Señor Director:
Chile se ha llenado de perros. En efecto, plazas, campos, parques, bosques, veredas, aviones, parroquias, escuelas y universidades, restaurantes, hoteles, clubes y playas, repletas de perros. Nuestra enferma sociedad reemplaza aceleradamente hijos por perros. Los hay quiltros, de raza, grandes y chicos, bravos y sumisos, peligrosos e inofensivos.
Los dueños esperan que encontremos bonitos a sus perros. Si uno reclama por su presencia en algún lugar, inmediatamente es tildado de discriminador con los animales y de poco tolerante. En la facultad de derecho de la U. de Chile, se permitió en junio de este año que la perrita Norma compartiera con alumnos estresados como “apoyo emocional”. Los matrimonios jóvenes, prefieren tener perros en vez de hijos. La normativa legal defiende muchas veces a los perros, más que a los seres humanos. En el aeropuerto, la fila para embarque de perros (casos especiales) es más rápida que aquella para pasajeros comunes. En los aviones se inventó una farsa, que consiste en que los perros serían “apoyo psicológico” para sus amos y por eso pueden viajar en la cabina de pasajeros. En el campo, las jaurías de perros asilvestrados matan ganado y aves y no se les puede tocar. También los perros están eliminando la fauna silvestre, poniendo en jaque un valioso patrimonio nacional. En las playas irrumpen los perros, aunque letreros indiquen que no se permite su acceso. No respetan a quienes toman sol o descansan. A los perros se les considera parte de la familia, se les mete adentro de la casa y en un alto porcentaje, éstos duermen sobre la cama y no pocos (un tercio) dentro de la cama. Saquen ustedes las conclusiones.
La enfermedad colectiva nos lleva a que en la calle hay que andar con cuidado para no tocar a un perro, pues su dueño podría enojarse. Hay que soportar que entren a restaurantes, y vaya uno a protestar. En lugares públicos los excrementos están a la vista y solo unos pocos dueños se ocupan de recogerlos. En algunos países ya se realizan bodas de perros, también funerales. Cementerios, tiendas especializadas, hoteles y peluquerías caninas proliferan por doquier. En paralelo, millones de personas en África y otros lugares del mundo se debaten entre la vida y la muerte, por falta de alimentos, mientras mascotas elegantes disfrutan de menús especiales y cuidados de reyes. En este entorno, millones de adultos mayores, abuelos y enfermos enfrentan sus últimos días en la más triste soledad, sin tener a nadie que los visite o el día de mañana quien los entierre. ¿No parece más sensato que todo ese “cariño”, que miles le dan a los perros, se lo den también a seres humanos abandonados o a miembros de sus propias familias? Ejecutivos jóvenes se apuran y salen raudos del trabajo para llegar a ver a su perro y sacarlo de paseo. ¿Cuánto tiempo perdido en obsesiones enfermizas por un perro?
Algunos dirán que los perros traen alegría al hogar. ¿No la trae también un nuevo ser humano, fruto del amor entre un hombre y una mujer? Parece oportuno detenerse un momento y analizar este fenómeno de locura colectiva por los perros, en que alcaldes gastan recursos en plazas especiales para que los perritos jueguen. Los turistas extranjeros se impresionan por la cantidad de perros callejeros que hay en todos los pueblos de Chile. La soledad, la pobreza, la depresión y la falta de amor son situaciones reales y masivas en el mundo de hoy. Cuando la sociedad pone a los perros al nivel de los seres humanos y no se da cuenta de ello, estamos frente a un fiel reflejo de un grado de decadencia preocupante y urgente de resolver. La escala de valores y las prioridades están trastocadas y para mal. De no cambiar esta delirante tendencia, veremos pronto matrimonios entre perros y seres humanos.
Chile en el pasado: capital mundial del “quiltro”; ahora debemos agregar que quiltros y razas finas entraron a la familia chilena. Animalistas-abortistas de seres humanos son grandes defensores de los perros. ¿Vaya a reaccionar con fuerza un agricultor afectado por la muerte de su ganado, atacado por perros? Le esperarían duras condenas. Los veterinarios están felices, como también las clínicas, pues su mercado creció y se hacen indispensables en esta nueva “sociedad de perros”. También lo están las empresas que producen alimento para perros, que han encontrado un nuevo negocio rentable y en expansión. Mi crítica se orienta a que debe haber una redefinición y una reglamentación de los espacios y “derechos” que tienen los dueños de perros. A muchos les gustan los perros, pero éstos deben tener sus espacios y no invadir terrenos privativos del ser humano. Menos aún, elevarlos a una categoría que no corresponde. Como lo indicó un estudio realizado de una importante universidad, cuando los dueños les crean a los perros perfiles en redes sociales y les celebran los cumpleaños, estamos frente a trastornos psicológicos, que requieren atención. O recuperamos el sentido común rápido, o nuestro querido Chile se trasformará en una perrera y nuestros legisladores empezarán a discutir leyes de Isapres para perros, seguros a desempleados para mantener a sus perros, subsidios para construir lugares adecuados para perros en las viviendas y escuelas para perros. Hemos llegado a un límite sencillamente inaceptable. Como muchos políticos y autoridades solo buscan votos, son cómplices de esta locura y nada hacen, más que sacarse fotos con sus mascotas en época de campaña.
