Señor Director:

Mucho revuelo ha causado en la última semana, la noticia de la estudiante de trabajo social de la Universidad de Chile, quien fue cobardemente amenazada y golpeada por capuchas, detrás de las cuales se escondían nada menos que sus propios compañeros y compañeras. La razón: “era facha”.

Se trata de una estudiante militante de la Centro Derecha Universitaria, quien ya en abril pasado había incursionado en carrera por la obtención de cargos políticos. El hecho se une al lapidario registro de casos en que, una vez más, la libertad de expresión, pluralismo político y convivencia pacífica, se ven seriamente amenazados a la interna de nuestra casa de estudios. Curioso resulta que se trata del mismo lugar donde en sus albores nuestro primer rector Andrés Bello nos advirtiera ser uno donde “todas las verdades se tocaran”. ¡Nada más alejado de la realidad! Una Universidad donde escasea el diálogo franco, abunda la consigna repulsiva y poco reflexiva entre sus estudiantes, es fiel reflejo de una comunidad evidentemente quebrada, una Universidad aún más propensa a ser tomada.

Nunca está de más recordar que las universidades son instituciones muy frágiles porque descansan en la voluntad de todos quienes las integran. De todos los quehaceres humanos la educación es, quizá, el que es más constitutivamente voluntario. No es posible coaccionar a nadie para que se disponga a aprender o participe de un diálogo. Junto con ello el quehacer educativo supone la confianza recíproca en la palabra y en la conversación. Por eso la educación universitaria no es solo un bien que se intercambia, sino un compromiso entre la comunidad entera.