En el medio de la tecnopolítica chilena ha aparecido una verdadera industria de educación comparativa.
Publicado el 29.10.2014
Comparte:

En el medio de la tecnopolítica chilena -ministerios, agencias públicas, academia orientada a la política pública, burócratas superiores, prensa y medios de comunicación audiovisuales, think tanks, organismos no-gubernamentales, directivos de movimientos sociales- ha aparecido una verdadera industria de educación comparativa. De la noche a la mañana (siguiente) hay una plétora de nuevos expertos que, igual como sus congéneres los nouveaux riches, hacen ostentación del conocimiento recién adquirido y citan con fruición nombres y estadísticas, exhibiéndose como miembros de una clase aparte, mandarines de la comparación educacional.

En la propia academia el fenómeno es notable. Todos quienes hablan de educación parecen ser miembros activos de la Comparative and International Education Society (CIES) y habituales visitantes (y conocedores) de las instituciones educativas de Shanghái, la ciudad de Nimega en Holanda, los colegios privados con fines de lucro de Suecia y la India o de la formación docente en Nueva Zelandia y Corea.

Hay, sin duda, una intensa demanda por conocimiento educacional comparado. Diarios y revistas acompañan ahora sus crónicas habituales con paralelos entre escuelas locales y colegios de ultramar, entre el modelo japonés de enseñar matemática y el modelo yanqui, entre el grado de segmentación escolar en Chile y Macao-China, entre los puntajes PISA de los alumnos criollos y aquellos de Grecia o Turquía.

También la política se alimenta de esa onda comparativista. Si usted es ministro, subsecretario, director de división, jefe de gabinete o asesor de rango, más le vale leer The Economist para partir y, enseguida, acostumbrarse a citar el más reciente Education at Glance o el volumen segundo del Informe PISA 2009, y a disparar oportunamente algunas cifras sobre la tasa de graduación en Suiza, la educación técnica australiana o los jardines infantiles de Polonia.

Todo esto como resultado de procesos rápidos de aprendizaje, casi a presión, junto con una escasa comprensión y verificación y, sobre todo, con completa ausencia del contexto nacional y la historia de los diferentes sistemas escolares.

Por mi parte, he asistido a varios festivales comparativos últimamente, donde se trata de cerrar una discusión -o de descolocar al contradictor- echando mano a algún artilugio del estilo: “Pero por favor, si hace rato que Chile está estancado en PISA”. O bien, “¿ignora usted acaso que Chile es el país educacionalmente más desigual del mundo, o el más pobre en conocimiento cívico, o aquel donde los alumnos menos leen por propia motivación?”. ¿Quién, sorprendido en ignorante falta, podría contradecir tan rotundos disparates?

La mayor de las falacias comparativas que circulan por ahí es que el sistema escolar chileno se hallaría en franco retroceso o, según los más moderados, inevitablemente estancado debido a su carácter mixto (con provisión público-privada). ¿Cuán cierto es esto? ¡Completamente falso! 

En efecto, según los datos de PISA 2012, y sin entrar aquí en detalles técnicos, Chile se encuentra entre los cinco países del mundo que más progresaron a partir del 2000 en los tres dominios cognitivos medidos: comprensión lectora, matemática y ciencia. Se ubica allí al lado de tres países de mayor tradición educacional y riqueza como son Latvia, Israel y Polonia, y de un país, Perú, que parte en el año 2000 de un piso definitivamente más bajo. ¡Esto en cuanto a mejoramiento de la calidad de oportunidades educacionales!

¿Qué decir, en tanto, de la capacidad inclusiva del sistema, en el sentido de hacer avanzar la escolarización promedio de toda la población? El indicador usado para este efecto son los años de escolarización de la población de 15 años de edad y más. En este caso, Chile muestra un indicador (10,17 años) que se sitúa próximo al del promedio de la OCDE (10, 79 años), siendo superado entre las economías emergentes solo por Rusia y Kazajstán, pero situándose por delante de Malasia, Polonia, África del Sur, Túnez, Turquía y de los demás países latinoamericanos.

Con lo dicho se viene abajo asimismo la falacia mayor: que la economía política y el paradigma organizacional del sistema chileno (su carácter mixto) lo condenarían a un mal desempeño y a resultados establemente mediocres, sin progreso posible.

Como acabamos de mostrar, la evidencia comparativa prueba precisamente lo contrario. Pero hay más: el desempeño y resultados de los demás sistemas escolares latinoamericanos, en particular de los países con un ingreso per cápita similar al chileno como Argentina, México y Uruguay, a pesar de no contar con regímenes mixtos de provisión (y no contener por lo mismo una fuerte provisión privada subsidiada por el Estado con presencia de proveedores privados de todo tipo, incluidos los denominados “con fines de lucro”) tienen claramente un rendimiento inferior al chileno, tanto en calidad de resultados como en inclusión.

De modo que no es la naturaleza del régimen de provisión lo que marca la diferencia. Al contrario, lo importante son factores como el nivel de desarrollo de los países, sus tradiciones institucionales y culturales, el gasto por alumno, la fortaleza de la profesión docente, la distribución social de oportunidades educacionales, la motivación de los estudiantes, los métodos pedagógicos empleados, la efectividad de la sala de clase, la atención temprana y el cuidado de los niños y otros factores que la literatura indica son cruciales para mejorar el desempeño de los sistemas nacionales de educación.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner