Señor Director:

Dice el Antiguo Testamento de la Biblia cristiana que cuando Adán y Eva desobedecieron la única instrucción que su creador les dio, éste los expulsó del Paraíso terrenal en que los había instalado. Al momento de la expulsión, dice la misma fuente, les sentenció: a trabajar a él y a parir los hijos, con dolor, a ella.

Después de los graves hechos protagonizados por estudiantes del Liceo de Aplicación, no habrá quién no abogue por fortalecer la mano de los directores. Se trata de darles atribuciones para que tomen medidas en estos casos de modo que se pueda normalizar cuanto antes las actividades escolares. Dichas atribuciones incluirían, obviamente, la posibilidad de expulsar a los que cometan  delitos graves en el interior de los establecimientos.

No se explica por qué los Directores carecen actualmente de las facultades necesarias para aplicar sanciones disciplinarias en el establecimiento que dirigen. A simple vista parece obvio que las debiesen tener. Deberíamos entonces estar hablando de restablecer atribuciones más que de otorgarlas y de paso podríamos preguntarnos de cuáles otras carecen para incorporarlas en el mismo proyecto de ley.

La otra cara de la misma medalla es que como sociedad no queremos expulsar a nadie, nunca. Los alumnos, por muy bien expulsados que estén del Liceo en que delinquieron, siguen siendo nuestra responsabilidad. En primer lugar de sus familias, sin duda, pero eventualmente de todos nosotros. Porque todos queremos que terminen su educación media y que en su momento accedan a la educación superior, gratis si es necesario. Los jóvenes expulsados irán con su mancha de ahí en adelante a conseguir completar en algún otro establecimiento la enseñanza media, ¿quién los aceptará ?

Cuando declaramos indeseables a jóvenes adolescentes, inimputables en la mayoría de los casos, parecería que estamos resolviendo un problema, pero al mismo tiempo urge preguntarse cuáles les -y nos- estamos creando y cómo los pensamos enfrentar. La solución a medio camino puede ser más grave para ellos y por ende para todos nosotros. Si no se ponen en práctica mecanismos de contención para quienes sean expulsados de modo de acotar el daño y propiciar soluciones más comprensivas, nos estamos haciendo daño entre todos y no estamos solucionando, a la postre, el verdadero problema.

Estoy diciendo que los jóvenes que alguna vez lanzaron bombas Molotov a Carabineros actuaron al margen de la ley y de las normas de la convivencia democrática, pero también estoy diciendo que tienen remedio, que debe hacerse posible que puedan volver a la discusión democrática de sus planteamientos y a expresar su rebeldía en formas que se enmarquen dentro del intercambio democrático. Al expulsarlos de un Liceo  no juzgamos sus ideas, condenamos sus acciones, pero no les quitemos el apoyo que merecen y requieren como jóvenes miembros de nuestra sociedad democrática.