Señor Director:
El señor Fernando Thauby García responde a mi columna del miércoles 7 de mayo con una carta notable. Lo notable es el cúmulo de errores factuales, argumentativos y normativos.
Partamos por el error factual. Según Thauby, el objetivo de mi columna sería explicar porqué “los miembros de la iglesia podrían ser objeto de mofa y desprecio … en la televisión pública”. Evidentemente, esto es un error de lectura. El objetivo es criticar las atribuciones del CNTV para limitar (mediante multas) la libertad de expresión de un humorista y un medio por recurso a las sensibilidades religiosas de los televidentes. Si se “insulta” (sus términos) a un dignatario o miembro de alguna iglesia, éstos tienen, y deben tener, como todo ciudadano, la posibilidad de querellarse.
El error argumentativo es suponer que lo que debe valer como motivación para la acción individual coincide con los criterios para regular las conductas mediante leyes generales. Así, Thauby me pregunta si me “atrevería a insultar…. de la misma manera [que a los miembros de la Iglesia Católica] al Gran Rabino de Chile, o al más alto dignatario musulmán en Chile…”. Como él supone que no me atrevería, entonces –apelando implícitamente a un principio igualitario–, pregunta: “O es que la Iglesia Católica y en particular sus creyentes no merecen el mismo respeto, recato y sensibilidad”.
Dejando de lado la particular inquina que me atribuye hacia la Iglesia Católica (¿en base a que fundamentos?), el error argumentativo es suponer que, si un individuo no está dispuesto (en razón de sus creencias, valores o preferencias) a hacer X, entonces X puede ser prohibido. Pero esto es un error argumentativo mayor. Ya en primer año de derecho se aprende que la moral y lo legal no son lo mismo, que tienen lógicas diferentes, y por tanto no siempre coinciden. Una ilustración puede aclarar el punto: imagine que tiene que elegir entre pasar el fin de semana en la playa o visitar a su madre gravemente enferma. Evidentemente, sería una elección moralmente criticable decidirse por la playa. Pero esto no implica que este criterio se pueda imponer a todos mediante una regla coactiva.
Y esto nos lleva al último error, el normativo. Refiriendo a su experiencia personal, él afirma que nunca vio “nada de eso” (es decir, mofas, desprecio e insultos hacia los miembros de una iglesia) en Malasia, Israel y Tailandia. Por lo que debiésemos entender que estos son ejemplos a emular.Pero todos estos países restringen, en modos diferentes, la libertad de expresión (y religiosa) en una serie de aspectos.En Malasia (lugar 123 de 180 según el último ranking de libertad de prensa elaborado por Reporteros Sin Fronterasque mide la libertad de los periodistas y aproximativamente la de los medios –a modo de comparación, Chile está en el 46) se práctica la autocensura de los medios en lo que respecta a aspectos religiosos. El artículo 160 de su constitución define a los malayos como musulmanes, excluyendo a los conversos (a pesar de que sólo el 60% de la población es de religión musulmana). Y en Tailandia (lugar 136 de 180) el gobierno puede restringir la libertad de expresión para prevenir ofensas al budismo. Israel está en lugar 88. Su código penal restringe –penalizándolo hasta con un año de cárcel (art. 173)– expresiones que ofendan las creencias y sentimientos religiosos, lo que de facto implica una ley anti-blasfemia.
¿Es esto lo que queremos emular?
Thauby parece pensar que sí. Después de todo, en base a su experiencia en estos tres países, afirma que “nadie tiene derecho a ponerla [la religión] en situación de cuestionamiento y ridículo”. Pero esto no es razonable. Hay demasiadas buenas razones a favor de una libertad de expresión no limitada por las sensibilidades religiosas. Si la libertad religiosa es una libertad completa, esto es, no sólo una libertad para practicar una religión, sino también para rechazarla, y para optar por otra o por ninguna, entonces no se debe limitar la libertad de expresión que hace posible que los individuos se confronten con diferentes aspectos de su religión y las opiniones sobre ella, aunque ofendan sus sentimientos. Y esto vale también para las expresiones artísticas, tales como las de los humoristas –ciertamente, con total independencia de la calidad de la obra.
De hecho, el humor se ofrece como un modo especialmente apropiado para cuestionar posicionamientos tradicionalistas e incluso fundamentalistas. Así ha sido históricamente, y esperemos que lo siga siendo en nuestros días en que los puritanos están de regreso. Considere algunas de las muchas afirmaciones de Voltaire acerca del cristianismo (y acerca del judaísmo, o del islam), por las que se le negó la sepultura cristiana (“nuestra religión es sin lugar a dudas la más ridícula, la más absurda, y la más sanguinaria que haya infectado al mundo jamás”). Sin la confrontación, la crítica y los debates que la libertad de expresión y ciertamente el humor hacen posible, probablemente la Iglesia Católica distaría mucho de a ser hoy –comparativamente– todo lo civilizada que ha llegado a ser.
