Estamos acostumbrados a mirar el mundo primariamente como un intento de regular el ejercicio de nuestra autonomía, con miras a apaciguar el conflicto que suele emerger ante deseos contrapuestos. Esta neutralización de las pasiones parece ser una de las pretensiones fundantes del mundo moderno. El arraigo de esta lógica individualista en nuestra cultura contemporánea es de tal intensidad que nos cuesta percibirlo.
Publicado el 29.11.2016
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En la novela gráfica Scalped, publicada en 60 entregas entre 2007 y 2012, Jason Aaron y R.M. Guéra cuentan la historia de Dashiell Bad Horse – “Dash” –, un hombre nacido en la reserva Prairie Rose, la que abandonó de niño, rompiendo todo lazo con su madre y deseando no volver nunca. Prairie Rose es una reserva de población nativa americana Oglala Lakota, que padece (y éste símil con la comunidad Lakota real no es exagerado) altísimos índices de alcoholismo, diabetes, consumo de drogas, prostitución, violencia callejera y marginalidad dentro de Estados Unidos.

A pesar de ello, el líder de la comunidad – Lincoln Red Crow – alberga una esperanza: tras años de conflicto, se acerca la inauguración de un gran casino, que promete enriquecer la región y sacarla al fin de la situación miserable en la que se encuentra. Esta búsqueda no obedece a un deseo personal, sino al anhelo de reivindicación de la comunidad nativa frente a la crueldad y dominación del hombre blanco. De forma inesperada, Dash aparece de vuelta en Prairie-Rose; pocas viñetas más tarde descubrimos que ahora es un agente encubierto del FBI, al que se ha encomendado la misión de encontrar evidencia para condenar al ambicioso jefe Red Crow, quien ha construido su imperio a punta de asesinatos, narcotráfico y redes de prostitución.

La novela, cuyo éxito editorial fue inmediato, destaca no sólo por la agilidad de su trama ni la estética de sus ilustraciones (que son, la mayoría de las veces, sobrecogedoras), sino por la ambición de contar una historia provocadora. En efecto, Scalped es un agudo intento por adentrarse en un mundo que equivale a una piedra en el zapato para un país que quisiera ser la cuna del desarrollo. La psicología de sus personajes – densa y compleja, sobre todo contradictoria – está repleta de alusiones al orgullo y la resignación que conlleva habitar la reserva. Los Oglala Lakota son un pueblo confinado a vivir enclaustrado en el terreno en que lo encerró el hombre blanco, dicen los nativos, pero cuya victoria sobre él fue, precisamente, sobrevivir, aun cuando esa victoria les deparara cargar con una vida dura y miserable. El amor a la tierra y la herencia es inseparable de la violencia originaria en la relación entre los colonos y los nativos, porque esa tierra es signo de una resistencia inquebrantable. Es por esto que el título de la serie alude a la violenta práctica de recolectar los cueros cabelludos (“scalps”) de los nativos, medio por el cual los colonos accedían al cobro de una recompensa. Posteriormente, esta práctica terminó siendo adoptada también por los nativos.

La psicología rica y ambigua de estos personajes, y su pertenencia a una comunidad que los antecede y define su identidad, desafía una explicación meramente individualista de los fenómenos sociales. Por distintas razones, estamos acostumbrados a mirar el mundo primariamente como un intento de regular el ejercicio que podemos hacer de nuestra autonomía, con miras a apaciguar el conflicto que suele emerger ante deseos contrapuestos. Esta neutralización de las pasiones parece ser una de las pretensiones fundantes del mundo moderno. El arraigo de esta lógica individualista en nuestra cultura contemporánea es de tal intensidad que nos cuesta percibirlo.

Dicho individualismo, por cierto, abunda en los motivos y deseos que retrata la novela, porque sus personajes conviven cotidianamente con la experiencia de la vida moderna. Pero de a poco, el relato nos conduce por un sendero en que estas intuiciones se desvanecen, y nos vamos encontrando comunidades, personas, identidades, que nos resultan ajenas. Con frecuencia, los personajes de Scalped parecen ir disolviéndose, hasta desaparecer en la trama en la que están inmersos (algo parecido a lo que pasa con Cien años de soledad), para poder decirnos algo sobre la reserva Prairie Rose. Aaron ha planteado que la reserva es, de hecho, el auténtico protagonista de su historia: en el curso de la narración, los personajes no serían sino un pretexto para mostrarnos las vidas pasadas de la reserva, sus olvidos, sus recuerdos inconfesables.

Quizá el gran mérito de esta novela es obligarnos a relativizar el dogma según el cual la historia tiende a un curso unívoco, determinado por una conquista definitiva de la autonomía. Prairie Rose representa una comunidad cuya cotidianidad expresa las ambigüedades y tensiones que enfrenta el mundo moderno al entrar en contacto con realidades que le resultan ajenas, incomprensibles. El fin de la Guerra Fría prometía traer consigo el “fin de la historia”, el nacimiento de un mundo regido únicamente por la consecución de nuestros deseos individuales; tal vez sea hora de reconocer que pasamos de una utopía a otra.

 

Santiago Ortúzar, asistente de investigación Instituto de Estudios de la Sociedad