En la antigua Roma a los esclavos se les amarraba desnudos a ruedas mecánicas que giraban lentamente. De esa forma el publico presente podía apreciar -en todas sus magnitudes- los atributos de los cuerpos encadenados, lo que a su vez aseguraba una compra objetiva y la plena satisfacción del comprador. Lo anterior, ocurría con el beneplácito de los ciudadanos y el desprecio absoluto hacia los escasísimos reaccionarios que se oponían.

En 1184, en el sur de Francia, los herejes no merecían vivir y así nació la Inquisición. Un homicidio era un delito gravísimo, pero peor aún se consideraba una herejía. Ésta era un mal mucho mayor: al “pervertir” la verdad, se mataba el alma y se le enviaba sin escalas al infierno. Y así, con el consentimiento de millones de europeos decenas de miles fueron enviados a la hoguera. Desde siniestras “brujas” hasta Galileo y Juana de Arco. Más de seis siglos demoraron intelectuales y masas en reaccionar frente a semejante brutalidad.

Luego vino el nazismo, donde millones de judíos fueron asesinados. El régimen dispuso eliminarlos. Mal que mal provocaban ciertas incomodidades.

¿Cuántos siglos necesitarán las complacientes mayorías actuales para reaccionar contra la posibilidad de decidir sobre las vidas de otros?

El argumento de que las mujeres pueden disponer libremente de su cuerpo es una cosa, pero al abortar están disponiendo de la vida de un tercero, como otros hicieron con esclavos, herejes y judíos.

Todavía peor: estos seres humanos no pueden defender un minuto sus existencias.