Nos encontramos ante el típico divorcio entre recursos efectivamente disponibles y cambios proclamados, divorcio frecuente en América Latina, donde las promesas suelen correr por delante de las condiciones materiales.
Publicado el 26.11.2014
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¿Cómo concibe la Presidenta Bachelet y su equipo de technopols (personas con credenciales académicas e influencia política) la reconfiguración de la matriz de nuestro (incipiente) Estado de Bienestar en gestación, tema al cual dedicamos nuestra columna anterior?

Desde el momento de la concepción de esa propuesta programática, ella ha estado sometida a una fuerte tensión; una auténtica contradicción. En efecto, se proclamó esa matriz como un cambio de paradigma (a la Kuhn, se dijo); por tanto, como una verdadera revolución de las políticas buscando introducir un “otro modelo” de desarrollo, fundado en nuevos supuestos, visiones de mundo, ideales y prácticas. Sólo de esta forma, se argumentó, iba a ser posible dejar atrás el tibio reformismo de la Concertación, con sus residuos de continuidad neoliberal y su inhabilidad para introducir cambios estructurales.

Al mismo tiempo, sin embargo, tan ambiciosa propuesta -refundacional, la llaman algunos, simbolizada por la acción de la ya famosa y simbólica retroexcavadora-quedó auto limitada desde el comienzo a los alcances de una reforma tributaria que en su máximo momento de esplendor podría generar el equivalente a tres puntos del PIB. De manera que esos frágiles tres puntos constituyen el margen adicional que el Estado podrá inyectar al bienestar de la población. ¡Poco para acompañar la vehemente retórica de una revolución paradigmática! Todo esto sin considerar que coetáneamente la economía chilena (y latinoamericana) ha entrado en un ciclo de crecimiento débil.

En suma, nos encontramos ante el típico divorcio entre recursos efectivamente disponibles y cambios proclamados, divorcio frecuente en América Latina donde las promesas suelen correr por delante de las condiciones materiales.

¿Cómo se explica la emergencia de este discurso “fundacional” que promete más de lo que podrá entregar?

Partamos por despejar un malentendido. Se equivocan quienes piensan que se trata de un discurso que encubre un regreso de postulados socialistas previos a la caída del muro. Es un completo anacronismo. Además, ese retro-socialismo llevaría consigo la impronta inevitable de dictadura, escasez de bienes, privilegios de la élite política, control de la vida cotidiana, aplastamiento burocrático de la diversidad y falta de libertad, elementos todos incompatibles con el clima contemporáneo y del todo ajenos al gobierno Bachelet. No estamos pues frente un renacimiento del marxismo revolucionario o neoestructuralista o de raigambre gramsciana, como suele proclamar un mal análisis de derecha. Nada más lejos del cuadro de ideas y emociones que ha ido apoderándose del imaginario ideológico de la Nueva Mayoría (NM).

¿Con qué sueñan entonces los dirigentes, ideólogos, technopols y funcionarios de la NM si no es -¡y no es!- con la economía cubana, los soviets, la propiedad colectiva, el Berlín de la RDA o el socialismo chavista? Imaginan escenarios muy distintos de verdad, aunque no se diga, por conveniencia y pudor neo-revolucionario, con claridad: un capitalismo humano, esferas sociales desmercantilizadas, mercados estrechamente vigilados, un Estado activo y benefactor, panoramas igualitarios, una educación no-contaminada por el lucro, sentido público hegemónico, más mezcla social… al menos entre los grupos sociales no-burgueses de la sociedad.

En el plano político-intelectual, estos sueños se apoyan en ideas fabianas, socialdemócratas, de tercera vía, comunitarias, de democracia social, de escuela justa y derechos garantizados. Son ideas que vienen de una pléyade de pensadores notables, como T.H. Marshall que fundó el discurso de los derechos sociales; Richard Titmuss y William Beveridge, dos reformadores sociales británicos de la posguerra; dos economistas nórdicos de generaciones sucesivas, Gunnar Myrdal y Goran Esping Anderson; el economista Amartya Sen de gran influencia en el pensamiento de las NU; algunos sociólogos europeos progresistas como Touraine, Beck y Giddens; e intelectuales públicos de la modernidad reflexiva tan variados con Habermas, Dworkin o Bauman.

La propuesta de Estado de Bienestar en ciernes de la NM -con su límite inicial de tres puntos del producto- proviene de esas vertientes y de una fuerte emoción que se identifica con los malestares de la modernidad, las demandas de la calle, la contrición por las (supuestas) complicidades de la Concertación con los pecados del neoliberalismo y el deseo de fundar una izquierda desmercantilizadora, deconstructiva y postmoderna que aspira a una sociedad civil movilizada pero, sobre todo, a un Estado afanoso, protector, regulador, fiscalizador, evaluador, fomentador, financiador y generador de bienes públicos de acceso universal y calidad garantizada.

Es interesante observar que este proyecto, parafraseando a Pirandello, es por ahora una colección de discursos en busca de un autor social. No es una propuesta que se reclame a sí misma como expresión del proletariado ni tampoco de los pobres o los marginados. Asimismo toma distancia de la clase media, cuyo pragmatismo lucrativo e individualismo meritocrático, considerados valores pequeño-burgueses, chocan con el filón igualitario y desmercantilizador del discurso del “otro progresismo”. Su soporte ideal parecen ser, por tanto, los movimientos sociales, los sectores progresistas, los grupos protestatarios, los que reivindican diversos derechos y, por cierto, los propios technopols que se imaginan a sí mismos como vanguardia de esta alianza de todos quienes anhelan un cambio de paradigma.

Próximamente veremos si este proyecto puede fundar una alianza capaz de sostener el desarrollo sustentable de un Estado de Bienestar, o bien, si la NM se halla en riesgo de pasar a la historia como una burbuja especulativa.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:CRISTOBAL ESCOBAR/AGENCIAUNO

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