la estatua del general Baquedano como Presidente, después de callar cuando intentaron amputar las patas del caballo con una galletera.
El gobierno saliente se preocupó de erigir el camino para la construcción de su verdadero legado que, por supuesto, se enfocará en lo comunicacional. La difusión de lo que lograron recién comienza, pues esa tarea se concretará desde fuera del Estado. A diferencia de parte de la derecha, que asumió que este gobierno fue inofensivo por su ineptitud, hay cuestiones de las que preocuparse en serio. Las relaciones diplomáticas están dañadas; el narcotráfico domina barrios enteros; la reforma de pensiones (retrasada en su aplicación), encarecerá los costos laborales. Lo mismo ocurrirá con la rebaja de la jornada a cuarenta horas y el déficit fiscal hará su parte. Esta tesis suele molestar tanto a los sectores más radicales como a los más entreguistas, pero este gobierno sí deterioró el sistema. A veces, pasar facturas políticas para la galería distorsiona la realidad. Pero Boric sí golpeó un par de vértebras del modelo y no debemos pasarlas por alto.

Alguna propuesta de solucion?????