El investigador afirma que, según datos de la Unesco, el 90% de los jóvenes mayores de 18 años está en la educación superior y que los desafíos actuales no pasan por más cobertura sino por la calidad, retener a los alumnos y enseñarles contenidos que los prepararen para el mercado laboral.
Publicado el 24.06.2017
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“La matrícula de estudiantes universitarios cae por primera vez en 34 años”. Esa fue la noticia que se regó como pólvora el pasado jueves, luego de que el Consejo Nacional de Educación informara que este año se matricularon un millón 162 mil alumnos, cifra inferior en seis mil a 2016.

La caída de -0,6% en el número de estudiantes fue destacada como la primera que ocurre en Chile desde 1983, dando cuenta, a su vez, del fuerte acceso que han tenido los jóvenes a la educación superior. Por ejemplo, si en 2005 había 637 mil alumnos, esa cifra se duplicó en poco más de una década, gracias principalmente al acceso a las becas y créditos que diferentes gobiernos fueron aumentando progresivamente.

Esta caída en la matrícula se genera, además, en medio de la reforma a la educación superior que impulsa el gobierno y que busca implementar la gratuidad universal, principalmente, para entregar más acceso a quienes no tienen recursos.

Para analizar el inédito fenómeno, “El Líbero” conversó con el profesor titular e investigador de la Facultad de Educación de la Universidad Diego Portales (UDP), José Joaquín Brunner.

– ¿Por qué cayó la matricula en la educación superior?

– No se puede decir que cae cuando hay una pequeña diferencia de seis mil estudiantes en un universo de más de 1,2 millón. Podría ser un movimiento insignificante y azaroso. El próximo año podría subir o bajar en 3 mil y no significaría mucho. Lo que importa saber es que el sistema universitario chileno, que desde el punto de vista del acceso es uno de los más abiertos en el mundo, ha alcanzado una cobertura prácticamente universal. La tasa bruta de participación de Chile, según la Unesco, que compara todos los países, es de cerca del 90%. Ellos son quienes están en condiciones de estudiar, en general jóvenes entre 18 y 22-23 años.

– También está el fenómeno demográfico.

– Así es. Eso hay que combinarlo con el factor estrictamente demográfico. La población de jóvenes en Chile cae cada año. Los niños y jóvenes que van a colegios y terminan su educación secundaria son menos ahora que hace cinco años, y van a ser menos en cinco años más. Eso significa que habrá una menor cantidad de jóvenes demandando ingresar a la educación superior. Eso nos está pasando y explica el hecho de que ahora crezca muy poco la educación superior. Puede llegar el momento, como ha ocurrido en países bálticos o en España, que en un momento determinado empiece a caer definitivamente la matrícula de educación superior en los jóvenes. Que tengamos el 90% de tasa de cobertura, pero que los alumnos sean 30 mil o 40 mil menos.

– ¿La caída también muestra que los desafíos de la educación superior no van por el acceso?

– Evidentemente no. Los desafíos van por la retención, que los que acceden puedan estudiar y terminar; que lo que estudien contribuya a su desarrollo personal y los preparare para el mercado laboral; y la calidad, que tiene que ver que adquieran las competencias y conocimientos necesarios para el siglo XXI.

– ¿En qué ayuda la gratuidad a esos tres desafíos?

– La gratuidad no ayuda directamente a esos objetivos, sino que tiene un objetivo de máxima importancia, que es la equidad de las oportunidades de educación superior, que se distribuyan con mayor equidad. A eso puede ayudar una gratuidad en la educación superior bien focalizada al 30, 40, 50 o 60% de los jóvenes de los hogares de menores recursos.

– Pero hay alumnos con gratuidad que están en instituciones no acreditadas y de baja calidad.

– Efectivamente, eso es un problema que tiene que ver con el aseguramiento de la calidad. Uno busca simultáneamente varios objetivos, y uno de ellos es que para que la equidad sea a la salida, es decir, que no haya solo acceso universal sino que haya aprovechamiento de oportunidades de calidad, hay que aumentar la calidad a través de mejorar los profesores, los programas y el sistema de acreditación.

– ¿El hecho de que estemos en plena cobertura, no revela que la gratuidad no es necesaria para dar acceso a los estudiantes vulnerables?

– Se puede sostener eso, efectivamente. Chile, con un sistema que combina becas, créditos, pagos de aranceles y gratuidad limitada llegó a tener una de las más altas tasas de cobertura, pero eso no significa que el sistema haya sido equitativo realmente. Porque la equidad no tiene que ver con que todos accedan sino con que se queden dentro, terminen sus estudios, que sean pertinentes y de calidad. El objetivo de la gratuidad tal como se plantea hoy, que es limitada a los que tienen mayores necesidades, en la medida que vaya combinando con mayores recursos del estado y las universidades en darles especial atención formativa a esos jóvenes, podría ayudar a lograr la equidad del sistema universitario.

– ¿Cuál es su opinión del proyecto de reforma a la educación superior que se discute en el Congreso?

– La aprobación de que todas las universidades sean complejas, que se tienen que acreditar obligatoriamente en investigación, es simplemente una aberración. No hay ningún país en el mundo donde todas las universidades tengan capacidades propias de investigación científica y técnica. De modo que creo que se está volviendo a legislar con escasísimo realismo. Son cosas que tendrán que ser corregidas profundamente o eliminadas en el Senado, porque son incompatibles con la realidad de nuestro país, respecto de que la cobertura universal requiere de universidades puramente docentes. No hay que exigirles a todas algo que en ningún país, ni en los más desarrollados, es así.