¿Opinar o callar como escritor en relación con la política? A mi juicio, aquí no cabe el cálculo estrecho en torno a los lectores que uno puede perder por opinar como un ciudadano más, que se preocupa por el presente y el destino de su país. ¿Si uno no opina en democracia, de qué estamos hablando entonces? El reto crucial para un novelista, en este sentido, es separar las aguas con claridad.
Publicado el 04.10.2017
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¿Debe un novelista participar activamente en política, o le conviene desentenderse de ella y dedicarse sólo a escribir ficción? ¿Debe entrar a esa compleja arena o es mejor que se ocupe de sus personajes, tramas, ediciones y traducciones? Esta es una pregunta que, como escritor, me hago en esta época de campaña, y también mientras presento con Mauricio Rojas nuestro Diálogo de conversos 2 (la continuación) en algunas ciudades latinoamericanas.

Un experimentado editor, comunista gran parte de su vida, de izquierda democrática cuando mayor, solía recomendarme a comienzos de los 1990 no opinar de política, eludirla, no tomar posiciones. Me lo recomendaba con la mejor de sus intenciones. Lleva a perder lectores, afirmaba. Los que piensan como tú seguirán leyéndote, pero los que no, dejarán de hacerlo, sentenciaba. Era el pragmatismo de alguien a quien estimé mucho, golpeado por la derrota de Salvador Allende y decepcionado por el desplome de los socialismos reales.

Considero que ambas alternativas son legítimas para un novelista: tanto opinar como callar en términos políticos. En democracia es posible escoger el camino de opinar y participar activamente en política, de abrazar un partido, incluso, pero también lo es refugiarse en la ficción o el escritorio y negarse a emitir preferencia alguna. No existe una obligación en un sentido u otro. La libertad individual es una realidad práctica y practicable en democracia.

¿Y en dictadura? Mi experiencia en dictaduras totalitarias, como las de Cuba y la extinta Alemania oriental, me enseñó que simplemente no había espacio para que un escritor disidente pudiera alzar su voz. El control estatal total sobre la sociedad lo impedía. Diferente es el caso en las dictaduras autoritarias, igualmente condenables. Estas últimas suelen tolerar espacios donde disidentes logran manifestarse de modo restringido. En el caso de las dictaduras una cuestión es poder decir lo que uno piensa y la otra es atreverse a manifestarlo. Quien da este último paso corre graves riesgos y sufre represalias, y por lo mismo nadie desde fuera, desde un sistema democrático, puede erigirse en juez de escritores que callan en una dictadura.

En las dictaduras existe a menudo un exilio externo y otro, no menor en el mundo cultural, interno. Creo que pocos artistas simbolizan mejor el caso del exilio interno como el extraordinario escultor expresionista alemán Ernst Barlach, que siguió creando reservadamente en su casa hasta 1938, siendo tolerado durante el régimen nacional-socialista mientras no actuara públicamente. En Cuba, José Lezama Lima y Heberto Padilla, entre otros, vivieron decenios de exilio interno bajo Castro. Otros, como Miguel Barnet o Pablo Armando Fernández, también vivieron marginados de la cultura oficial (única legal), aunque después fueron perdonados y reintegrados a ella.

¿Meterse o no como novelista en política? En América Latina, el Premio Nobel de Literatura Mario Vargas Llosa es un modelo inspirador para muchos colegas: une la calidad superior de su obra de ficción con algo que hoy escasea entre escritores: la lucidez para el análisis político mundial, el conocimiento de la historia de las ideas políticas, un liderazgo innegable en el desarrollo del liberalismo. Lo demostró una vez más en su reciente gira por Chile, aunque algunos periodistas prefirieron concentrarse en una frase de una entrevista y desplazar a segundo plano sus notables y aleccionadores discursos, ricos en contenidos y forma. No es usual en nuestro continente la existencia de novelistas (o artistas) que a su vez logran una proyección importante en el ámbito de la política y las ideas políticas. En ese sentido Vargas Llosa es hoy una excepción y una inspiración, y también un aldabonazo: en una era iliberal en que la clase política esta desprestigiada a nivel internacional, los escritores y artistas se enfrentan a un desafío nuevo y de envergadura, que es opinar sobre la realidad de la polis y su futuro desde una perspectiva diferente a la del político.

