Publicado el 14 de marzo, 2019

Los venezolanos que llegan sin nada, tienen tres meses para establecerse en el Refugio Puente Alto

Autor:

Emily Avendaño

Dos años y medio lleva funcionado el refugio para venezolanos ubicado en Puente Alto. Allí conviven 85 personas, de las cuales 23 son niños de entre 0 y 10 años de edad y 1 es una adulta mayor de 78 años. En total, por el centro han pasado más de 480 ciudadanos nacidos en el país petrolero. La demanda por una cama en el albergue aumentó en 2018, cuando la hiperinflación, y la escasez de alimentos y medicinas aceleraron la migración forzada.

Autor:

Emily Avendaño

Recibe en tu correo Lo mejor de la prensa
Suscribirse

Nadie llega al refugio para venezolanos ubicado en Puente Alto a vivir definitivamente. Como máximo son tres meses, a veces cuatro, los que un individuo o una familia puede permanecer en el albergue. Al entrar, se atraviesa un pasillo con piso de tierra que se prolonga durante varios metros. Luego se abre el área para dar paso a las cocinas, los baños, las habitaciones y un patio. Allí juegan los 23 niños, de entre 0 y 10 años de edad, que viven en el lugar. En total, son 85 los venezolanos que residen en el lugar.

Reciben un techo y comida. Acceso a servicios como agua potable y electricidad y no deben pagar nada mientras no hayan encontrado empleo. Al hacerlo se les pide una colaboración de 30.000 pesos. Daniel Rincón, director de la institución, explica que se trata de un lugar para la transición, para aquellos que llegan a Chile y no tienen a nadie que los reciba, ni recursos para arrendar un lugar propio. Explica que al principio llegaban personas solas, que venían a Santiago con la intención de abrir caminos para luego traerse a sus allegados. Ahora, desde que la escasez de alimentos y medicinas se hizo más fuerte y la inflación anual ronda el millón por ciento, reciben a familias enteras.

“No les podemos permitir quedarse más de tres meses, tenemos algunas excepciones y les permitimos cuatro. Pero si los dejamos más tiempo le quitamos la oportunidad a los otros venezolanos que siguen llegando”, explica Rincón.

De acuerdo con el INE, en Chile residen 288.233 venezolanos. Se trata de la mayor comunidad de extranjeros en el país. El refugio les da la oportunidad, a quienes recurren a esa ayuda, de tener un alojamiento mientras encuentran trabajo e inician los trámites para legalizarse; pues no todos están dispuestos a esperar en Venezuela por la Visa de Responsabilidad Democrática, un instrumento implementado por la administración del Presidente Sebastián Piñera, en abril del año pasado, para que las personas de ese país puedan entrar a Chile ya con permanencia temporal y un número de RUT.

El centro comenzó a operar hace dos años y medio, por iniciativa del pastor evangélico Bernabé Bazán. De hecho, al final la explanada de la entrada se alza un templo. En la pared al fondo de ese recinto hay dos banderas de gran tamaño: una de Chile y la otra de Venezuela.

“Salí por el hambre, la desidia y la persecución”, resume Ibis Rodríguez, de 53 años de edad. En Venezuela vivía en Puerto Ordaz –al sur–. “No se conseguía comida en ninguna parte, y cuando había teníamos que hacer largas filas. Además de la inseguridad. Salimos huyendo de un gobierno cuyo deber era protegernos”. Eso fue en octubre de 2018.

Se fue de su país junto a su hija de 35 años, y sus nietos de 6 y 9 años. Salieron por la frontera con Brasil e hicieron un viaje por tierra de 9 días hasta llegar a Santiago. Al llegar vivieron en una habitación durante cuatro días. Cuando se les hizo insostenible fueron al refugio a hablar con el pastor, quien después de hacerles una entrevista les permitió quedarse.

Rincón explica que al llegar todos pasan por un proceso de selección que incluye, además de la entrevista, asegurarse de que no tengan antecedentes penales y que tengan en regla sus documentos de identidad, así como la constancia que la PDI les entrega al ingresar al país. Además, se fijan de que se trate de personas respetuosas y que cumplan con las reglas, para garantizar la buena convivencia y que se sigan los cronogramas de limpieza.

La hija de Rodríguez es periodista. El director del refugio calcula que 90% de quienes llegan a vivir allí son profesionales. La mayoría conoce del lugar a través de las redes sociales o porque un conocido que vivió en el sitio les informa.

“Mi hija tenía un empleo, pero con lo que ganaba no nos alcanzaba para nada. Yo tuve que dejar el mío porque gastaba más yendo a trabajar que el monto de mi salario”, dice Rodríguez, quien antes de renunciar trabajaba en una guardería.

