Señor Director:

Para el liberalismo clásico, la libertad de expresión permitía a los hombres decir públicamente todo aquello que les dictaba su conciencia y permitía su inteligencia. Esto cambió en Europa luego de la Segunda Guerra con el “negacionismo” del Holocausto. El historiador David Irving, el niño símbolo correspondiente, jamás ha sostenido que los nazis no mataron millones de judíos, sino que discute la cantidad oficial, métodos, circunstancias y principales culpables, basado en auténticos documentos de la época. Hoy es un paria.

Europa actualmente transita la vía a la absoluta censura. Heiko Mass en 2015, ministro alemán de Justicia, llamó a Facebook y otras redes sociales a controlar el lenguaje abusivo. Hoy están sometidas a multimillonarias multas si no retiran de su contenido lo que les exija la autoridad. En Inglaterra los niveles de crímenes violentos -en especial en Londres- están por las nubes, pero destinan parte importante de su fuerza policial a monitorear los comentarios ofensivos en la red. La ordinariez y estupidez en la palabra son punibles hoy en gran parte de Europa, y ahora van por las “fake news”. Hace poco la Corte Europea de DD.HH. mantuvo un fallo desfavorable a una mujer austríaca que señaló que Mahoma era un pedófilo por haberse casado con una menor de 6 años, convalidando el delito de blasfemia en los códigos penales europeos, y todo para asegurar “la paz religiosa”.

En EE.UU., Ted Lieu, representante demócrata del estado de California, señaló que él feliz regularía lo que se puede decir o no, pero que se lo impide la Primera Enmienda. ¡Terrorífico! Esto demuestra prístinamente que una vez plantado el primer ladrillo no hay vuelta atrás, reafirmando que siempre quienes deciden qué significa toda esta vaguedad conceptual es la autoridad de turno. Suerte con eso de poder criticar al próximo tirano.