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Publicado el 04 de abril, 2019

Lucía Santa Cruz: «Hoy día es la Nueva Izquierda la principal impulsora de las restricciones culturales»

Autor:

Mariela Herrera

La historiadora, y reconocida figura liberal, se refiere a la amenaza que hoy existe contra la libertad de expresión, representada en la «censura social». Señala la académica que «las personas no deberían tener que pagar ningún costo, ni siquiera emocional, por la expresión de sus ideas, dentro de los límites de la democracia y el respeto a la libertad de otros». Pero plantea que con las redes sociales, donde hay gente que «se especializa en la descalificación personal para silenciar el debate, no es fácil disentir».

Autor:

Mariela Herrera

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«El precio de la libertad es la eterna vigilancia». Citando a Thomas Jefferson, la historiadora Lucía Santa Cruz, explica la necesidad de estar alerta ante cualquier amenaza que vaya contra la libertad de expresión. «La civilización siempre ha dependido de quienes se atreven a cuestionar doctrinas que, en definitiva, lo que hacen es poner en jaque la libertad humana», subraya.

La académica y Master of Philosophy de la Universidad de Oxford hoy participará en el seminario «La libertad de expresión en una nueva encrucijada», organizado por los centros de pensamiento Libertad y Desarrollo, Fundación para el Progreso, Fundación Jaime Guzmán, Fundación Chile Siempre y Horizontal. El panel también estará conformado por Mauricio Rojas, doctor en Historia Económica y ex ministro de Cultura, y por el director de El Líbero, Eduardo Sepúlveda.

Horas antes de su presentación, Santa Cruz plantea su visión sobre los «nuevos peligros» que atentan contra la libertad de expresión.

-Tomando el nombre del seminario, ¿cuál es a su juicio «la nueva encrucijada» que enfrenta la libertad de expresión?

-La verdad es que, a través de la historia, la libertad de expresión ha estado siempre en una encrucijada. Es un derecho ganado a un costo muy alto y que ha estado siempre amenazado por los gobiernos, por los estados, por las iglesias y también por la presión social. De hecho, es solo en la modernidad que la libertad de pensamiento, de religión y de expresión quedaron proclamadas como derechos inalienables de la persona humana. Por lo que yo entiendo, su consagración más explícita fue en la Primera Declaración de los Derechos del Hombre de 1789 en los inicios de la Revolución Francesa en la cual, en orden a defender lo que llama «la libre comunicación de pensamientos y opiniones», obliga a respetar «el derecho de cualquier ciudadano a hablar, escribir, e imprimir libremente». Todas las declaraciones de derechos desde entonces -incluida la actual de la ONU- han estado regidas por los mismos principios. A mi juicio, entonces, no puede existir una contradicción entre derechos humanos y libertad de expresión, porque es casi la más fundamental. Sin libertad de expresión no hay pensamiento ni posibilidad de avances del conocimiento. Por eso, con razón Jefferson decía que «el precio de la libertad es la eterna vigilancia».

-Se plantea que ya no es el Estado el que censura, sino que existe una «censura social». ¿Cómo analiza este fenómeno? ¿Es más difícil de identificar y, por lo tanto, de combatir?

-Efectivamente, el temor a lo que Tocqueville llamaba la «tiranía de las mayorías» ha estado presente en todos los pensadores que defienden la libertad. Lo dicho por John Stuart Mill, uno de los grandes filósofos del siglo XIX es igualmente válido hoy. Él sostenía que para combatir la tiranía no bastaba con resguardarse de la autoridad: se necesita también protección contra «la tiranía de las opiniones y sentimientos prevalecientes; contra la tendencia de la sociedad a imponer, por medios distintos a las sanciones penales, sus propias ideas y reglas de conducta en todos quienes disienten de ellas». Yo creo que, ciertamente, hoy día el mundo occidental está amenazado por el predominio de ideas derivadas del postmodernismo que se tratan de imponer por medio del escarnio social.

La mayoría de las tiranías son precedidas por un conjunto de ideas que limitan la libertad de las personas y lo primero que tratan de hacer es destruir o silenciar cualquiera expresión disidente; y las primeras víctimas son los hombres de ideas y los espíritus libres».

-¿Quiénes son estos “nuevos censores”? ¿Tienen creencias, color político, edad, género? ¿O es algo más transversal?

-Pienso que esta tendencia tiene sus orígenes muy marcados en la academia norteamericana, con el surgimiento de la «política de identidad», llámese multiculturalismo, feminismo radical, racismo (no solo de supremacistas blancos sino también de grupos afroamericanos radicales), pero que tiene sus ecos en el mundo entero. Por la vía de censurar ciertos temas, ciertas expresiones lingüísticas, de imponer ciertas bibliográficas, al margen de su calidad, y prohibir otras, se quiere imponer una ortodoxia sofocante que está impidiendo la discusión libre de las ideas. Si antes se podría decir que el pensamiento más religioso o conservador trataba de primar y limitar a otros por medidas coercitivas, hoy día es la Nueva Izquierda la principal impulsora de las restricciones culturales y de imponer modelos únicos y homogéneos en el ámbito del pensamiento y la expresión. No olvidemos que la mayoría de las tiranías son precedidas por un conjunto de ideas que limitan la libertad de las personas y lo primero que tratan de hacer es destruir o silenciar cualquiera expresión disidente; y las primeras víctimas son los hombres de ideas y los espíritus libres.

