“Au nou pale” quiere decir “conversemos” en creole, y resulta obvio que hace falta conversar,  escuchando y poniendo atención a lo que se dice, aunque sea en un castellano enrevesado y con los naturales problemas gramaticales y de pronunciación de quien está iniciándose en un idioma.
Publicado el 06.05.2018
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En una reciente edición de Mesa Central, en Canal 13, el periodista Cristián Bofill insistía en contrastar con Widner Darcelin —invitado como representante de la comunidad haitiana en Chile— la hipótesis de que la masiva migración desde ese país se explica en los 13 años de presencia de poco más de 12 mil efectivos de las Fuerzas Armadas, Carabineros y la PDI en Haití.

Widner no estaba ni ahí con esa explicación que muchos en Chile dan para la llegada de 400 haitianos a diario en los últimos meses, cifra que con las nuevas —y para muchos discriminatorias— medidas migratorias seguramente disminuirá.

Qué atrae a los haitianos a migrar a Chile parece un misterio sin resolver, pero en un reciente conversatorio sobre el tema desarrollado en el Hogar de Cristo, Eduard Sultan, director social de la Fundación Au Nou Pale, lo dejó meridianamente claro. Au nou pale” quiere decir “conversemos” en creole, y resulta obvio que hace falta conversar,  escuchando y poniendo atención a lo que se dice, aunque sea en un castellano enrevesado y con los naturales problemas gramaticales y de pronunciación de quien está iniciándose en un idioma.

Así, en ese nunca mejor llamado “conversatorio”, escuché una explicación convincente y desde dentro. Dos conceptos son claves, comentaba Eduard: “las remesas” y “la diáspora”. Las familias haitianas en Haití, consideran que “ser diáspora es un factor de éxito y prosperidad económica”, explicó. En la isla, un 60% por ciento de la población está desocupado, no tiene empleo y, por lo tanto, carece de ingresos. Por eso, las familias que cuentan con un familiar en Chile que mensualmente les inyecta dinero vía remesas, cambian de materia notoria su condición. Destacan en la cuadra, en el barrio, al punto que el valor de las remesas ha generado la organización de “pollas” —“vacas”, diríamos acá— en los vecindarios.

“Las familias se ponen de acuerdo para financiar así los dos mil dólares mínimo que cuesta viajar a Chile. Se trata de juntar plata entre todos para que viaje el más preparado, el más inteligente y joven de cada familia, para que luego apoye económicamente a los que se quedan. La mayoría de los haitianos gana 300 mil pesos al mes, de los cuales manda al menos un tercio a su familia en Haití. Así se ha ido construyendo el proyecto de migrar en Haití: sobre la base de esa ilusión de prosperidad, y las familias no saben que esa plata que reciben esconde mucho abuso y sacrificio acá en Chile”, explica Eduard, resaltando la fuerte conciencia familiar que obliga a los migrantes de su país a ahorrar para mandar la mayor cantidad de plata posible en las remesas a costa de vivir en una precariedad casi tan dura como la de que escaparon.

El presidente de Conversemos (Au Nou Pale) también habló de lo importante que es dejar de hablar de migrantes, porque serlo implica menores derechos. Y peor aun si se es de raza negra. “En el imaginario chileno ser negro es una medida de inferioridad”, sostiene Eduard y agrega otro dato vergonzante: “Poco haitianos llegan a tener amigos chilenos, porque las relaciones se dan en el ámbito del trabajo y casi siempre son jerárquicas”.

 

Ximena Torres Cautivo, periodista y escritora

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO