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Publicado el 03 de junio, 2019

La cuenta pública de Piñera según Brunner: faltó audacia

Autor:

José Joaquín Brunner

No ha sido polémico con la oposición, que se anula política e ideológicamente a sí misma, pero tampoco ha creado perspectivas que pudieran servir para renovar el actual cuadro de estancamiento de las estructuras e identidades partidarias.

Autor:

José Joaquín Brunner

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«El 1 de junio de cada año, el Presidente de la República dará cuenta al país del estado administrativo y político de la Nación ante el Congreso Pleno». Tal es el mandato de la Constitución Política en su artículo 24.

Dar cuenta significa informar ampliamente de algo. Y, también, dar razón, explicar. A su vez, cuenta es acción y efecto de contar. En suma, del Presidente se espera -si seguimos al hilo del diccionario de la RAE- un relato; esto es, «conocimiento que se da, generalmente detallado, de un hecho». O, en su segunda acepción, una «narración» o «cuento». Por tanto, lo que se le pide es, justamente, un «mensaje»; un «discurso público solemne». En breve, la construcción del mundo como palabra; dar sentido y hacer sentido.

Es bien sabido que al gobierno Piñera le ha faltado relato; su comunicación ha sido errática, dispersa, sin foco, carente de eje, contradictoria a veces, siempre desordenada. Por lo mismo le ha costado darse a entender; dar sentido a la acción de su gobierno. Tal era el diagnóstico de base con que se presentó ante el Congreso Pleno.

El momento para desplegar su visión del país, de su marcha y futuro, era por lo mismo inmejorable. Por un lado, podía llenar el vacío de relato dentro del cual ha operado hasta ahora. Por otro lado, podía -y, en verdad, debía- hacerse cargo de las deterioradas circunstancias en que se desenvuelve: ralentización del crecimiento, crisis de confianza en las instituciones, brotes de violencia en territorios y colegios, pérdida de competitividad de la economía, rezago cada vez más serio de la productividad, crispación del clima político, débil respaldo en las encuestas y, más allá de nuestras fronteras, una amenazante guerra comercial entre las dos principales potencias, una ola de populismos autoritarios de derecha, un debilitamiento del orden internacional, una creciente intensificación del ciberbullying entre los Estados, etc.

Había entonces unas circunstancias más que favorables para elevar el mensaje del 1 de junio al nivel del drama que comienza lentamente a envolvernos, aunque se perciba todavía solo como un lento cambio de marea.

El Presidente Piñera dejó pasar la oportunidad.

Lo que hizo, en cambio, fue compensar la falta de relato gubernamental con un ejercicio retórico que gira en torno a tres afirmaciones principales. Primero, el gobierno está cumpliendo sus promesas iniciales a pesar del obstruccionismo opositor, y garantiza un crecimiento moderado en medio de las turbulencias de los mercados internacionales. Segundo, el gobierno tiene un cuento que contar, consistente en ir hacia un país plenamente desarrollado haciéndose cargo de las vulnerabilidades y expectativas de la clase media y reforzando la seguridad de las personas. Tercero, para mantener equilibradamente la marcha del país, el gobierno impulsará un clima de acuerdos que permita recuperar la confianza en las instituciones.

Hay en este discurso algunos elementos de interés como el énfasis en la infraestructura, la calidad de la educación, la importancia de las instituciones, una mayor priorización de la acción gubernamental y el tono de mayor conciliación y voluntad (declarada, al menos) de generar acuerdos.

Al mismo tiempo, sin embargo, el mensaje central sigue siendo ambiguo. No interpela con claridad a la sociedad civil y por ende el relato permanece borroso. No hay una promesa claramente definida ni hay un «dar cuenta» -razón, explicación, sentido- sobre la marcha de la nación más allá de la superficie. ¿Qué está fallando y qué frena y detiene las capacidades del país? ¿Por qué se halla bloqueada la productividad? ¿Qué falta para crear un verdadero impulso modernizador del Estado?

Efectivamente, el mensaje presidencial no se hace cargo de la declinación que experimenta la propia conducción de la sociedad. No identifica falencias en las élites ni llama con fuerza a su renovación. No hay apuestas de una relativa audacia. Se diagnostica una pérdida de legitimidad institucional pero, a la hora de las propuestas, en vez de apelar a un camino concreto de reformas del aparato estatal, se plantea un asunto completamente subordinado -el del número de parlamentarios- en vez de abrir debate sobre el régimen político, el fortalecimiento del Congreso y la revisión de otros aspectos claves de la gobernanza.

Algo similar sucede con el crecimiento de la economía. Se utiliza el lenguaje del «business as usual», medio punto porcentual más o menos del PIB, cuando en realidad lo que se necesita es mayor innovación en las políticas y más concentración sobre los factores subyacentes de la productividad y de competitividad. En este contexto resulta sintomático también que el tema de la educación superior, de la ciencia y tecnología, de la formación técnico profesional y de la gestión del conocimiento en general, prácticamente hayan quedado al margen del discurso presidencial.

El Presidente ha desperdiciado pues la oportunidad de superarse a sí mismo y construir un relato a la altura de las actuales circunstancias y sus necesidades de explicación, sentido y orientación.

Ha preferido mantener su liderazgo más bien práctico, de lo inmediato, con paquetes de medidas y la atención puesta en los vaivenes de las encuestas.

No ha sido polémico con la oposición, que se anula política e ideológicamente a sí misma, pero tampoco ha creado perspectivas que pudieran servir para renovar el actual cuadro de estancamiento de las estructuras e identidades partidarias.

En suma, Piñera ha dado una cuenta que puede ser calificada como de administración retórica, sin asumir riesgos ni crear nuevas posibilidades de comprensión de sí mismo del país y de sentido de la acción política.

José Joaquín Brunner, ex ministro de Estado

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