La Democracia Cristiana está tímidamente comenzando a liderar una corriente de clase media hasta ahora sin expresión política dentro de la Nueva Mayoría.
Publicado el 05.11.2014
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Cada año se incorporan alrededor de 150 mil nuevos profesionales y técnicos a la fuerza de trabajo en Chile, tres veces más que en el 2000. Entre aquel año y el 2014 se sumaron casi un millón y medio de mujeres y hombres (más mujeres que hombres) con educación superior a las actividades productivas de la economía, a la vida adulta en sociedad y a la polis. Sólo durante el gobierno de la Presidenta Bachelet se agregarán 600 mil más.

Sin duda ésta es la mayor transformación que Chile ha experimentado desde el despertar de las masas urbanas -entonces llamadas sectores marginales- durante los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Ahora se trata de la ampliación y diferenciación de la clase media, cuyo peso aumenta a medida que se expanden sus estratos con mayor escolarización, información, destrezas y conocimiento.

Esta clase media expandida incluye grupos que se encuentran en variadas situaciones de mercado. Hay segmentos vulnerables, especialmente aquellos que acaban de superar la línea de pobreza. Otros tienen ocupaciones asalariadas estables, de trabajo calificado o de cuello y corbata, u ocupan posiciones independientes o de auto-empleo. Hay asimismo funcionarios públicos, comerciantes, industriales pequeños y medianos y los profesionales y técnicos superiores, el segmento de más rápido crecimiento.

En breve, nuestra clase media contemporánea está conformada por grupos tradicionales y más consolidados, por estratos emergentes y menos consolidados, segmentos con mayor o menor movilidad, con identidades colectivas variadas, con perspectivas valóricas diferentes, pero en general liberal-moderadas, y con diversos tipos de adaptación a los procesos de secularización, cientifización, individuación y continuo cambio que caracterizan a las sociedades posmodernas.

Tanto la antigua como la nueva clase media son producto del desarrollo del país, el crecimiento económico, los mayores niveles de bienestar y la ampliación del mercado laboral. Sus miembros progresan con el progreso del país y entran en estado de alerta cada vez que el crecimiento se detiene o retrocede. Sobre todo los segmentos profesionales y técnicos que carecen de otro capital que no sea su propio nivel educacional y de habilidades. Además, estos grupos se encuentran generalmente endeudados con bancos y casas comerciales y poseen aspiraciones apremiantes: vivienda, la educación de sus hijos, protección de salud para su núcleo familiar, previsión social.

Culturalmente, el valor axial de los nuevos segmentos de clase media es el esfuerzo personal y el reconocimiento del mérito. Se conciben a sí mismos como portadores naturales de la ideología meritocrática, al amparo de la cual sienten haber progresado en relación a sus padres y poder legar a sus hijos la posibilidad de seguir mejorando sus circunstancias en la vida.

Según muestran las encuestas de opinión, las diversas fracciones de la clase media poseen una relación pragmática con la política y sus expresiones de democracia, autoritarismo o populismo, dependiendo de cuán favorecidos o amenazados perciban sus intereses, sus posiciones de status y sus ideas, preferencias valóricas y horizonte cultural.

En lo público, buscan ante todo orden, seguridad, protección y fomento de sus perspectivas privadas de vida. Aspiran a políticas de apoyo que vayan más allá de la focalización en los pobres, incorporándolas también a ellas en un concepto incluyente de derechos sociales. Sienten que la educación es el principal terreno donde juegan su futuro, pues ahí se decidirá el destino de sus hijos. Para obtener la mejor educación a la mano, la nueva clase media está dispuesta a invertir lo que sea necesario y esté al alcance de sus ingresos, sin importar los sacrificios y estrecheces. Actualmente, su preferencia entre colegios es netamente a favor de los colegios privados subvencionados, independiente de las características del sostenedor. En esto no se diferencian mayormente de los padres burgueses que educan a sus herederos en colegios privados pagados, sólo que estos últimos encuentran allí, en adición, grados más distintivos de capital cultural: un estilo de vida, un sentido estético, unos lazos selectivos, una localización precisa en la geografía de clases de la ciudad. ¡Cuánto sorprende ver que estos mismos padres, convertidos en expertos tecno-burócratas y autoridades políticas progresistas, quieran impedir a la clase media las prácticas que ellas atesoran como un privilegio y, en cambio, las acusen de arribistas, egoístas, escaladoras y pequeño burguesas!

La reforma educacional cuestiona -con sus confusiones, imprecisiones, improvisaciones y lenguaje confrontacional- el fondo y la forma de la educación que la clase media, en especial sus nuevos segmentos profesionales y técnicos, proclama como su principal avenida de desarrollo humano, económico, social y cultural. Éstos perciben que el capital al cual tienen acceso ahora podría estar en peligro de desvalorizarse o desaparecer. De allí su sensación de hallarse amenazados, su malestar y su resistencia en aumento frente a los cambios impulsados por el Gobierno como indican no sólo las movilizaciones en la calle, sino consistentemente también recientes encuestas.

El despertar coetáneo de la Democracia Cristiana recogiendo este malestar y tímidamente comenzando a liderar una corriente de clase media hasta ahora sin expresión política dentro de la Nueva Mayoría, es probablemente el hecho político-cultural (incipiente) más importante desde la elección de la Presidenta Bachelet. Pero sobre esto, más en una próxima oportunidad.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO

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