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Sobre “Derecha y feminismo”

Publicado el 31 de enero, 2020

Señor Director:

En su columna del 28 de enero, Daniela Carrasco esboza numerosas y reiteradas pretensiones en cuanto a que, dado el supuesto carácter marxista del feminismo que domina la escena política actual, sería inconcebible entonces que mujeres parlamentarias de partidos de derecha, junto a otras figuras del sector, se declaren seguidoras del feminismo, puesto que estarían dando apoyo a un movimiento que busca aparentemente socavar los fundamentos de las ideas que declaran defender.

“Muchas veces se ha señalado que existe una opción de adherir a un feminismo liberal. Sin embargo, dicho feminismo ya está tan superado como obsoleto. El feminismo contemporáneo nada tiene que ver con liberalismo, pues se vincula más bien a un estadio avanzado del marxismo.” Esta y otras afirmaciones denotan un nivel de desconocimiento grosero en la autora sobre el tema del cual se dirige, el que no solo es a todas luces preocupante tratándose de una cientista política que se desempeña como investigadora en un centro de estudios, -entidad que por lo demás lleva el nombre de un desaparecido político que, no obstante su visión conservadora, habría exigido el máximo de rigurosidad en las ideas a desarrollar bajo su nombre- sino que además hace presumir mala fe de su parte.

El decir con tanta seguridad que “el feminismo liberal está obsoleto” es prácticamente ignorar que gran parte de las bases del feminismo moderno las sentó uno de los pensadores liberales más importantes de todos los tiempos: John Stuart Mill. Fue Mill quien, junto a su esposa Harriet, publicaron en pleno siglo XIX las obras Los ensayos sobre el matrimonio y el divorcio y La sujeción de la mujer, donde además de ser acérrimos críticos de la situación de inferioridad que vivían las mujeres en su época, abogaban por el derecho de la mujer al divorcio y a su independencia económica. Mill consideraba que seres humanos eran libres e iguales, y desde ese punto de vista se oponía a cualquier dominio del hombre sobre la mujer, principio rector no solo del liberalismo sino que también de los feminismos. Ignora abiertamente también la vigencia que aún hoy tienen las ideas que la escritora norteamericana Betty Friedan -considerada una de las pioneras del feminismo de corte liberal- volcara en su célebre obra La mística de la feminidad en la década de los sesenta sobre los obstáculos que enfrentan las mujeres que desean conciliar familia y carrera. Fuera del análisis del feminismo liberal, también vale la pena reflexionar sobre el aporte del feminismo de la diferencia -siendo una de sus pioneras la filósofa belga Luce Irigaray en su obra Speculum-, según el cual se plantea la igualdad entre mujeres y hombres, pero no la igualdad a los hombres porque significaría absurdamente aceptar la supremacía masculina.

Asimismo, sus restantes afirmaciones en la columna asignándole un carácter prácticamente desquiciado a cualquier manifestación de feminismo, dando a entender que es sinónimo inevitable de marxismo y anarquismo, no se encuadran ya solamente en ignorancia sino que también en falta de pensamiento crítico. Ser feminista no significa necesariamente querer el fin de la libertad económica -que ha sido innegablemente una gran ayuda a las mujeres-, ni de ser partidaria de matar hombres a mansalva, ni de terminar con las libertades religiosas, ni de suprimir el debido proceso a la hora de establecer responsabilidades por actos violentos contra la mujer. Que innegablemente, haya mujeres que se autodenominen como feministas y lleven sus ideas a extremos insanos como los descritos, no corresponde más que a una minoría que si bien hace muchísimo ruido, es irrelevante en términos de importancia. Por algo la filósofa española Ana de Miguel admite, en cuanto a los diversas corrientes del feminismo, que “es más lo que nos une que lo que nos diferencia.” La falacia del muñeco de paja que practica Carrasco en su mentada columna, y que tristemente se repite una y otra vez en los círculos conservadores pese a todos los intentos de aclaración y conversación al respecto, no solo es deshonestidad, sino que también es sumamente dañina para el diálogo constructivo cuando lo que parece prevalecer en dichos ambientes no es el aparente interés por la libertad, dignidad y trascendencia humanas, sino que preservar a toda costa una pureza ideológica mediante la intransigencia.

De: Yasmín Gray Juri, abogada
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