La inmigración representa un desafío y una oportunidad. Que el tema sea beneficioso para todos (chilenos e inmigrantes) o termine emponzoñando el ambiente va a depender de la forma y los tiempos en que la política reaccione, así como de los plazos y objetivos que se propongan.
Publicado el 27.12.2016
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Como a la mayoría de los países, el tema de la inmigración sorprendió a Chile. El tema llegó para quedarse e irá creciendo con independencia de los datos reales. Algunos dicen que hay una invasión de inmigrantes, otros que aún no son tantos, y también están los voluntaristas de brazos abiertos que estiman que todos deben ser bienvenidos y que no deben establecerse ni límites ni cuotas.

Lo que urge es impulsar un debate responsable, bien fundado y con altura de miras, que comprenda tanto la parte humanitaria y las necesidades y capacidades del país, como la visión y sensibilidad de los chilenos y residentes permanentes. Para ello se necesita un Gobierno con liderazgo y políticos que no busquen mezquinas ventajas en un asunto que, bien conducido, plantea grandes oportunidades y que, mal manejado, genera riesgos y tensiones que con el tiempo se vuelven imprevisibles.

Fueron políticos de centro y de derecha quienes se atrevieron a poner sobre el tapete un tema que otros no veían o preferían soslayar por un asunto de corrección política. La reacción del oficialismo dejó mucho que desear: sugirió que quienes comenzaron abordando la inmigración eran racistas y xenófobos. Al incendiar la pradera se dificulta cualquier labor responsable.

En rigor, el tema de la inmigración lo venía escuchando uno desde hace tiempo en Chile. Hace dos años bastaba con desembarcar en Antofagasta, Iquique o Arica para escuchar los comentarios alusivos de los taxistas. Algo similar ocurría en Punta Arenas, y qué decir en Santiago. Y las versiones eran, por lo general, muy críticas. Había que estar muy divorciado de la vida cotidiana de la gente para no percatarse del nuevo estado de ánimo al respecto.

La inmigración representa un desafío y una oportunidad. Que el tema sea beneficioso para todos (chilenos e inmigrantes) o termine emponzoñando el ambiente va a depender de la forma y los tiempos en que la política reaccione, así como de los plazos y objetivos que se propongan. La experiencia tanto en Europa como en Estados Unidos muestra que la inmigración puede pasar del aplauso masivo a la condena mayoritaria, y que eso depende en gran medida -no únicamente- de las dosis de inmigración, de su carácter, adaptación, aporte y de la relación que el inmigrante establezca con el imaginario nacional.

Los chilenos debemos abordar el tema con altura de miras, sensibilidad y realismo. Ni la xenofobia ni la recepción ilimitada de inmigrantes promueven el desarrollo, la prosperidad ni la paz social en el país. No debemos cerrarnos a la inmigración (aquí somos todos inmigrantes y racialmente estamos más mezclados de lo que suponemos) ni tampoco anunciar que puede venir el que quiera. La diversidad hace bien a Chile, aporta disposición al sacrificio y al empeño,  trae emprendimiento, nuevos talentos, enriquece nuestra cultura y nos vincula de mejor forma con el mundo. Pero nada de esto debe movernos a engaño: todo país tiene recursos limitados y límites ante el número de inmigrantes, que van cambiando con su historia, su desarrollo y la percepción ciudadana.

Tal vez deberíamos fijar por lo menos cuatro tipos de inmigración con respectivas cuotas, y los procedimientos de postulación y selección deberían ser claros y fluidos.

El primer tipo debería ser de carácter humanitario (los chilenos conocimos épocas de exilio político), de modo que el país pueda recibir de forma organizada y responsable a un número anual de personas que se ven obligadas a huir de zonas en conflicto. El segundo tipo de inmigración debería ser la económica, es decir, se trataría de un nivel en que se conjugue el interés de quienes nos ven como el país donde hacer realidad sus sueños de una vida mejor, con el interés de Chile por contar con personas de especialidades requeridas para nuestro desarrollo. Un tercer tipo debería brindarse a quienes -previo chequeo del origen de esos recursos- desean invertir un capital y vivir en Chile. Un cuarto tipo de inmigración, también con cuota anual, podría inspirarse en la política migratoria de Estados Unidos: una que permita la residencia permanente en Chile a personas que cuenten con “habilidades extraordinarias” (artes, ciencias, literatura, deportes, medio ambiente, artesanía, espectáculos, etc.) y puedan acreditar independencia económica gracias a esto.

Las personas deberían poder postular a estos tipos de inmigración desde el exterior, cumplir con los requisitos usuales que se piden a un inmigrante, y tener la certeza de que obtendrán una respuesta definitiva a su postulación en un plazo determinado. Durante un plazo a definir, los inmigrantes deberían trabajar en regiones en este país híper centralizado, algo que favorecería su imagen, y deberían contar con la posibilidad de convertirse en ciudadanos tras residir aquí.

Urge contar con una nueva ley de inmigración que considere que Chile, gracias a su notable desarrollo en los últimos 35 años, se ha convertido en un imán para muchos que consideran que aquí pueden hacer realidad una vida mejor, más segura y próspera para ellos y sus familias. A los políticos, por su parte, les corresponde aprender de experiencias de otros países y proceder con conocimiento de causa, responsabilidad y transversalidad. Cuando los políticos responsables abandonan temas que despiertan inquietud en la población, los populistas de izquierda y derecha los emplean para conquistar votos y alcanzar nuevas posiciones de poder.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

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