Si como DC renunciamos a ejercer nuestra influencia dentro de la Nueva Mayoría, no nos extrañemos que surjan nuevos referentes en el centro político -como ya está ocurriendo- que ocupen el espacio que estamos dejando vacío.
Publicado el 16.01.2016
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Un grupo de democratacristianos, preocupados por el rechazo ciudadano al gobierno, hicimos un llamado a dirigentes y parlamentarios de nuestro partido para impulsar las correcciones que permitan al país a seguir avanzando y recuperar la confianza de la gente. Lo hicimos pensando en lo paradojal que sería que el gobierno supuestamente más “progresista” desde la vuelta a la democracia, ponga en riesgo la senda de progreso de Chile en los últimos 25 años y termine frustrando la posibilidad de lograr el sueño de una nación desarrollada e inclusiva.

Nos inspira también la reafirmación de principios fundamentales de la Democracia Cristiana, que consideramos sobrepasados por una tendencia centralizadora que predomina en muchas de las reformas que se están implementando, agregado a una gestión caracterizada por la improvisación, la premura y la imposición de proyectos legislativos, sin un adecuado diálogo democrático.

Ejemplos hay varios. Las reformas en educación se han fundado en diagnósticos cargados de ideologismo. El anhelo compartido de “igualdad con calidad” y de fortalecer la educación pública, se está haciendo debilitando la educación privada, aún a aquella sin fines de lucro. El caso más reciente es el proyecto de carrera docente que eleva significativamente la remuneración mínima de los profesores, pero establece el ingreso para todos los establecimientos públicos el año 2017, mientras los privados lo harán gradualmente entre el 2019 y 2025. Mantiene para los profesores del sector privado el régimen del Código del Trabajo, pero agrega el sistema de bienios del sector público. Es evidente que se trata de nuevas trabas. Por su parte, la gran promesa de gratuidad universal se ha iniciado llena de tropiezos. Ha sido irresponsable cambiar el sistema de financiamiento de la educación superior en la forma y tiempo en que se hizo considerando su complejidad y consecuencias. ¿No hubiera sido mejor iniciar la gratuidad vía becas al 50% de alumnos más vulnerables? ¿No es contradictorio dejar fuera a la educación técnica que concentra el mayor porcentaje de esos estudiantes? Pero resulta que ahora las becas son una política “neoliberal”. Y la educación técnica es privada. ¡Qué hablar de salud! El compromiso de construir 20 hospitales (eran 60), está detenido porque la ideología predominante está contra las concesiones, aunque la Presidenta hable de alianza público-privada. Se trata de otra política neoliberal. En vez de regular el aporte privado, el gobierno prefiere sustituirlo con recursos y gestión pública.

Con todo hay una valiosa excepción en la política energética impulsada por el ministro Pacheco. Convocó a todos los sectores, incluidos empresarios y ambientalistas, creó un grupo consultivo y un equipo técnico transversal, acordó una agenda con objetivos claros, ha destrabado un sector estancado durante varios gobiernos. Ha convertido al sector de energía en el de mayor inversión; se ha más que duplicado la construcción de obras en el sector; están descendiendo los precios y un alto porcentaje son proyectos de energías renovables. “El Estado puede hacerlo -dijo cuando presentó la Política Energética 2050- y lo ha hecho de la mano del sector privado, de las ONG´s, de las universidades, de las comunidades y de los líderes políticos y sociales”. Un ejemplo a seguir de progresismo con progreso.

Desde la identidad y la trayectoria de la Democracia Cristiana, siempre hemos creído que no hay progreso sin reformas sustentables, y eso requiere crecimiento económico. El desdén al crecimiento económico es un signo de populismo. En segundo lugar, para que haya progreso, el Estado debe asumir un rol promotor del desarrollo, que incentive (y no ahogue) la participación de la iniciativa privada y la colaboración de la sociedad organizada; que impulse la justicia y la igualdad de oportunidades; que garantice los derechos de las personas y la seguridad; que establezca las debidas regulaciones para impedir abusos y resguardar la libre competencia. En tercer lugar, el horizonte de un gobierno progresista es el bien común y no se deja avasallar por intereses corporativos o grupos de presión. Por último, el progreso requiere un clima de paz y de concordia y los más amplios acuerdos posibles para gobernar.

Demandamos de nuestro partido que ejerza el poder que tiene con su presencia en el gobierno y en el Congreso, sin complejos, no para obstaculizar ni moderar, sino para hacer valer nuestras visiones en un barco que se ha estibado hacia la izquierda y para lograr el progreso que aspiran los chilenos. Ese sería un enorme aporte al gobierno. Porque la Democracia Cristiana tiene una responsabilidad en su desgaste cuando no interpreta a los sectores que quieren reformas, pero sin poner el riesgo lo que hemos logrado con tanto esfuerzo. Si renunciamos a ejercer nuestra influencia dentro de la Nueva Mayoría, no nos extrañemos que surjan nuevos referentes en el centro político -como ya está ocurriendo- que ocupen el espacio que estamos dejando vacío.

 

Mariana Aylwin, CORE de la región Metropolitana y ex ministra de Educación.

 

FOTO: AGENCIA UNO