La coalición gubernamental se halla tensionada por las tendencias centrífugas de sus partidos. Unos quisieran alejarse hacia la izquierda y el pasado; otros fugarse hacia adelante en pos de una suerte de progresismo posmoderno; y un tercer componente aspira al camino del medio en búsqueda de un centro reforzado, con elementos laicos y socialcristianos.
Publicado el 03.12.2014
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¿Pueden la Nueva Mayoría (NM) y el gobierno Bachelet avanzar hacia un incipiente Estado de derechos sociales con una inspiración socialdemócrata avanzada, como sueñan los technopols del régimen? Tal fue la pregunta que nos formulamos la semana pasada, acompañada de esta otra: ¿Qué sustento social requeriría un proyecto tal?

Los proyectos socialdemócratas europeos clásicos nacieron de una alianza entre el Estado, la clase trabajadora y sus organismos corporativos, como sindicatos, mutuales y otros esfuerzos federativos de la cultura y la política de los partidos obreros no pertenecientes a la esfera de influencia del comunismo soviético.

Todo eso ha pasado a la historia. Y en Chile y los países latinoamericanos nunca existió. Ni la tradición de un Estado fuerte, ni una clase obrera hegemónica, ni un proyecto de bienestar basado en principios de universalidad, calidad del servicio y un amplia base impositiva que ordena y disciplina a la sociedad civil y crea un sentido colectivo de responsabilidades.

Por el contrario, en nuestras latitudes el Estado estuvo tradicionalmente unido a los sectores oligárquicos y la clase burguesa, o fue capturado por las FF.AA. o se doblegó ante caudillos populistas que hasta hoy recorren nuestras novelas y las portadas de los diarios.

En el caso de las políticas sociales, el proyecto socialdemócrata expresó siempre, como muestran los estudios de Goran Esping-Andersen, una dialéctica entre Estado, familias y mercado. En cambio, el Estado latinoamericano ha trabajado ante todo con un concepto de política social asistencialista, donde las buenas intenciones se mezclan con el clientelismo político, la manipulación de las masas y el intento de ayudar a los más pobres. El Estado social fue, por tanto aquí, habitualmente semi-fallido.

Esto dio paso durante los años 60 y 70 del siglo XX a una breve etapa en la cual un espíritu milenarista, revolucionario, refundacional y utópico -la guerrilla, la democracia radical, el socialismo cubano, los dos y tres Vietnam- levantó vuelo y alcanzó a aletear sobre la región antes de desplomarse como Icaro al suelo. Y sobrevino la dura reacción autoritaria.

Dicho de otro modo, la estrategia conscientemente reformista, gradual, incrementalista, de cambio democrático moderado y alianzas de clase transversales, a la manera socialdemócrata europea, no llegó a asentarse en América Latina. Ni siquiera en la experiencia más interesante, la del socialismo democrático del ex Presidente Salvador Allende que a poco andar se descarriló en medio de una palabrería incendiaria y una gestión política y económica deplorable.

Más allá de la experiencia nórdica, en el resto de los países donde la socialdemocracia llegó a influir en la segunda mitad del siglo XX, ésta adoptó diversos caminos. Por ejemplo, el camino alemán abierto por la tradición bismarckiana; o el ideal sueco del Primer Ministro Per Albin Hansson del ‘folkhemmet’ u hogar del pueblo, que acoge a toda la comunidad en la igualdad y el mutuo respeto; o el proyecto más reciente de la tercera vía de Blair y otros líderes europeos, consistente en una alianza entre sectores medios, la clase profesional y una nueva burocracia pública comprometida con la modernización del Estado, el uso intensivo de mercados y cuasi mercados y la diversificación de las oportunidades educacionales para los sectores medios.

¿Dónde se sitúa y cómo se proyecta el gobierno Bachelet en este panorama?

No es fácil saberlo. El Gobierno mismo y la NM carecen de un relato coherente. La coalición gubernamental se halla tensionada por las tendencias centrífugas de sus partidos. Unos quisieran alejarse hacia la izquierda y el pasado; otros fugarse hacia adelante en pos de una suerte de progresismo posmoderno; y un tercer componente aspira al camino del medio en búsqueda de un centro reforzado, con elementos laicos y socialcristianos. Todo esto en medio de una nebulosa ideológica, con un lenguaje refundacional y una débil gestión política.

Es una coalición, además, con un vago sustento socio-cultural. De hecho, desde el inicio la NM se concibió a sí misma como un programa, una líder carismática, un grupo de partidos que huyen de su pasado y movimientos, se dijo, representativos del malestar instalado en las calles.

Por el contrario, la NM no se propuso representar a los sectores emergentes y más dinámicos surgidos de las transformaciones de los últimos 25 años desde el Gobierno y el Parlamento. Más bien los tres partidos orgánicos de la NM -PDC, PS Y PC- son fuerzas tradicionales con electorados enraizado en las estructuras productivas, sociales y culturales del capitalismo anterior a la globalización, los mercados de bienes públicos, el retail, las tarjetas de crédito y la revolución digital. Apelan a una clase obrera y fabril que se ha reducido, a unos sindicatos de empleados públicos de suyo conservadores y a grupos de creencias locales ligados a la existencia rural, el pequeño comercio y los valores estatales previos a la eclosión y expansión del privatismo.

Todo lo cual suspende a nuestro incipiente Estado benefactor -imaginado por el gobierno Bachelet- sobre una tenue malla de hilos que se entretejen con el pasado de la sociedad chilena, sin mayor conexión con las fuerzas sociales emergentes, esa generalizada clase media en torno a la cual empieza a girar ahora la política chilena. Ninguno de los partidos de la NM -con la excepción de ciertos líderes y corrientes democristianos- parece haber captado el interés de esas nuevas fuerzas ni estar en condiciones de conducir sus anhelos y encarnar sus aspiraciones. Ninguno parece haber entendido tampoco las maneras en que esta clase media en pleno proceso de constitución se relaciona con el Estado, el mercado y la familia. En esta última dirección continuaremos próximamente nuestra exploración para ver si en Chile hay espacio para una respuesta socialdemócrata presidida por un Estado social.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:RAUL ZAMORA/AGENCIAUNO

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