De preso político a director del refugio

En Venezuela, Daniel Rincón vivía en el estado Zulia –al occidente–, en el municipio Rosario de Perijá. Era dirigente juvenil de Primero Justicia y luego se cambió al partido de Juan Guaidó, Voluntad Popular. Afirma que el alcalde de su localidad, del PSUV, le tenía «antipatía» pues constantemente lo denunciaba por hechos de corrupción, mal manejo del situado constitucional y de lo recaudado en los impuestos y por enriquecimiento ilícito.

A Rincón lo detuvo el Servicio Bolivariano de Inteligencia el 25 de enero de 2018 y se le acusó de incitación al odio, terrorismo y porte ilícito de armas de guerra. Él se asegura inocente y alega que las pruebas en su contra fueron “sembradas”. Estuvo detenido durante cuatro meses y se exponía a una pena de 28 años de cárcel. “Me liberaron con la condición de que me fuera”, dice. “No dudé y acepté. Hago más afuera que preso en el Sebin”. Salió de la cárcel, aunque su caso permanece abierto. “Me dieron un archivo fiscal. Los casos políticos no se cierran. Queda latente como un recordatorio de que no puedo volver”.

Viajó por tierra –con la cédula de identidad– porque no tiene pasaporte. A Chile llegó en agosto de 2018 con la figura de asilado. Conoció a Bazán y desde entonces trabajan juntos en el refugio.

El centro se mantiene con donaciones. “Mi trabajo consiste en conseguir lo que haga falta”, explica Rincón. De este modo ha tenido que hacer alianzas con comercios cercanos y supermercados de la zona, organizar jornadas de recolección de alimentos. Esa es su principal necesidad. Con las ayudas han logrado construir los baños –pasaron de tener uno a seis– y ahora con tablas, madera y materiales donados están ampliando la parte de atrás del refugio para poder recibir a más personas. También ha gestionado un freezer y una cocina industrial para hacer un poco más cómodo el lugar y mejoraron las instalaciones eléctricas con el apoyo de la Municipalidad de Puente Alto.

“Para mí esto es ser un servidor público. Estoy en mi área y eso es importante. Si sale Maduro yo me voy a devolver, pero los venezolanos puede que sigan llegando. Esta es mi manera de decir ‘yo estuve en Chile y dejé algo allí”, asevera.

“Quiero estar en Venezuela para ayudar a levantar el país”

En el refugio hay habitaciones para grupos familiares y quienes llegan solos se dividen por sexo. Carmen, de 78 años, lleva ya dos meses viviendo allí. Sus hijas se encargan de mantenerla. Una es abogada y ahora trabaja en una peluquería. El plan original era irse a Perú, allí fue su primera parada, después de un tiempo decidieron continuar hasta Chile.

Su yerno, Miguel Martínez, es publicista. Él llegó primero. “Buscamos una mejor calidad de vida porque allá se trabaja y alcanza para medio comer. Estoy aquí con mi esposa, mis dos niños y mi suegra. Para poder venir vendimos la casa, el auto, los artefactos eléctricos. Yo creo que nos podemos quedar dos o tres años; pero ahora sí hay esperanzas de volver”, asegura.

Los venezolanos que viven en el refugio confían en que en su país pueda ocurrir pronto un cambio y que el régimen de Nicolás Maduro se termine. “Nosotros no éramos un país de emigrantes. Nosotros éramos quienes recibíamos a personas de otros países. Antes de esto yo no tenía ni pasaporte. Sé que el cambio no será de ya para ya. Pero quiero estar en Venezuela para ayudar a levantar el país”, declara Ibis Rodríguez.

José Gerardo Rivero, de 28 años, también confía en que las cosas puedan cambiar pronto; pero antes de aventurarse a responder sobre si regresaría a Venezuela, dice que primero hay que “ver para creer”. Era estudiante de Diseño Gráfico, pero por la situación económica de Venezuela no pudo terminar la carrera. Dejó Venezuela en abril de 2017, con la intención de encontrar un trabajo fuera que lo ayudase a mantener a su familia que queda en Caracas. Primero vivió en Argentina, pero la inestabilidad económica de esa nación lo inclinó a continuar hasta Santiago. “Hemos sido muy bien recibidos. Esta ha sido una aventura, algo de lo que espero reírme en el futuro. Algo que me enseñó toda esta circunstancia con Maduro fue a crecer como persona”.

Quienes deseen colaborar con el refugio se pueden poner en contacto con ellos a través de Instagram, a través de las cuentas @drincon23 o @refugiopuentealto.

Para conocer más de esta iniciativa escucha el Podcast «La Diáspora» de El Líbero

 

Las columnas de Opinión son presentadas por:
Ver más

También te puede interesar: