Señor Director:

Ojos de todo el mundo seguían de cerca las elecciones del Parlamento Europeo. 350 millones de votantes, 28 países y 751 escaños a repartir, marcados por una histórica votación con más de un 50% de participación, en una elección sin precedentes. Las expectativas apostaban por un auge de movimientos euroescépticos, en gran parte de la Europa occidental y un inédito retroceso de las alianzas partidistas tradicionales. Los datos hablaron por sí solos: liberales (ALDE) y verdes fueron los encargados de sostener el modelo europeísta, pese a que el bloque de euroescépticos logró aumentar en un 10% la cantidad de escaños, los primeros fueron los encargados de dar la sorpresa al conquistar más de 177 escaños, rompiendo con un bipartidismo que tenía acostumbrado al viejo continente.

La importancia del triunfo radica, principalmente, en dos puntos. Primero, más allá de la irrupción política que liberales dieron a la interna del hemiciclo, no solo importa a efectos de estrategia bisagra, sino también en cuanto al recambio generacional que éstos generan. Alianzas tradicionales como socialistas y demócratas (S&D) o Partido Popular Europeo (EPP), más conservadores, no aseguran este recambio, siendo las generaciones más jóvenes los grandes llamados a tomar posturas radicales frente al avance de la extrema derecha. Segundo, pese a lo anterior, nada quedó asegurado el domingo 26 de Mayo. Importantes triunfos en Francia, liderados la candidata Marine Le Pen, en Italia comandados por Matteo Salvini, y un sólido Partido del Brexit en Reino Unido, han demostrado que cada vez son más fuertes, populares y apuestan por una unidad regional en un corto y mediano plazo.