-Llevado este tema hacia el periodismo, ¿la «actual encrucijada» no se relaciona con los medios de comunicación, si hay muchos o pocos, si están concentrados o no, sino más bien con lo que hoy están informando? ¿También en ellos usted identifica una «autocensura social»?

-Los medios de comunicación muchas veces actúan como la caja de resonancia de esta tendencia cultural y van arrastrando aguas hacia el molino de la represión social o cultural. Por cierto, muchas veces hay una selección de temas y de personas que tienen más que ver con la promoción de ciertas causas y cruzadas que con la búsqueda de la verdad imparcial.

Hoy día, con las redes sociales en las cuales seres humanos, en forma a veces organizada, se especializan en la descalificación personal para silenciar el debate, no es fácil disentir».

-Usted ha planteado que hoy en día «se yergue la sombra odiosa de la censura a la libertad académica para investigar y difundir el pensamiento y el conocimiento sin temor a represalias políticas, económicas, físicas o sociales». ¿En qué consiste este fenómeno? ¿Ya está presente en las universidades de Chile? 

-Una universidad debe tener como objetivo principal enseñar a pensar, a desarrollar un pensamiento crítico sobre la base de argumentos bien fundados. Para que ello sea posible los profesores y los estudiantes deben poder enseñar, aprender, investigar y divulgar sin recibir presiones de ninguna índole. He presenciado con mis ojos a un profesor, con gran ascendencia sobre sus alumnos, denunciar a un estudiante frente a sus pares como «inhumano», porque defendía la educación particular subvencionada. A mí me parece que esa es una práctica ilegítima. Mi tutor en Oxford me decía que él se vanagloriaba de que ninguno de sus alumnos podría jamás saber cuál era su posición política. Yo estuve orgullosa de mí misma cuando en la década de los setenta una estudiante en la PUC fue a denunciarme de «marxista» a la Casa Central , porque yo incluía bibliografía de autores de esa adscripción. Para mí eso quería decir que yo estaba haciendo bien mi trabajo incitando a los alumnos a reflexionar más que a aprender de memoria aspectos de la Revolución Francesa. Lo mismo me ocurría, semana por medio, cuando estaba en «De Cara al País» y mis pobres hijos eran acusados de tener una madre «comunista», simplemente por tratar a todos los entrevistados de la misma forma al margen de su posición política. Eso no siempre es fácil, pero hay que tender a eso. La Raquel Correa decía que ella jamás en la vida haría una cruzada pública por ninguna causa y agregaba «¡ni siquiera firmaría una petición a favor mío para salvarme de la pena de muerte!»

Cuando se sugiere censurar textos para eliminar estereotipos, cuando se postula que los cuentos infantiles tienen que tener la misma cantidad de personajes hombres que mujeres (…), cuando se presentan proyectos de ley que tratan de imponer una verdad histórica, creo que se está entrando en terreno minado».

Las amenazas a la libertad académica las veo más incipientes que en otras partes, pero no menos amenazadoras. Cuando se sugiere censurar textos para eliminar estereotipos, cuando se postula que los cuentos infantiles tienen que tener la misma cantidad de personajes hombres que mujeres, cuando se obliga a incluir sesgos de género en las investigaciones, cuando los fondos públicos de investigación se le niegan a un investigador porque el tema o la bibliografía no incluye autores políticamente alineados con estas directrices consideradas políticamente correctas, cuando políticos de derecha son agredidos en una universidad violentamente para impedirles hablar, cuando se presentan proyectos de ley que tratan de imponer una verdad histórica, creo que se está entrando en terreno minado.

La civilización siempre ha dependido de quienes se atreven a cuestionar doctrinas que, en definitiva, lo que hacen es poner en jaque la libertad humana».

-¿Cuál es la gravedad de esta nueva situación donde muchos, como usted lo ha planteado, son cuestionados por enfrentarse a las «verdades reveladas» de la agenda actual? Tras hacerlo, precisamente, sufren de la «censura social».

-Creo que las personas no deberían tener que pagar ningún costo, ni siquiera emocional, por la expresión de sus ideas, dentro de los límites de la democracia y el respeto a la libertad de otros. Pero hoy día, con las redes sociales en las cuales seres humanos en forma a veces organizada se especializan en la descalificación personal para silenciar el debate, no es fácil disentir.

-¿Cómo se combate este nuevo desafío para que prevalezca la libertad de expresión en este nuevo contexto?

-Se combate con coraje y teniendo presente que la civilización siempre ha dependido de quienes se atreven a cuestionar doctrinas que, en definitiva, lo que hacen es poner en jaque la libertad humana.

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