Buenas reformas, que responden con inteligencia a aquello que no funciona en un país, no necesitan explicaciones rebuscadas ni una eternidad para que los ciudadanos perciban sus ventajas.
Publicado el 01.07.2016
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Cada semana el gobierno e incluso la propia Presidenta Bachelet van tomando mayor distancia de la ciudadanía. Objetivamente, sus mayores preocupaciones no son las urgencias que enfrenta hoy Chile, la mayoría de las cuales son consecuencia de las malas decisiones que se han tomado en estos dos años y medio y, como no se enfrentan y se actúa como si todo marchara bien, el deterioro del país avanza progresivamente (economía, empleo, combate a la delincuencia, salud y educación públicas, aprendizaje en la educación municipalizada, transporte, construcción de hospitales, etc., etc., etc.).

Los chilenos perciben esa desconexión y es una de las razones por las cuales evalúan muy mal la conducción presidencial y la gestión del gobierno, tal como lo expresan las encuestas, las públicas que conocemos todos, y las privadas que se revisan en La Moneda a puertas cerradas cada semana.

Es cierto que las encuestas son fotografías de un momento, pero se transforman en una serie de larga duración cuando la aprobación se estaciona por más de un año por debajo del tercio y el rechazo por arriba del 60%. Tal vez eso importaría menos si lo que la Presidenta Bachelet ha llamado la “obra gruesa” (este es un gobierno pródigo en metáforas), fuera apreciada por los chilenos, pero justamente es eso lo que peor evalúa la ciudadanía.

Veamos los datos de la encuesta CADEM, publicada cada lunes. Las tres reformas que mide todas las semanas –tributaria, educacional y laboral– tienen un rechazo que triplica a la aprobación, que está en torno al 20%.

El gobierno no puede alegar que esos resultados corresponden a una fotografía del momento, porque vienen repitiéndose desde hace más de un año. Tampoco puede acusarnos de no entender “las transformaciones estructurales”, como llaman a las reformas los mejor inspirados en la izquierda, porque en el tercer año de mandato se han explicado hasta el cansancio. Ni puede, a estas alturas, refugiarse en que aún se desconocen los beneficios que le reportarán a la calidad de vida y a las oportunidades de una mayoría en un futuro indefinido, porque en la segunda década del siglo XXI, Occidente viene hace rato de vuelta y no se traga tan fácilmente las utopías (Podemos lo intentó en España y perdió el domingo pasado más de un millón de votos, tras una performance parlamentaria de seis meses).

Buenas reformas, que responden con inteligencia a aquello que no funciona en un país, no necesitan explicaciones rebuscadas ni una eternidad para que los ciudadanos perciban sus ventajas.

Nada de lo anterior parece abrumar al gobierno, menos a la Presidenta. Ni el deterioro del país, ni el de su popularidad, que no es gratis porque hay una coalición política que está reclamándole responsabilidad a cuatro meses de enfrentar una elección. Lo que vemos todos los días, en cambio, es que mientras mayor es el rechazo de los chilenos, mayor es la distancia que toma La Moneda de ellos; y mientras más severos los problemas, peores las decisiones que se toman.

La Presidenta está concentrada en el proceso constituyente, del que hay que valorar, en su primera etapa, la participación de entre un 0,5% y un 1% de los chilenos habilitados para votar y que debatieron, en los encuentros locales autoconvocados, respecto de lo que esperan de una Constitución. Su tercer ministro del Interior está dedicado, como él mismo lo ha reconocido, a las relaciones internas de los partidos políticos oficialistas y no al combate a la delincuencia, pese a ser la principal preocupación de los chilenos y una de sus tareas fundamentales (no dijo ni “pío” respecto del proyecto que sanciona a los encapuchados). Y el ministro de Hacienda no puede concentrarse en su prioridad, la recuperación de la economía, porque está políticamente desprotegido y debe sobrevivir en una Nueva Mayoría que lo considera una amenaza “neoliberal”, porque ha señalado, muy tímidamente, que para poder gastar más, es necesario contar con mayores recursos.

En fin, para qué vamos a repasar cada una de las carteras, en todas vamos a encontrarnos con autoridades que cumplen con tareas desconectadas del Chile que pone los pies en la tierra. Cuando el piloto decide un rumbo, da igual hacia dónde camine la tripulación dentro del avión.

Ya saben que me encantan los boleros. Esta semana, el elegido para La Moneda es “Contigo en la distancia”, en la interpretación que prefieran, desde la de Eydie Gorme a la de Christina Aguilera.

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

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