En los años sesenta y setenta la situación era diametralmente opuesta en la región: los escritores izquierdistas priorizaban su compromiso político con ideas de cambio revolucionario. Según el zeitgeist, el escritor debía identificarse con la izquierda, sus causas e interpretaciones. Los demás eran lacayos de la burguesía y el imperialismo. Se bebía de Karl Marx, la Escuela de Frankfurt, la generación revolucionaria europea de 1968, Jean Paul Sartre, Mao Tse Tung, Ho Chi Minh, Che Guevara y Fidel Castro, y se miraba con disimulada simpatía a la Unión Soviética y sus “democracias populares”.

Con el correr de los años aquel compromiso devino abrazo del oso. El quiebre inicial y gradual con ese compromiso revolucionario en América Latina tiene lugar a partir del “caso Heberto Padilla”, en Cuba, donde el régimen castrista impuso al poeta una auto-confesión similar a las que el mundo vio con estupor bajo el estalinismo. “El caso” dejó al desnudo una verdad oculta por la hegemonía cultural “progresista”: que el castrismo era una versión caribeña del estalinismo. Vargas Llosa se volvió el crítico latinoamericano más claro y corajudo de la dictadura cubana y su violación sistemática (hasta hoy) de derechos humanos. Eso le significó durante decenios ser denostado por la izquierda. En esta denuncia inicial del castrismo, otro novelista jugó un papel destacado: nuestro Premio Cervantes Jorge Edwards a través de su impactante libro Persona non grata.

Probablemente la distancia que se percibe hoy entre muchos escritores de izquierda de la región con los gobernantes de La Habana, Caracas, Managua o Pyongyang se debe a esa experiencia traumática que significó celebrar a líderes revolucionarios que terminaron convertidos en dictadores o figuras autoritarias, o condujeron, en lugar del socialismo utópico, a regímenes de partido único y economía de mercado, como los casos de China y Vietnam.

En sus memorias (El intruso. Mi vida en clave de intriga), el popular novelista de suspenso Frederick Forsythe opina que “el periodista y el escritor deben guardar distancia (del poder político y económico)… observar el mundo, fijarse, sondear a la gente, comentar cosas, pero nunca sumarse. En resumen, deben convertirse en intrusos”. Para Forsythe, el escritor debiera ser siempre un narrador incómodo de lo que ocurre, no tomar partido, aprovechar el escenario real y relatarlo.

En una posición opuesta se halla el Nobel alemán Heinrich Böll, quien narró como pocos la tensión entre nacionalsocialistas y anti nacionalsocialistas, así como la vida de las personas corrientes en las primeras décadas de la República Federal de Alemania. Böll respaldó al canciller federal socialdemócrata Willy Brandt y a escritores perseguidos por regímenes dictatoriales, y se identificó siempre con la izquierda mundial. Günter Grass, otro Nobel alemán, que abordó temas similares en sus novelas, participó también activamente en política. Tenía un compromiso mayor: militaba en el partido socialdemócrata y se codeaba con sus líderes, y estimaba que no podía desentenderse de la política y que la literatura no le permitía incidir de plano en ella. Para hacerlo debía pasar de la pluma literaria a la pluma del ciudadano militante de ciertas causas políticas.

¿Opinar o callar como escritor en relación con la política? A mi juicio, aquí no cabe el cálculo estrecho en torno a los lectores que uno puede perder por opinar como un ciudadano más, que se preocupa por el presente y el destino de su país. ¿Si uno no opina en democracia, de qué estamos hablando entonces? El reto crucial para un novelista, en este sentido, es separar las aguas con claridad: una cosa son las novelas, la literatura y sus claves y tiempos; y otra la política con sus demandas, programas y retórica. El novelista deja preguntas, el político ofrece respuestas y quiere convencer a los demás de que tiene razón.

Mientras presento con Mauricio Rojas Diálogo de conversos 2, muchos lectores que, tras la presentación del libro, solicitan el autógrafo, agradecen nuestra reflexión política sobre Chile y el mundo, pero me preguntan asimismo: ¿Y cuándo viene la próxima novela?

Es muy satisfactorio saber que los lectores tampoco confunden los planos.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

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