En la actualidad, extrañamente, el riesgo de pasar de las palabras pendencieras a la acción agresiva se advierte y rechaza a nivel de relaciones interpersonales, pero no en relación al debate público. Ahí los chilenos parecemos ser más condescendientes e hipócritas con las actitudes ofensivas e intolerantes hacia los otros, los que opinan distinto y no concuerdan con la mayoría.
Publicado el 12.11.2016
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«¿Esto es lo que querí, hueón maricón?» gritó Bárbara Figueroa desde un palco en el Congreso. El objeto de sus cinco minutos de odio era el ministro de Hacienda, Rodrigo Valdés. Horas más tarde, la dirigente sindical escribiría en su Twitter que «Chile entero pierde cuando no hacemos las cosas bien y negamos el diálogo como camino». Pero ella ya lo había negado al insultar a quien supuso en desacuerdo con lo que creía válido. A miles de kilómetros de distancia, un sujeto que durante su campaña había dicho que «podría disparar a gente en la Quinta Avenida y no perdería votos», resultaba electo Presidente de los Estados Unidos.

Parece ser que el mundo está entrando en una fase de aquellas donde, de manera generalizada, se vuelve loco o incomprensible. Si uno mira por todos lados, predomina la bravuconada pendenciera y una creciente intolerancia a las opiniones distintas, incluso en nombre de lo políticamente incorrecto. Todo, además, con el beneplácito del respetable público, que parece sumarse cada tanto a los cinco minutos de odio orwelliano, olvidando que el lenguaje descomedido y ofensivo antecede muchas veces el descalabro conductual, no solo de los individuos, sino de sociedades enteras.

Cuando el desquiciado, demagogo, tirano y fanfarrón de Hitler realizaba su campaña a la Cancillería en Alemania, dijo con desparpajo: «Nuestros oponentes piensan que somos intolerantes. Pues bien, ellos tienen razón, somos intolerantes, mi objetivo es suprimir todos los partidos». Sin embargo, en ese momento, simplemente se le consideró un charlatán. Pocos alemanes pusieron mayor atención a lo que aquel sujeto estaba expresando en términos claramente anti políticos. La barbarie futura primero fue expresada como una triste paradoja, mediante un discurso vociferante. Nunca hay que olvidar que, muchas veces y sobre todo en política, no son solo palabras al aire las que se expresan sino también intenciones potenciales. Del dicho al hecho hay mucho trecho, pero nunca es tanto.

La desmesura verbal podría indicar no solo ciertos rasgos patológicos de un orador ―sobre todo de aquellos con ambiciones políticas―, sino también ciertos rasgos patológicos de la sociedad que recepciona y replica alegremente tales mensajes. Los griegos llamaban hybris a la desmesura que conlleva a una soberbia excesiva que impide ver la justa medida de las cosas. Lo que en buen chileno se resume en la frase: todo exceso es malo. Pero la desmesura, para los helenos, no era una enfermedad solo personal, que generaba el desprecio hacia los demás, sino que se podía extender a la vida social mediante el predominio de la procacidad y el descaro en la vida pública, dando paso a la demagogia y a la llamada stasis, la discordia generalizada.

Las palabras anteceden a la acción y expresan de alguna u otra forma el modo en que el mundo está siendo pensado por quienes las pronuncian, pero también por quienes las escuchan y aceptan. La significación con que el mundo se crea es importante en ese sentido, porque como dice el cliché: las palabras construyen realidad. Así, sin caer en metáforas orgánicas, la vida política también se puede comenzar a podrir si predominan aquellos vociferantes y demagogos que, sin desparpajo alguno, expresan su desprecio mediante un lenguaje camorrista, intolerante y falaz en el debate público. Luego, quizás, incluso se postulen al Congreso.

En la actualidad, extrañamente, el riesgo de pasar de las palabras pendencieras a la acción agresiva se advierte y rechaza a nivel de relaciones interpersonales, pero no en relación al debate público. Ahí los chilenos parecemos ser más condescendientes e hipócritas con las actitudes ofensivas e intolerantes hacia los otros, los que opinan distinto y no concuerdan con la mayoría. En nuestros hiperconectados y virtuales tiempos actuales, tras el anonimato y la distancia virtual, parece que la opinión templada ha sido subyugada bajo el predominio de la queja vaciada de toda responsabilidad y de la más mínima veracidad. Más que opinión, hay simplemente expresión de una barra brava, donde reinan la injuria, la mofa y la mentira. Así, por ejemplo, en las redes sociales es muy frecuente ver la incoherencia de quienes por un lado enarbolan el rechazo a la violencia contra la mujer, y por otro se dedican a insultar a las que consideran como adversarias. Incluso, algunos de esos pendencieros pueden llegar a ser electos en cargos de representación, conductores de noticieros o de programas de TV. Peor aún, varios otros justifican la incontinencia vejatoria de manera burda, lo que muestra la creciente actitud mentecata y ramplona a nivel de toda la opinión pública.

Una Hybris que una Bárbara y un Donald pueden llegar a encarnar y, peor aún, a capitalizar.

 

 

Jorge Gómez Arismendi, director de Investigación de FPP

 

 

 

Foto: PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO