La muerte de Lissette no sólo fue un llamado de alerta sobre lo que puede llegar a ocurrir en uno de los hogares del Sename, sino que dejó de manifiesto lo que sucede cuando se debilitan los derechos de aquellos quienes dependen de la voluntad política de los estados, la movilización de la sociedad civil y el compromiso individual para salir adelante.
Publicado el 24.06.2016
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En nuestro país existe una realidad angustiosa, violenta y sombría que afecta el proyecto de vida de los más de 100 mil niños que se encuentran bajo la custodia del Sename; niños sin rostro y sin voz, cuya precaria subsistencia permanece anónima para la sociedad, no logra convocar multitudinarias marchas para suscitar cambios, ni su agobiada existencia se ha insertado como prioridad en la agenda pública.

La muerte prematura de Lissette Villa Poblete (11 años), en abril pasado, provocó una inmediata reacción social, consiguiendo alterar las conciencias sobre esta dramática realidad durante algún tiempo. Sin embargo, su futuro se vio truncado de manera irreversible, y aún no existen responsables ni claridad sobre qué ocurrió para que su vida sucumbiera de manera trágica en un hogar administrado por el Estado.

A pesar de que nuestro país ratificó, en 1990, la Convención sobre los Derechos Humanos del Niño, los avances para fortalecer nuestras políticas en torno a la infancia han fracasado. El hacinamiento, la pobre infraestructura y falta de especialización profesional, siguen siendo un férreo obstáculo para solventar las necesidades y atender adecuadamente a la población más vulnerable de nuestra sociedad.

Es un secreto a voces que los niños del Sename sufren represión, maltrato, falta de  empatía y contención psicológica y programas diferenciados que les permita salir adelante y sobreponerse a su adversa realidad. Todo esto perpetúa un círculo vicioso que prolonga su estrés, daña su potencial de aprendizaje, la capacidad de generar vínculos afectivos y reprime su desarrollo físico y emocional. Es por esto que los desafíos son cuantiosos y requieren de medidas urgentes para que situaciones como las de Lissette jamás se vuelvan a repetir.

Hay mucho de lo que Chile puede aprender de la experiencia internacional. Países como Suiza e Italia han sido exitosos en disminuir la cantidad de niños obligados a vivir en instituciones estatales, debido a que sus políticas están destinadas a intervenir sobre todo el grupo familiar.

Es así como, tras un estricto proceso de selección, se orientan los recursos necesarios para atraer a un equipo multidisciplinario de excelencia a cargo de generar redes de apoyo para aquellos padres quienes, producto de su estado de precariedad, se ven abrumados y sin la posibilidad de hacerse cargo de sus hijos.

Psicólogos, asistentes sociales, médicos y expertos en educación, toman sus decisiones en conjunto a la familia biológica para que el futuro bienestar de esos niños se vea garantizado por una sociedad que no los estigmatiza, responde a sus carencias y legitima sus derechos sociales.

Suiza e Italia son dos ejemplos de países que han resuelto trabajar en conjunto con las familias para fortalecer aquellos vínculos que sólo pueden nacer en una familia y que son capaces de crear capital humano, ya que existe consenso de que aquellas políticas gubernamentales que favorecen la estabilidad familiar, son las que han tenido mayor éxito para disminuir la brecha de igualdad de oportunidades, reducir los niveles de pobreza y promover el ascenso social.

El complejo escenario que se perpetúa en torno al Sename nos obliga a replantearnos cuáles son nuestras prioridades al momento de otorgar protección y apoyo real a las familias cuyos niños se ven obligados a vivir situaciones de abandono y marginalidad.

La muerte de Lissette no sólo fue un llamado de alerta sobre lo que puede llegar a ocurrir en uno de los hogares del Sename, sino que dejó de manifiesto lo que sucede cuando se debilitan los derechos de aquellos quienes dependen de la voluntad política de los estados, la movilización de la sociedad civil y el compromiso individual para salir adelante.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO