Señor director:

Desde que comenzó la tramitación del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP-11) han circulado argumentos falsos y anacrónicos sobre las repercusiones que tendría el acuerdo, no solo en nuestra economía, sino en nuestra calidad de vida.

Una economía pequeña y abierta como la nuestra no puede aspirar a mantener elevados niveles de crecimiento sin profundizar su estrategia exportadora. Según un informe de la Dirección de Relaciones Económicas Internacionales del Gobierno de Chile, más de 3 mil productos silvoagropecuarios que Chile envía a esos mercados mejorarán sus preferencias arancelarias.

Esto trae inusitados beneficios para las regiones de nuestro país. Por mencionar algunos ejemplos: en la región de O’Higgins el 50% del empleo regional es generado por actividad agrícola, ganadera, industrial y minera. En Coquimbo, a su vez, un 30% de las inversiones de 2018 fueron a países que están dentro del Acuerdo. En Los Lagos, por último, más de un tercio del mercado laboral se dedica a áreas beneficiadas por el TPP.

Podríamos seguir con cifras, pero el punto está claro: la suscripción de estos acuerdos, además de abrir valiosos mercados para nuestros productos y potenciar la capacidad productiva local, eleva nuestros estándares y desafía al país para ir alcanzando progresivamente un perfil de economía robustecida y desarrollada. Aprobar el TPP-11 no es un lujo, es una necesidad.