Se ha impuesto el veredicto de la amenaza y, por supuesto, ya hay una condena: vivir en el terror permanente, dejar la tierra por temor al ataque incendiario (por descontado, siempre cobarde y a la segura), o simplemente dejar que tu nombre y el de tu familia circule por todos lados “acusado” de haberte “apropiado” de algo que nunca fue tuyo.
Publicado el 26.08.2017
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Hace pocos días se dio inicio al juicio por el asesinato del matrimonio Luchsinger Mackay, ocurrido en la Granja Lumahue en enero de 2013. Como ya sabemos, se trata del acto terrorista con resultado de muerte más atroz de que tengamos memoria. En este juicio ya hay un condenado y la Fiscalía ha acusado también a otros 11 como autores directos del crimen.

Eso, en los Tribunales. Sin embargo, hay otro juicio por el caso Luchsinger Mackay, aunque parezca un error decirlo.

Este otro juicio, esta otra escena, donde también hay víctimas y operaciones de violencia, de amedrentamientos y de limpieza étnica, se da justo en nuestra cara. Frente a nosotros. En este caso paralelo las víctimas se repiten: la misma gente de trabajo, los agricultores de la región, los camioneros y todos quienes deseamos la paz para Chile.

Este segundo juicio ya dictó sentencia. Una sentencia que no admite ningún tipo de recurso y que, se nos frunza o no, debemos aceptar cabeza gacha.

Se ha impuesto el veredicto de la amenaza y, por supuesto, ya hay una condena: vivir en el terror permanente, dejar la tierra por temor al ataque incendiario (por descontado, siempre cobarde y a la segura), o simplemente dejar que tu nombre y el de tu familia circule por todos lados “acusado” de haberte “apropiado” de algo que nunca fue tuyo.

En este otro juicio Luchsinger Mackay, la justicia se ha sacado la venda de los ojos y se ha arrodillado, como lo ha hecho el propio Gobierno, ante una gigantesca maquinaria —los acusadores— que ha usado todo lo habido y por haber (prensa, partidos políticos, agencias internacionales) para imponer su lapidaria sentencia.

Digámoslo en buen chileno: en este otro juicio Luchsinger Mackay los jueces son al mismo tiempo los verdugos. Ya han decretado hace rato quiénes son los “culpables”. Y está más que claro también quiénes son los inocentes. Y quiénes los que han tirado la piedra y escondido la mano.

¿Las pruebas? Da lo mismo. Basta con que alguien de esta “máquina” te acuse —mentiras más, mentiras menos— y listo. Los demás, el Gobierno, el Poder Legislativo, el mismo Instituto Nacional de Derechos Humanos, tanto observador internacional de que se sabe, todos toman palco. Un palco muy parecido a la complicidad.

Este juicio B ya ha fallado y no tenemos cómo apelar. Este “Tribunal ideológico” ha confirmado una realidad que sabíamos se nos iba a venir encima: que las víctimas, curiosamente, siguen siendo las mismas. Víctimas, quemadas, amenazadas o aterrorizadas, para el caso, da igual. Víctimas, al fin y al cabo.

El 21 de agosto partió este emblemático juicio en el Tribunal Oral en lo Penal de Temuco. Lo que tengo claro es que desde ese día todos somos Luchsinger Mackay, víctimas.

 

Marcelo Zirotti Kehr, presidente Sociedad de Fomento Agrícola de Temuco, SOFO A.G.

 

 

FOTO:  MARCOS MALDONADO/AGENCIAUNO